de mi discoteca.cc

tutorial // radio // twitter // facebook // google+ // Archivo // random // RSS // links caídos // disclaimer

esos discos que me salvaron la vida.

The RootsPhrenologyMCA, 2002320 kbps. | 161 MB aprox.

Se termina nomás la que fue la semana del reencuentro entre ustedes, amigos que esperan y disfrutan de cada una de las publicaciones de este espacio como dignos imbuidos de su impronta, y nosotros, que a su vez hacemos esto porque disfrutamos plenamente de todo lo que tiene que ver con el compartir esas músicas que nos han estremecido el corazón sin prisa pero también sin pausa, sin detenerse en su impresionante efecto sobre todo lo que somos, avasallándonos, definiéndonos de nuevo en un proceso de cambio que muchas veces tardamos en reconocer pero que ciertamente ocurre, queridos, no tengan ninguna duda de su ocurrencia y mucho menos de su poder. Imaginen, de hecho, si será poderoso que por acá venimos a rendirle pleitesía todos los días, que las publicaciones aquí hechas son nada más y nada menos que un mero tributo a esas cosas que la música (y sólo la música) puede hacer por nosotros, conscientes como somos de que después de haber sido expuestos al hecho artístico nunca volveremos a ser los mismos. Eso también es un poco lo que es este humilde y pequeño espacio, y por eso la palabra homenaje se repite con tal insistencia. Porque no podemos dejar de admirarnos por lo que ha hecho la música con nosotros, esencialmente. Porque cuando nos miramos hacia adentro -tal vez la mirada más difícil de todas- reconocemos en nosotros un espíritu que no puede dejar de ser modificado por el hecho musical, que no era el mismo antes de ser atravesado por este fenómeno inexplicable que funciona de maneras todavía más indecible, que sacude procesos internos desconocidos y azuza fibras íntimas hasta entonces dormidas con su indetenible poderío. Sin lugar a dudas, amigos, a ustedes debe pasarles lo mismo. Uno ha puesto sin quererlo a la música en un sitial tan privilegiado en la vida que ahora no deja de reconocerle los méritos, la preponderancia, la importancia, el peso específico en todo lo relativo a esa tarea tan complicada que es existir. Esa posición, empero, no es algo antojadizo; es decir, no es algo que uno mismo haya decidido de manera enteramente consciente y bancado como una finalidad: muchas veces (en nuestro caso, por ejemplo) es algo que ocurre por el propio significado que acarrea la música como vocera de siglos, como transmisora de una conciencia colectiva y de un sentimiento aglutinante que se sugieren entre los acordes y las notas y nos hablan de mucho más de lo que las meras canciones tal como son son capaces de mostrar. Por supuesto que hay que tener la mente muy agudizada para discernir esto, pero realmente es muy fructífero entregarse al proceso de agudizarla, pues es algo que se da orgánicamente y no de forma forzada. Se trata de un proceso natural, una forma manifiesta de reconocerle a toda música su innata humanidad, su papel en el desarrollo de una mentalidad colectiva y su rol como portador de un mensaje que trasciende (y trascenderá, que es algo que deberíamos también comprender a futuro) las épocas, que entrecruza y desafía al tiempo, que gobierna todo aquello que hacemos pues lo predice en sus motivaciones, sabiendo ya que el ser humano tiene una plétora de sentimientos asociados a sus vivencias y que la mayoría de ellos puede transmitirse -y de hecho se transmite- en las canciones. Como alguna vez hemos elaborado por aquí, esta suerte de función social de la música lejos está de ser algo nuevo: viene desde antes que el lenguaje incluso, cuando la comunicación se hacía con sonidos indefinidos pero de un claro mensaje para aquellos que compartían el mismo código, que comprendían eso que los que no habían sido criados dentro del mismo círculo entendían como meras incoherencias. Con el tiempo, empero, el lenguaje fue desarrollándose como el arma de expresión más preclara y elocuente, mientras que la música fue tomando un engañoso sitial secundario. Engañoso, porque nunca podrá ser realmente desplazada de aquel papel que la humanidad en su conjunto le asignó sin saberlo. Por eso aquellas canciones penosas, lánguidas y melancólicas con que los esclavos de piel negra intentaban superar las penurias de sus forzados y forzosos empleos y las más animadas, exóticas con que las cantinas los recibían tras un día de ardua labor tienen la preponderancia que tienen en la conformación de una identificación, en el crecimiento de una identidad. Puede que ese haya sido el rol de la música en un momento determinado, fundamental sobre todo porque ha sido el que comenzó con el factor expansivo y totalizante con el que podemos describir su función en la existencia en nuestros días. Pero fue ese papel el que definió sin lugar a dudas todo aquello que podía ser cubierto por el inigualable fenómeno de lo musical, todo el amplísimo espectro que podía ser abarcado por esa intrigante y contagiosa sensación. Como cuestión originaria, el rol de la música en la vida del afroamericano -o del africano a secas- de principios del siglo pasado es elocuente, primigenia, primaria. Fue allí donde se dotó a la música de esta consabida pluralidad de sentidos, de ese mensaje que no necesariamente tiene que estar expresado cabalmente en las letras o en las melodías sino que está inserto en medio de ellas como un lamento que es trasladado por siglos sin ser detectado para llegar e impactar cual rayo en una mente que esté abierta a su manifestación, que se haya preparado lo suficiente como para comprender de entre las mil cuestiones que pueden entenderse que había algo allí. ¿Cómo se prepara uno para esto? No tengo idea, amigos. Ojalá lo supiera, les escribiría un instructivo y todo, mirá (?). Supongo que lo más importante es avanzar en la comprensión del rol de la música ya no como expresión meramente artística sino como expresión de lo social, que es lo que es. Donde todas las demás artes están distanciadas del vulgo, alejadas del pueblo si no es para mostrarlo con fines ilustrativos, donde las demás manifestaciones carecen de ese sentido que las articula con la existencia en un papel más importante aún que el meramente figurativo, allí es donde la música roba posiciones a lo loco, porque la preclaridad con que nos damos cuenta de que el hecho musical es innatamente humano es avasallante, nos supera, nos hace crecer en la realización de algo que nos es ajeno pero que se nos antoja también propio en el momento en que caemos en esa fundamental cuenta. Por eso, amigos, hacemos lo que hacemos aquí. Porque nos hemos dado cuenta de eso, y queremos seguir creciendo en esa realización, haciéndonos más fuertes, alimentándonos de ella y, en la medida de lo posible, contagiándola con la misma potencia con que en algún momento nos llegó a nosotros.
Hoy, entonces, seguiremos en esa denodada labor. Y de tanto que hemos hablado de los negros, tendremos entonces a algunos de esos morochos que tantos placeres nos han dado a lo largo de los dos años y pico de vida de este humilde espacio. Saben quienes nos visitan diariamente o de forma asidua que somos bastante fieles a todas aquellas manifestaciones que salen de la parte negra del planeta, a la llamada música afroamericana y sobre todo a aquella producida en la tierra de los libres que empero los esclaviza y discrimina, Estados Unidos. ¿Por qué es esto? Bueno, porque fue en el seno de estas expresiones donde se han gestado importantes revoluciones culturales que han dado vuelta no sólo el lenguaje sino la vestimenta, las idiosincrasias y hasta la reacción social y los ánimos colectivos. Tal es el impacto, tal es el poder del hecho musical en la vida de los individuos, queridos, y en la música negra yanqui esto que les cuento se ve de una forma bien manifiesta, se cristaliza claramente en la conformación de una identidad colectiva que no puede dejar de reconocer en sí misma aquella impronta inicial. La música puede llamar a muchos sentimientos, pero tal vez el más importante de ellos sea la revuelta, el levantamiento, el alzamiento contra lo establecido y pernicioso sea lo que eso sea; un gobierno, un amor, una situación, todo puede derrocarse si se opta por la acción viva en lugar de la pasividad de la inacción, y el hecho musical tiene la extraña pero importantísima responsabilidad de despertar esos ánimos revolucionarios con su incendiaria emotividad, de llegar a lo profundo de esas almas que quedan expuestas en carne viva con su fuerza, su polenta, su potencia, su innato poder devenido justamente de ese fenómeno del que hablábamos más arriba, la capacidad de transmitir sentimientos venidos de años, de eras incluso, de tiempos donde no existía siquiera el tiempo y revivirlos haciéndolos mutar y multiplicarse, cambiar y crecer, adaptarse, aggiornarse, volverse actuales y vivenciales y por tanto aumentar su preponderancia a la hora de ayudarnos a entender los momentos que nos toca vivir con el poderío insuperable de esa suerte de consejo que nos dan los años y su inexorable devenir. ¿Cómo no vamos a adorar a la música, amigos, cómo no vamos a decir temerariamente que nos salvó la vida si es ella a la que recurrimos toda vez que necesitamos que las cosas mejoren porque son una mierda, que cambien porque no se puede seguir así, que inicie el movimiento porque la quietud es asesina? Más aún cuando sabemos que esa recurrencia, que ese recurso al que accedemos por mera necesidad no es una casualidad sino precisamente una de las dilectas funciones del hecho musical en nuestra existencia, un reflejo de aquello que ha venido pasando durante tiempos en que ni siquiera existíamos y que nos cambia para siempre la visión respecto a algo que en algún momento pudimos haber creído incluso recreativo pero que no lo es, que es mucho más que un divertimento o una manera de pasar el tiempo; es una forma de entender las cosas y de aceptarlas, una forma de ayudarnos cuando andan mal los tiempos y de apoyarnos cuando andan bien, una compañía ubicua que cumple con los más diversos propósitos en los más diversos tiempos. Tal vez no encuentren en nuestros desvaríos composición más elegíaca que esta respecto al rol que las canciones juegan en nuestra vida, y está muy bien porque a medida que nos vamos acercando a aquel mojón, esa meta de la que les hablábamos el otro día, es menester ir rememorando, recordando y creciendo en las razones por las cuales hacemos esto que hacemos aquí, sobre todo si la elaboración pasa por el reconocimiento de las muchas cosas que el principio que nos rige y guía (la música, claro está) puede hacer por lo que somos y, derivado de este entendimiento, los muchos porqués que nos llevan a querer que esto se eternice y se contagie, viva por siempre ya no en estas palabras sino más bien en el corazón de aquellos que se comprometan a su lectura y su aprehensión. No estamos diciendo (parece que siempre nos estuviéramos cubriendo en esta, pero bueno) que lo que aquí se hace se haga con valor pontificatorio o didáctico ni mucho menos. Solamente remarcamos que lo que se busca es el contagio, el crecer todos juntos a bordo de una idea, de un concepto que nos aglutine y nos modifique hasta hacernos crecer decisivamente. Aquí manejamos la noción de la existencia de esa idea, y somos básicamente sus dealers (?): se las traemos a ustedes para que si quieren, si están dispuestos, juntos la hagamos crecer y expandirse, la reconozcamos y reflexionemos sobre su importancia. ¿Los discos? Bueno, son la excusa perfecta, esencialmente. Tomemos como ejemplo el álbum que les presentamos hoy. Se trata, esta introducción, de la última pieza en un rompecabezas que hemos ido construyendo con el tiempo y cuya imagen final, una vez conformada de todos sus informes trozos, reza: los Roots la rompen, papá (?). Los habíamos visto ya en un rol que les calza a la perfección (no por nada Jimmy Fallon se los llevó para su muy recomendable programa) que es el de banda soporte, esto es, de grupo con el que un cantante solista puede sentirse no sólo seguro sino confiado, volátil, exhuberante, estimulado. Esto lo logran con una llamativa cohesión grupal devenida seguramente del convencimiento de que lo que hay que hacer es justamente tocar, ser la música y no sólo su vehículo como buena parte del hip-hop contemporáneo sugiere. The Roots es un grupo con tracción a sangre, con sentimiento, sensación, palpable, que late y que vive, que crece y se deforma, que se adapta y se transforma. Han logrado ser perfectos en este papel, pero aún si no lo fueran sería ideal pues serían humanos, con ese inesperado e inexplicable giro que sólo puede dar el ansia de existir. Su música suena a vida, a vivencia, a existencia, suena rica, pluritexturada, plagada de facetas, con una plétora de sentimientos y enfoques involucrados, tantos como miembros tiene la arrebolada formación con que la ejecutan. Esa tracción humana los dota de una honestidad, una sinceridad fundamentales, fundacionales, inequívocas y dignas de tributo, que los hacen una de las bandas más excitantes que existan en la actualidad y seguramente una de esas a las que miraremos en un futuro no muy distante y agradeceremos haber conocido. Phrenology, llamado de ese modo por la seudociencia que sugería que la medida de la cabeza era la clave del intelecto, es su quinto disco de estudio, editado por MCA hace casi once años exactos, en noviembre de 2002. Sucesor del que fuera el mayor éxito comercial de los de ?uestlove, Things Fall Apart, Phrenology es empero un álbum mucho más fascinante que aquel, y quizás el más maravilloso del extenso catálogo de los Roots. Inteligentes observadores de la realidad circundante, los muchachos nos sugieren que el hip-hop ha perdido su impronta cultural y se ha masificado y cosificado, fagocitado por la lógica de mercado, y lo hacen en un contexto en el que mezclan su alma mater con el soul, el rock y el jazz creando un híbrido que los distingue de entre los muchos músicos de hip-hop de su generación, poniéndolos en un sitial de referencia tanto creativa como idiosincrática. La extensa, expansiva “Water”, con sus tres segmentos, es quizás la más elocuente demostración de todas estas cuestiones, y el más claro manifiesto de que para los Roots, también, la música no es sólo eso sino mucho más: es una misión.
Los queremos mucho por eso, claro.

The Roots
Phrenology
MCA, 2002
320 kbps. | 161 MB aprox.

Se termina nomás la que fue la semana del reencuentro entre ustedes, amigos que esperan y disfrutan de cada una de las publicaciones de este espacio como dignos imbuidos de su impronta, y nosotros, que a su vez hacemos esto porque disfrutamos plenamente de todo lo que tiene que ver con el compartir esas músicas que nos han estremecido el corazón sin prisa pero también sin pausa, sin detenerse en su impresionante efecto sobre todo lo que somos, avasallándonos, definiéndonos de nuevo en un proceso de cambio que muchas veces tardamos en reconocer pero que ciertamente ocurre, queridos, no tengan ninguna duda de su ocurrencia y mucho menos de su poder. Imaginen, de hecho, si será poderoso que por acá venimos a rendirle pleitesía todos los días, que las publicaciones aquí hechas son nada más y nada menos que un mero tributo a esas cosas que la música (y sólo la música) puede hacer por nosotros, conscientes como somos de que después de haber sido expuestos al hecho artístico nunca volveremos a ser los mismos. Eso también es un poco lo que es este humilde y pequeño espacio, y por eso la palabra homenaje se repite con tal insistencia. Porque no podemos dejar de admirarnos por lo que ha hecho la música con nosotros, esencialmente. Porque cuando nos miramos hacia adentro -tal vez la mirada más difícil de todas- reconocemos en nosotros un espíritu que no puede dejar de ser modificado por el hecho musical, que no era el mismo antes de ser atravesado por este fenómeno inexplicable que funciona de maneras todavía más indecible, que sacude procesos internos desconocidos y azuza fibras íntimas hasta entonces dormidas con su indetenible poderío. Sin lugar a dudas, amigos, a ustedes debe pasarles lo mismo. Uno ha puesto sin quererlo a la música en un sitial tan privilegiado en la vida que ahora no deja de reconocerle los méritos, la preponderancia, la importancia, el peso específico en todo lo relativo a esa tarea tan complicada que es existir. Esa posición, empero, no es algo antojadizo; es decir, no es algo que uno mismo haya decidido de manera enteramente consciente y bancado como una finalidad: muchas veces (en nuestro caso, por ejemplo) es algo que ocurre por el propio significado que acarrea la música como vocera de siglos, como transmisora de una conciencia colectiva y de un sentimiento aglutinante que se sugieren entre los acordes y las notas y nos hablan de mucho más de lo que las meras canciones tal como son son capaces de mostrar. Por supuesto que hay que tener la mente muy agudizada para discernir esto, pero realmente es muy fructífero entregarse al proceso de agudizarla, pues es algo que se da orgánicamente y no de forma forzada. Se trata de un proceso natural, una forma manifiesta de reconocerle a toda música su innata humanidad, su papel en el desarrollo de una mentalidad colectiva y su rol como portador de un mensaje que trasciende (y trascenderá, que es algo que deberíamos también comprender a futuro) las épocas, que entrecruza y desafía al tiempo, que gobierna todo aquello que hacemos pues lo predice en sus motivaciones, sabiendo ya que el ser humano tiene una plétora de sentimientos asociados a sus vivencias y que la mayoría de ellos puede transmitirse -y de hecho se transmite- en las canciones. Como alguna vez hemos elaborado por aquí, esta suerte de función social de la música lejos está de ser algo nuevo: viene desde antes que el lenguaje incluso, cuando la comunicación se hacía con sonidos indefinidos pero de un claro mensaje para aquellos que compartían el mismo código, que comprendían eso que los que no habían sido criados dentro del mismo círculo entendían como meras incoherencias. Con el tiempo, empero, el lenguaje fue desarrollándose como el arma de expresión más preclara y elocuente, mientras que la música fue tomando un engañoso sitial secundario. Engañoso, porque nunca podrá ser realmente desplazada de aquel papel que la humanidad en su conjunto le asignó sin saberlo. Por eso aquellas canciones penosas, lánguidas y melancólicas con que los esclavos de piel negra intentaban superar las penurias de sus forzados y forzosos empleos y las más animadas, exóticas con que las cantinas los recibían tras un día de ardua labor tienen la preponderancia que tienen en la conformación de una identificación, en el crecimiento de una identidad. Puede que ese haya sido el rol de la música en un momento determinado, fundamental sobre todo porque ha sido el que comenzó con el factor expansivo y totalizante con el que podemos describir su función en la existencia en nuestros días. Pero fue ese papel el que definió sin lugar a dudas todo aquello que podía ser cubierto por el inigualable fenómeno de lo musical, todo el amplísimo espectro que podía ser abarcado por esa intrigante y contagiosa sensación. Como cuestión originaria, el rol de la música en la vida del afroamericano -o del africano a secas- de principios del siglo pasado es elocuente, primigenia, primaria. Fue allí donde se dotó a la música de esta consabida pluralidad de sentidos, de ese mensaje que no necesariamente tiene que estar expresado cabalmente en las letras o en las melodías sino que está inserto en medio de ellas como un lamento que es trasladado por siglos sin ser detectado para llegar e impactar cual rayo en una mente que esté abierta a su manifestación, que se haya preparado lo suficiente como para comprender de entre las mil cuestiones que pueden entenderse que había algo allí. ¿Cómo se prepara uno para esto? No tengo idea, amigos. Ojalá lo supiera, les escribiría un instructivo y todo, mirá (?). Supongo que lo más importante es avanzar en la comprensión del rol de la música ya no como expresión meramente artística sino como expresión de lo social, que es lo que es. Donde todas las demás artes están distanciadas del vulgo, alejadas del pueblo si no es para mostrarlo con fines ilustrativos, donde las demás manifestaciones carecen de ese sentido que las articula con la existencia en un papel más importante aún que el meramente figurativo, allí es donde la música roba posiciones a lo loco, porque la preclaridad con que nos damos cuenta de que el hecho musical es innatamente humano es avasallante, nos supera, nos hace crecer en la realización de algo que nos es ajeno pero que se nos antoja también propio en el momento en que caemos en esa fundamental cuenta. Por eso, amigos, hacemos lo que hacemos aquí. Porque nos hemos dado cuenta de eso, y queremos seguir creciendo en esa realización, haciéndonos más fuertes, alimentándonos de ella y, en la medida de lo posible, contagiándola con la misma potencia con que en algún momento nos llegó a nosotros.

Hoy, entonces, seguiremos en esa denodada labor. Y de tanto que hemos hablado de los negros, tendremos entonces a algunos de esos morochos que tantos placeres nos han dado a lo largo de los dos años y pico de vida de este humilde espacio. Saben quienes nos visitan diariamente o de forma asidua que somos bastante fieles a todas aquellas manifestaciones que salen de la parte negra del planeta, a la llamada música afroamericana y sobre todo a aquella producida en la tierra de los libres que empero los esclaviza y discrimina, Estados Unidos. ¿Por qué es esto? Bueno, porque fue en el seno de estas expresiones donde se han gestado importantes revoluciones culturales que han dado vuelta no sólo el lenguaje sino la vestimenta, las idiosincrasias y hasta la reacción social y los ánimos colectivos. Tal es el impacto, tal es el poder del hecho musical en la vida de los individuos, queridos, y en la música negra yanqui esto que les cuento se ve de una forma bien manifiesta, se cristaliza claramente en la conformación de una identidad colectiva que no puede dejar de reconocer en sí misma aquella impronta inicial. La música puede llamar a muchos sentimientos, pero tal vez el más importante de ellos sea la revuelta, el levantamiento, el alzamiento contra lo establecido y pernicioso sea lo que eso sea; un gobierno, un amor, una situación, todo puede derrocarse si se opta por la acción viva en lugar de la pasividad de la inacción, y el hecho musical tiene la extraña pero importantísima responsabilidad de despertar esos ánimos revolucionarios con su incendiaria emotividad, de llegar a lo profundo de esas almas que quedan expuestas en carne viva con su fuerza, su polenta, su potencia, su innato poder devenido justamente de ese fenómeno del que hablábamos más arriba, la capacidad de transmitir sentimientos venidos de años, de eras incluso, de tiempos donde no existía siquiera el tiempo y revivirlos haciéndolos mutar y multiplicarse, cambiar y crecer, adaptarse, aggiornarse, volverse actuales y vivenciales y por tanto aumentar su preponderancia a la hora de ayudarnos a entender los momentos que nos toca vivir con el poderío insuperable de esa suerte de consejo que nos dan los años y su inexorable devenir. ¿Cómo no vamos a adorar a la música, amigos, cómo no vamos a decir temerariamente que nos salvó la vida si es ella a la que recurrimos toda vez que necesitamos que las cosas mejoren porque son una mierda, que cambien porque no se puede seguir así, que inicie el movimiento porque la quietud es asesina? Más aún cuando sabemos que esa recurrencia, que ese recurso al que accedemos por mera necesidad no es una casualidad sino precisamente una de las dilectas funciones del hecho musical en nuestra existencia, un reflejo de aquello que ha venido pasando durante tiempos en que ni siquiera existíamos y que nos cambia para siempre la visión respecto a algo que en algún momento pudimos haber creído incluso recreativo pero que no lo es, que es mucho más que un divertimento o una manera de pasar el tiempo; es una forma de entender las cosas y de aceptarlas, una forma de ayudarnos cuando andan mal los tiempos y de apoyarnos cuando andan bien, una compañía ubicua que cumple con los más diversos propósitos en los más diversos tiempos. Tal vez no encuentren en nuestros desvaríos composición más elegíaca que esta respecto al rol que las canciones juegan en nuestra vida, y está muy bien porque a medida que nos vamos acercando a aquel mojón, esa meta de la que les hablábamos el otro día, es menester ir rememorando, recordando y creciendo en las razones por las cuales hacemos esto que hacemos aquí, sobre todo si la elaboración pasa por el reconocimiento de las muchas cosas que el principio que nos rige y guía (la música, claro está) puede hacer por lo que somos y, derivado de este entendimiento, los muchos porqués que nos llevan a querer que esto se eternice y se contagie, viva por siempre ya no en estas palabras sino más bien en el corazón de aquellos que se comprometan a su lectura y su aprehensión. No estamos diciendo (parece que siempre nos estuviéramos cubriendo en esta, pero bueno) que lo que aquí se hace se haga con valor pontificatorio o didáctico ni mucho menos. Solamente remarcamos que lo que se busca es el contagio, el crecer todos juntos a bordo de una idea, de un concepto que nos aglutine y nos modifique hasta hacernos crecer decisivamente. Aquí manejamos la noción de la existencia de esa idea, y somos básicamente sus dealers (?): se las traemos a ustedes para que si quieren, si están dispuestos, juntos la hagamos crecer y expandirse, la reconozcamos y reflexionemos sobre su importancia. ¿Los discos? Bueno, son la excusa perfecta, esencialmente. Tomemos como ejemplo el álbum que les presentamos hoy. Se trata, esta introducción, de la última pieza en un rompecabezas que hemos ido construyendo con el tiempo y cuya imagen final, una vez conformada de todos sus informes trozos, reza: los Roots la rompen, papá (?). Los habíamos visto ya en un rol que les calza a la perfección (no por nada Jimmy Fallon se los llevó para su muy recomendable programa) que es el de banda soporte, esto es, de grupo con el que un cantante solista puede sentirse no sólo seguro sino confiado, volátil, exhuberante, estimulado. Esto lo logran con una llamativa cohesión grupal devenida seguramente del convencimiento de que lo que hay que hacer es justamente tocar, ser la música y no sólo su vehículo como buena parte del hip-hop contemporáneo sugiere. The Roots es un grupo con tracción a sangre, con sentimiento, sensación, palpable, que late y que vive, que crece y se deforma, que se adapta y se transforma. Han logrado ser perfectos en este papel, pero aún si no lo fueran sería ideal pues serían humanos, con ese inesperado e inexplicable giro que sólo puede dar el ansia de existir. Su música suena a vida, a vivencia, a existencia, suena rica, pluritexturada, plagada de facetas, con una plétora de sentimientos y enfoques involucrados, tantos como miembros tiene la arrebolada formación con que la ejecutan. Esa tracción humana los dota de una honestidad, una sinceridad fundamentales, fundacionales, inequívocas y dignas de tributo, que los hacen una de las bandas más excitantes que existan en la actualidad y seguramente una de esas a las que miraremos en un futuro no muy distante y agradeceremos haber conocido. Phrenology, llamado de ese modo por la seudociencia que sugería que la medida de la cabeza era la clave del intelecto, es su quinto disco de estudio, editado por MCA hace casi once años exactos, en noviembre de 2002. Sucesor del que fuera el mayor éxito comercial de los de ?uestlove, Things Fall Apart, Phrenology es empero un álbum mucho más fascinante que aquel, y quizás el más maravilloso del extenso catálogo de los Roots. Inteligentes observadores de la realidad circundante, los muchachos nos sugieren que el hip-hop ha perdido su impronta cultural y se ha masificado y cosificado, fagocitado por la lógica de mercado, y lo hacen en un contexto en el que mezclan su alma mater con el soul, el rock y el jazz creando un híbrido que los distingue de entre los muchos músicos de hip-hop de su generación, poniéndolos en un sitial de referencia tanto creativa como idiosincrática. La extensa, expansiva “Water”, con sus tres segmentos, es quizás la más elocuente demostración de todas estas cuestiones, y el más claro manifiesto de que para los Roots, también, la música no es sólo eso sino mucho más: es una misión.

Los queremos mucho por eso, claro.


ÁrbolÁrbolUniversal, 1999320 kbps. | 122 MB aprox.

Promediamos la semana en esta hermosa tarea que es compartir música -lo único que siempre estará para salvarnos de todo, queridos amigos- con todos ustedes y sabemos que de a poquito la misión va llegando a un punto especialmente álgido. Así es. En algún momento dijimos en estas mismas líneas (en otras, en realidad, pero en el mismo espacio) que no éramos demasiado amigos de los números redondos, y eso sigue siendo cierto. De lo que sí somos amigos es de los hitos, de los momentos en los que la tarea diaria se vuelve por su propio peso una instancia obligatoria de celebración, un tiempo en el que todo se detiene pues uno mismo se detiene para mirar en retrospectiva lo que ha pasado durante tantos meses y aprecia el esfuerzo que hizo aparecer todo lo que lo rodea. En este caso, el esfuerzo ha sido bastante grande, créanme, más allá del disfrute que lo acompaña, porque hemos estado abocados a este sacerdocio (?) durante algo más de dos años semana a semana no sólo con los álbumes que presentamos, que en definitiva son a su vez la excusa y la finalidad, sino por lo que los acompaña, estas palabras que han sido compuestas desde dentro mismo de uno, desde el inconsciente y los recuerdos, directamente desde los sentimientos que están asociados a la escucha y la experiencia musical, que ha sido la que realmente ha cambiado los pensamientos que finalmente aparecen reflejados por aquí. No es una tarea fácil, y aquí no estamos empezando a autopontificarnos, ojo. Simplemente lo que decimos es que la entrega que acá se despliega tiene su peso, sus costos, y los asumimos con toda la hidalguía del caso. Claro, también tiene sus recompensas: es hermoso poder hablar de estas cosas, escribir estas palabras, saber que tal vez (por pocos que sean) a algunos lo que aquí se dice les va a llegar particularmente, lo suficiente como para saber que se ha generado una suerte de contagio, una manifestación más del hecho artístico volcado en energía que se transmite a través de las múltiples maneras que tenemos de reunirnos en torno a su influjo incomparable. Es decir que tenemos un trabajo bastante agradable, esencialmente, pero también complejo. Así que es natural que nos pongamos a celebrar cuando se llega a una de esas instancias en las que -números redondos mediante- comprendemos que se alcanzó un mojón, un evento, un instante para recordar, para sopesar lo hecho, para incluso festejar que se haya hecho alguna vez, con la seguridad de que lo único que se necesita es el coraje para lanzarse por lo que se desea, el arrojo y el riesgo de jugársela por lo que se desea y la convicción para seguir adelante. Cuando iniciamos este espacio no sabíamos que íbamos a necesitar ninguna de estas dos cuestiones, pero finalmente, gracias al paso del tiempo y el cariz especial que tomó lo que hacemos por aquí, se develó que eran justamente esas dos condiciones las que nos hacían seguir en esta misión. Por supuesto que la importancia de lo que aquí se hace tal vez pase inadvertida para la mayoría, para quienes esto debe ser apenas un blog musical, pero sé que para unos pocos (y, lo que es más importante, para mí mismo) la experiencia de estos años ha sido un poco más que eso. Tal vez me dirija sólo a ellos con estas palabras, pero es menester componerlas, como siempre es menester expresar lo que se siente. Esto, lo dijimos muchas veces, es muchísimo más que un blog musical. Es el mismísimo muestrario de las obsesiones, los placeres, los amores y las desventuras de una mente que tiene en la música a su principal conductor de energía, a su esencial motor, a la fuerza vital misma que lo lo lleva a tirar siempre para adelante. Por eso sucede lo que sucede aquí, amigos, por eso esas ganas de siempre compartir con ustedes. Porque son el reflejo de las ganas que dan las canciones de seguir viviendo, básicamente, y de seguir generando cosas que le rindan pleitesía a esa energía, de tratar de contagiar lo que se siente a los que quieran verse también avasallados por toda esa fuerza. Puesto así no es poco, ¿verdad? Eso es lo que se celebra aquí todas las semanas y es lo que celebraremos en poco tiempo, cuando lleguemos a un punto cenital en la historia de este espacio con la certidumbre de haber cumplido al menos parcialmente la perenne misión que alguna vez nos autoimpusimos. A veces también toca celebrarse, amigos, no se nieguen a reconocer cuando se ha hecho un trabajo con toda la polenta posible y ese laburo llega a un punto tal que su importancia es irrevocable en sus vidas, en lo que son, en lo que han hecho y lo que harán. Y eso es lo que es este proyecto para quien esto les escribe, un punto de inflexión, un tiempo de descubrimientos, una experiencia incomparable e inolvidable. De nuevo, eso tampoco es poco, supongo; también supongo que quizás no les interese demasiado todo esto que les estoy diciendo porque estoy hablando demasiado de mí mismo, pero bueno, jódanse (?). En definitiva, ya sabrán lo que se vendrá cuando lleguemos a ese punto tan importante que son las 500 (sí, quinientas, qui-nien-tas) publicaciones, pero por ahora sigamos como si nada fuese a suceder en apenas un par de semanas, continuemos con esta labor tan agradable que es traerles día a día un álbum para que juntos lo disfrutemos, nos unamos en el sentimiento y nos despojemos del raciocinio para sumergirnos en la sensación, en la experiencia plena, en el momento en que las cosas ocurren y nada más. Continuemos no sólo porque es lo único que sabemos hacer, sino también porque seguir construyendo es la única manera de llegar a esa meta, de encontrarnos con ese hito, de cerrar un ciclo para que se abran otros. Continuemos también porque la música es la mejor excusa de todas, la musa más importante, la inspiración de inspiraciones, la energía de energías; y eso también hay que celebrarlo. Poder dejarse comprometer en la experiencia musical lo suficiente como para reconocer esta impronta en nosotros es una de las facetas más importantes de la vida toda, y aquí estamos reconociendo que eso es precisamente lo que ocurre, admitiéndolo y alimentándolo todos los días. Sigamos entonces en ese camino que nos va a dar lugar a las más fructíferas sensaciones, construirá recuerdos que nos acompañarán toda la vida y con suerte será también el alimento de otras pasiones, el combustible que dispare el contagio y la generación de una y mil cuestiones que tengan el sello pasional, indeleble, de lo que sólo pueden generar las canciones. Pavada de misión nos ha tocado, queridos. Para adelante con ella, entonces.
Hablando de recuerdos, amigos, qué cantidad de ellos se arremolinan en torno al álbum que les ofreceremos hoy, eh. Por supuesto, todos los discos aquí publicados han sido en algún momento parte activa de nuestras vidas y en muchos casos han ido mutando de posición hacia el reino de las memorias, de los momentos vividos y de su inequívoca impronta en lo que somos. Algunos, empero, evocan situaciones literales, momentos vívidos y reales; recitales en vivo, personas, colectivos, calles, climas, tiempos. Este es uno de esos casos, y es por eso que es importante e interesante que lo compartamos, que nos reunamos en torno a esta música e identifiquemos todos los porqués que hicieron a estas experiencias lo que fueron, instancias seminales en la conformación de quienes somos ahora, sobre todo ya que tantos años han pasado y tanta agua ha fluido bajo el providencial puente. Mucha más para quienes hicieron estas canciones que para nosotros, irónicamente, pero de ambos lados las cosas ya no son lo que eran entonces. La juventud desembozada ha dejado bastante en nuestros corazones pero también se ha llevado una parte de nuestra alma, de nuestras energías, un trozo de la fuerza esa que nos sirve a la hora de ser quienes somos. Cambiamos, en algunos casos más, en otros menos. Tal vez, como es el caso de los muchachos a los que esta publicación invoca, en el proceso de ese cambio nos dejamos atrapar por la vorágine, fuimos ingenuos al pensar que podíamos controlarla, quizás pensamos que si cometíamos algún error el tiempo lo perdonaría. No puede culparse a quien peca de ingenuo, pero sí puede sopesarse el tenor de sus decisiones, que son lo que hace a la vida que llevaremos de ahí en más todos los días y, por tanto, configuran un factor fundamental en nuestras existencias y nuestras cavilaciones. Estar siempre convencido de que las decisiones tomadas han sido las mejores decisiones (o al menos las más adecuadas) posiblemente sea la única manera de sentir algo remotamente parecido a la felicidad. El tema no es el error ni los problemas, no se confundan. El tema son las decisiones conscientes y la incapacidad de arrepentirse de ellas, la tozudez de creer que la razón está de nuestro lado y nunca cuestionarnos si la realidad es esto o la estamos deformando a nuestra conveniencia. He allí, miren qué elocuente, el peso de los recuerdos. Siempre llevaremos en la memoria esos momentos pivotales en los que tomamos una decisión de la que hoy nos arrepentimos, pero sobre todo siempre quedarán imborrables en nuestra evocación esos tiempos en los que por no arrepentirnos a tiempo de nuestras malas decisiones seguimos conscientemente el camino del error hasta que su propio peso nos sepultó bajo una maraña de confusión y tristeza. Hay que vivir para aprender, amigos, eso es innegable. Pero también hay que saber aprender de lo que se vive. No alcanza sólo con contar días para hacerse de experiencia, la construcción de tan fundamental valor se hace apelando a que esa conciencia de la que disponemos crezca también en comprensión, en inteligencia, se realice día a día en el entendimiento de que la existencia es una cuestión compleja pero puede entenderse si uno se esfuerza en hacerlo. Posiblemente cuando miren atrás, los integrantes de aquel insigne quinteto que se llevó por delante al rock argentino hacia finales de los ‘90 -pero por sobre todo comienzos de la década siguiente- y se llamó con el sencillo y potente nombre de Árbol reconozcan algunos errores, y también lamenten decisiones equivocadas que los llevaron a tener que armarse de una convicción que tenía como principal problema estribar en tierra no del todo firme, tierra que fue cediendo al peso de la responsabilidad durante varios años hasta que finalmente cedió. Con ella se desplomaron todas las esperanzas, todas las potencialidades cercenadas, todos los momentos felices y (por suerte para ellos) también todos los malos. Estoy convencido de que el final de esa aventura llamada Árbol (que se dio hace un par de años, demasiado tardío el desenlace para algo que se había terminado hacía muchos más) fue para los protagonistas que aún quedaban una gran tristeza pero también un fuerte alivio, un despojarse de un peso que se incrementaba a medida que los días alimentaban la mentira que posibilitaba el devenir de algo que había perdido el rumbo tiempo atrás. Seguramente también, y esto es lo que debió haberles dado la pauta de cómo son las cosas, los lamentos no vinieran de la percepción de la realidad de los días en que se separaron, sino de la remembranza de esos tiempos en los que lo tenían todo y de cómo la vorágine hizo que no supieran de qué forma conservarlo, que fueran hundiéndose más y más bajo el peso de nada más que de sus propias decisiones. Por aquí nadie emite juicios de valor respecto a las vidas de nadie, eso quiero decirlo porque pareciera que se pontifica respecto a algo que se desconoce. Simplemente se comparte una visión externa de un fenómeno al que se siguió con detenimiento, que contagió una serie de emociones que fueron desvaneciéndose en la medida en que desde aquel lado -el del músico- también empezaron a desaparecer, favorecidas otras necesidades antes que aquellas que alguna vez fueron la savia vital que alentaba el movimiento. No hay otra forma de explicar la metamorfosis del Árbol que estallaba de vida, de energía y de ansias en el álbum que hoy les ofrecemos al Árbol que languideció tibia y tristemente durante sus últimos años hasta desaparecer no con un estallido, sino con un gemido. Escuchen nomás, los invito a que le pongan play al álbum que hoy les ofrecemos, que es el primer lanzamiento oficial del quinteto de Haedo, ocurrido en el lejano 1999 de la mano de Gustavo Santaolalla y su sello Surco. Por supuesto, la historia detrás de él debió haber servido de precaución: cuentan quienes saben que la mano detrás de la mayoría de estas canciones es la de Matías Méndez -hoy El Chávez- pero que por decisión empresarial, su impronta (la que puede rastrearse en Jardín Frenético, obra de 1996 donde aparecen la mayoría de estos temas) no estaría presente en el futuro del grupo. Así empieza la historia de Árbol, desmembrándose desde el comienzo, pero al menos conservando mucha de esa vital energía, la suficiente como para que semejante cambio no se notara. Hablamos de un disco impecable, imponente, impactante y visceral, un álbum absolutamente extraordinario en el panorama del rock argentino de la época y que aún hoy se sostiene como uno de los manifiestos de intención más claros que se recuerden. El Árbol de Árbol es quizás la banda que siempre debieron haber sido y quizás la que siempre hubiesen querido ser, pero las energías (más aún las prestadas) no duran para siempre. Se extinguen, y si no se sabe dónde buscarlas, difícil es que puedan volver a generarse. Así las cosas, al menos pudieron volcar esa potencialidad al disco como para que siempre quede como un recuerdo.
Tal vez eso mismo sea lo que hoy les pese: tener recuerdos. Piénsenlo bien, porque eso no debería ser un peso sino una bendición.

Árbol
Árbol
Universal, 1999
320 kbps. | 122 MB aprox.

Promediamos la semana en esta hermosa tarea que es compartir música -lo único que siempre estará para salvarnos de todo, queridos amigos- con todos ustedes y sabemos que de a poquito la misión va llegando a un punto especialmente álgido. Así es. En algún momento dijimos en estas mismas líneas (en otras, en realidad, pero en el mismo espacio) que no éramos demasiado amigos de los números redondos, y eso sigue siendo cierto. De lo que sí somos amigos es de los hitos, de los momentos en los que la tarea diaria se vuelve por su propio peso una instancia obligatoria de celebración, un tiempo en el que todo se detiene pues uno mismo se detiene para mirar en retrospectiva lo que ha pasado durante tantos meses y aprecia el esfuerzo que hizo aparecer todo lo que lo rodea. En este caso, el esfuerzo ha sido bastante grande, créanme, más allá del disfrute que lo acompaña, porque hemos estado abocados a este sacerdocio (?) durante algo más de dos años semana a semana no sólo con los álbumes que presentamos, que en definitiva son a su vez la excusa y la finalidad, sino por lo que los acompaña, estas palabras que han sido compuestas desde dentro mismo de uno, desde el inconsciente y los recuerdos, directamente desde los sentimientos que están asociados a la escucha y la experiencia musical, que ha sido la que realmente ha cambiado los pensamientos que finalmente aparecen reflejados por aquí. No es una tarea fácil, y aquí no estamos empezando a autopontificarnos, ojo. Simplemente lo que decimos es que la entrega que acá se despliega tiene su peso, sus costos, y los asumimos con toda la hidalguía del caso. Claro, también tiene sus recompensas: es hermoso poder hablar de estas cosas, escribir estas palabras, saber que tal vez (por pocos que sean) a algunos lo que aquí se dice les va a llegar particularmente, lo suficiente como para saber que se ha generado una suerte de contagio, una manifestación más del hecho artístico volcado en energía que se transmite a través de las múltiples maneras que tenemos de reunirnos en torno a su influjo incomparable. Es decir que tenemos un trabajo bastante agradable, esencialmente, pero también complejo. Así que es natural que nos pongamos a celebrar cuando se llega a una de esas instancias en las que -números redondos mediante- comprendemos que se alcanzó un mojón, un evento, un instante para recordar, para sopesar lo hecho, para incluso festejar que se haya hecho alguna vez, con la seguridad de que lo único que se necesita es el coraje para lanzarse por lo que se desea, el arrojo y el riesgo de jugársela por lo que se desea y la convicción para seguir adelante. Cuando iniciamos este espacio no sabíamos que íbamos a necesitar ninguna de estas dos cuestiones, pero finalmente, gracias al paso del tiempo y el cariz especial que tomó lo que hacemos por aquí, se develó que eran justamente esas dos condiciones las que nos hacían seguir en esta misión. Por supuesto que la importancia de lo que aquí se hace tal vez pase inadvertida para la mayoría, para quienes esto debe ser apenas un blog musical, pero sé que para unos pocos (y, lo que es más importante, para mí mismo) la experiencia de estos años ha sido un poco más que eso. Tal vez me dirija sólo a ellos con estas palabras, pero es menester componerlas, como siempre es menester expresar lo que se siente. Esto, lo dijimos muchas veces, es muchísimo más que un blog musical. Es el mismísimo muestrario de las obsesiones, los placeres, los amores y las desventuras de una mente que tiene en la música a su principal conductor de energía, a su esencial motor, a la fuerza vital misma que lo lo lleva a tirar siempre para adelante. Por eso sucede lo que sucede aquí, amigos, por eso esas ganas de siempre compartir con ustedes. Porque son el reflejo de las ganas que dan las canciones de seguir viviendo, básicamente, y de seguir generando cosas que le rindan pleitesía a esa energía, de tratar de contagiar lo que se siente a los que quieran verse también avasallados por toda esa fuerza. Puesto así no es poco, ¿verdad? Eso es lo que se celebra aquí todas las semanas y es lo que celebraremos en poco tiempo, cuando lleguemos a un punto cenital en la historia de este espacio con la certidumbre de haber cumplido al menos parcialmente la perenne misión que alguna vez nos autoimpusimos. A veces también toca celebrarse, amigos, no se nieguen a reconocer cuando se ha hecho un trabajo con toda la polenta posible y ese laburo llega a un punto tal que su importancia es irrevocable en sus vidas, en lo que son, en lo que han hecho y lo que harán. Y eso es lo que es este proyecto para quien esto les escribe, un punto de inflexión, un tiempo de descubrimientos, una experiencia incomparable e inolvidable. De nuevo, eso tampoco es poco, supongo; también supongo que quizás no les interese demasiado todo esto que les estoy diciendo porque estoy hablando demasiado de mí mismo, pero bueno, jódanse (?). En definitiva, ya sabrán lo que se vendrá cuando lleguemos a ese punto tan importante que son las 500 (sí, quinientas, qui-nien-tas) publicaciones, pero por ahora sigamos como si nada fuese a suceder en apenas un par de semanas, continuemos con esta labor tan agradable que es traerles día a día un álbum para que juntos lo disfrutemos, nos unamos en el sentimiento y nos despojemos del raciocinio para sumergirnos en la sensación, en la experiencia plena, en el momento en que las cosas ocurren y nada más. Continuemos no sólo porque es lo único que sabemos hacer, sino también porque seguir construyendo es la única manera de llegar a esa meta, de encontrarnos con ese hito, de cerrar un ciclo para que se abran otros. Continuemos también porque la música es la mejor excusa de todas, la musa más importante, la inspiración de inspiraciones, la energía de energías; y eso también hay que celebrarlo. Poder dejarse comprometer en la experiencia musical lo suficiente como para reconocer esta impronta en nosotros es una de las facetas más importantes de la vida toda, y aquí estamos reconociendo que eso es precisamente lo que ocurre, admitiéndolo y alimentándolo todos los días. Sigamos entonces en ese camino que nos va a dar lugar a las más fructíferas sensaciones, construirá recuerdos que nos acompañarán toda la vida y con suerte será también el alimento de otras pasiones, el combustible que dispare el contagio y la generación de una y mil cuestiones que tengan el sello pasional, indeleble, de lo que sólo pueden generar las canciones. Pavada de misión nos ha tocado, queridos. Para adelante con ella, entonces.

Hablando de recuerdos, amigos, qué cantidad de ellos se arremolinan en torno al álbum que les ofreceremos hoy, eh. Por supuesto, todos los discos aquí publicados han sido en algún momento parte activa de nuestras vidas y en muchos casos han ido mutando de posición hacia el reino de las memorias, de los momentos vividos y de su inequívoca impronta en lo que somos. Algunos, empero, evocan situaciones literales, momentos vívidos y reales; recitales en vivo, personas, colectivos, calles, climas, tiempos. Este es uno de esos casos, y es por eso que es importante e interesante que lo compartamos, que nos reunamos en torno a esta música e identifiquemos todos los porqués que hicieron a estas experiencias lo que fueron, instancias seminales en la conformación de quienes somos ahora, sobre todo ya que tantos años han pasado y tanta agua ha fluido bajo el providencial puente. Mucha más para quienes hicieron estas canciones que para nosotros, irónicamente, pero de ambos lados las cosas ya no son lo que eran entonces. La juventud desembozada ha dejado bastante en nuestros corazones pero también se ha llevado una parte de nuestra alma, de nuestras energías, un trozo de la fuerza esa que nos sirve a la hora de ser quienes somos. Cambiamos, en algunos casos más, en otros menos. Tal vez, como es el caso de los muchachos a los que esta publicación invoca, en el proceso de ese cambio nos dejamos atrapar por la vorágine, fuimos ingenuos al pensar que podíamos controlarla, quizás pensamos que si cometíamos algún error el tiempo lo perdonaría. No puede culparse a quien peca de ingenuo, pero sí puede sopesarse el tenor de sus decisiones, que son lo que hace a la vida que llevaremos de ahí en más todos los días y, por tanto, configuran un factor fundamental en nuestras existencias y nuestras cavilaciones. Estar siempre convencido de que las decisiones tomadas han sido las mejores decisiones (o al menos las más adecuadas) posiblemente sea la única manera de sentir algo remotamente parecido a la felicidad. El tema no es el error ni los problemas, no se confundan. El tema son las decisiones conscientes y la incapacidad de arrepentirse de ellas, la tozudez de creer que la razón está de nuestro lado y nunca cuestionarnos si la realidad es esto o la estamos deformando a nuestra conveniencia. He allí, miren qué elocuente, el peso de los recuerdos. Siempre llevaremos en la memoria esos momentos pivotales en los que tomamos una decisión de la que hoy nos arrepentimos, pero sobre todo siempre quedarán imborrables en nuestra evocación esos tiempos en los que por no arrepentirnos a tiempo de nuestras malas decisiones seguimos conscientemente el camino del error hasta que su propio peso nos sepultó bajo una maraña de confusión y tristeza. Hay que vivir para aprender, amigos, eso es innegable. Pero también hay que saber aprender de lo que se vive. No alcanza sólo con contar días para hacerse de experiencia, la construcción de tan fundamental valor se hace apelando a que esa conciencia de la que disponemos crezca también en comprensión, en inteligencia, se realice día a día en el entendimiento de que la existencia es una cuestión compleja pero puede entenderse si uno se esfuerza en hacerlo. Posiblemente cuando miren atrás, los integrantes de aquel insigne quinteto que se llevó por delante al rock argentino hacia finales de los ‘90 -pero por sobre todo comienzos de la década siguiente- y se llamó con el sencillo y potente nombre de Árbol reconozcan algunos errores, y también lamenten decisiones equivocadas que los llevaron a tener que armarse de una convicción que tenía como principal problema estribar en tierra no del todo firme, tierra que fue cediendo al peso de la responsabilidad durante varios años hasta que finalmente cedió. Con ella se desplomaron todas las esperanzas, todas las potencialidades cercenadas, todos los momentos felices y (por suerte para ellos) también todos los malos. Estoy convencido de que el final de esa aventura llamada Árbol (que se dio hace un par de años, demasiado tardío el desenlace para algo que se había terminado hacía muchos más) fue para los protagonistas que aún quedaban una gran tristeza pero también un fuerte alivio, un despojarse de un peso que se incrementaba a medida que los días alimentaban la mentira que posibilitaba el devenir de algo que había perdido el rumbo tiempo atrás. Seguramente también, y esto es lo que debió haberles dado la pauta de cómo son las cosas, los lamentos no vinieran de la percepción de la realidad de los días en que se separaron, sino de la remembranza de esos tiempos en los que lo tenían todo y de cómo la vorágine hizo que no supieran de qué forma conservarlo, que fueran hundiéndose más y más bajo el peso de nada más que de sus propias decisiones. Por aquí nadie emite juicios de valor respecto a las vidas de nadie, eso quiero decirlo porque pareciera que se pontifica respecto a algo que se desconoce. Simplemente se comparte una visión externa de un fenómeno al que se siguió con detenimiento, que contagió una serie de emociones que fueron desvaneciéndose en la medida en que desde aquel lado -el del músico- también empezaron a desaparecer, favorecidas otras necesidades antes que aquellas que alguna vez fueron la savia vital que alentaba el movimiento. No hay otra forma de explicar la metamorfosis del Árbol que estallaba de vida, de energía y de ansias en el álbum que hoy les ofrecemos al Árbol que languideció tibia y tristemente durante sus últimos años hasta desaparecer no con un estallido, sino con un gemido. Escuchen nomás, los invito a que le pongan play al álbum que hoy les ofrecemos, que es el primer lanzamiento oficial del quinteto de Haedo, ocurrido en el lejano 1999 de la mano de Gustavo Santaolalla y su sello Surco. Por supuesto, la historia detrás de él debió haber servido de precaución: cuentan quienes saben que la mano detrás de la mayoría de estas canciones es la de Matías Méndez -hoy El Chávez- pero que por decisión empresarial, su impronta (la que puede rastrearse en Jardín Frenético, obra de 1996 donde aparecen la mayoría de estos temas) no estaría presente en el futuro del grupo. Así empieza la historia de Árbol, desmembrándose desde el comienzo, pero al menos conservando mucha de esa vital energía, la suficiente como para que semejante cambio no se notara. Hablamos de un disco impecable, imponente, impactante y visceral, un álbum absolutamente extraordinario en el panorama del rock argentino de la época y que aún hoy se sostiene como uno de los manifiestos de intención más claros que se recuerden. El Árbol de Árbol es quizás la banda que siempre debieron haber sido y quizás la que siempre hubiesen querido ser, pero las energías (más aún las prestadas) no duran para siempre. Se extinguen, y si no se sabe dónde buscarlas, difícil es que puedan volver a generarse. Así las cosas, al menos pudieron volcar esa potencialidad al disco como para que siempre quede como un recuerdo.

Tal vez eso mismo sea lo que hoy les pese: tener recuerdos. Piénsenlo bien, porque eso no debería ser un peso sino una bendición.


Fred FrithGuitar SolosCaroline Records, 1974320 kbps. | 182 (!) MB aprox.

Oh sí, queridos amigos, tras un parate, hemos regresado nuevamente a esta denodada y bella tarea que es compartir con ustedes algo de esa hermosa música que nos congrega semana a semana en torno a estas columnas que son ni más ni menos que el mero reflejo escrito de lo que las canciones pueden hacer en el corazón y el espíritu si estos están abiertos a recibir esa experiencia y aprender de ella, tomando de la emocional impronta que la música le sugiere a nuestra alma esa fuerza casi existencial, esa energía superadora que sobreviene de las cuestiones que son mucho más que vivencias, que se vuelven identitarias, fundamentales. Para quien esto escribe la música se circunscribe claramente en dicho circuito mental y emocional, ubicada en un sitial de privilegio pues se trata de una inimitable proveedora no sólo de goce sino también de enseñanza, de aprendizajes, de experiencias y de lecciones; por no mencionar lo que puede ocurrir cuando cavamos bien profundo en las vicisitudes que rodean al hecho musical y empezamos a descubrir las historias que de aquella cuestión surgen, los hilos conductores que nos llevan de un movimiento a otro mientras nos revelan cómo surgieron y se popularizaron las distintas revoluciones y cambios de paradigma que han dado a la música popular contemporánea su carácter superador del mero hecho artístico, que la han vuelto mucho más que una simple rama del arte para elevarla por entre las cuestiones fundamentales para el ser humano, aquellas sin las que pareciera que no pudiéramos vivir. Por supuesto que se puede, amigos, pero qué clase de existencia sería esa, como bien dijo alguna vez Nietzsche. Imagínense carecer, de golpe y porrazo, de la capacidad de descubrir nuevos álbumes, nuevos sonidos, nuevas historias. Sería, esencialmente, como perder la capacidad de crear nuevos recuerdos, pues eso justamente es lo que la música produce en nosotros cuando nos encontramos con uno de esos materiales, una de esas canciones o esos discos que de repente nos sobrecogen y nos llevan a pensar que tal vez esas músicas que estamos escuchando siempre estuvieron con nosotros, siempre predestinadas a ser nuestras, como preexistiéndonos, y que ese encuentro fortuito es en realidad una de las muchas maneras con que el destino manifiesta el absoluto dominio que detenta sobre nuestras existencias. De allí que, cuando esto ocurre, hablamos de uno de los hechos más bellos de la existencia, que es imposible no recordar como un momento especial de conexión entre el universo, entre lo intangible, y nosotros. Porque la música es del aire, del éter, desde el momento en que un intérprete suelta aquello que hasta entonces sólo existía en su cabeza y lo deja ser, crecer, mutar, modificarse. Pero también es parte de nosotros, pues somos nosotros -los seres humanos- quienes la creamos y depositamos en ella un mensaje que va mucho más allá de los acordes, que se mete directamente en lo que somos. Muchas veces hemos hablado de la capacidad que la música tiene de transmitir sentimientos de otros tiempos, y de allí justamente que cuando palpemos la conexión que hay entre esas canciones y nosotros lo que sintamos es precisamente que hay algo allí que data de otro tiempo, uno que no conocemos pero que se nos antoja a la vez sorpresivamente familiar, como si pese a no haberlo vivido estallara en nosotros el sentimiento que caracterizó a esa época, las idiosincrasias y las sensaciones de aquellos que sí recorrían la tierra por aquellos días. Y sí, queridos, como decimos, algo de eso hay. La humanidad ha buscado su expresión desde los comienzos de la civilización misma, y como muchas veces hemos explicado aquí, la música fue la primera forma de comunicación aún antes de la lengua oral o escrita. Por eso es que encontramos en ella una forma tan peculiar de transmitir lo que sentimos, a veces incluso sin mediar las palabras que inventamos como artefactos para hacerlo. La música es el reino de la emoción, y la emoción entiende de sensaciones, no de lenguajes, pues no tiene límites. Por eso también es que volvemos a ella con la habitual adoración que le profesamos, que hace que no nos detengamos nunca en el ansia de compartir con ustedes tanto las canciones como las historias y, por supuesto, los sentimientos que van en ellas con toda esa carga mística sólo para avasallarnos con su presencia toda vez que nos dejamos llevar dentro de esas músicas tan especiales. Todas las aquí aparecidas, amigos, lo son. Todas ellas llevan algún tipo de conexión, alguna asociación con lo más profundo del espíritu de quien esto escribe, y por eso es que están aquí. Porque, como siempre decimos, de un mero blog de música esto se fue transformando en un muestrario de obsesiones, de placeres, de sensaciones, de sentimientos, de la vida activa de un inconsciente plagado de referencias y asociaciones de inmediato vínculo con el poder y la potencia del hecho musical desatados y prestos a cambiarle de un plumazo la vida a cualquiera. Entonces, lo aquí publicado deja de ser una mera colección de álbumes para transformarse en un manifiesto, en una declaración ya no de principios sino de emociones y de la voluntad absoluta de que todas ellas queden aquí representadas para que la siempre heterodoxa estructura de la historia tal vez las rescate, impresas como quedan en este acervo -que depende de que nadie apague el switch, pero bueno (?)- para que las capture quien desee sentirse representado en ellas. Muchos de ustedes, amigos, ya han llegado a dicha relación con lo que aquí hacemos, y desde ya que les agradecemos siempre la atención y sobre todo la entrega al hecho de la lectura comprometida, situación más que peculiar en una época donde todo parece ser lectura superficial, sin detalle, sin profundización y sobre todo sin involucrarse con lo que está ocurriendo del otro lado, sin poner en juego los sentimientos sino apenas -y a veces ni siquiera- el tramposo raciocinio. Pero muchos otros tal vez lleguen en un tiempo, un tiempo en el que quizás ya no estemos por aquí, y por eso este legado cobra especial importancia. Porque podrá terminarse (nada es eterno) pero quedará impertérrito en este confín, esperando siempre encontrarse con alguien que pueda capturar nuevamente los sentimientos que una vez se pusieron en juego aquí y que permanecen, encapsulados en la (supuesta) eternidad del ciberespacio que todo lo contiene, como si la biblioteca de Babel finalmente existiera. Aquí estaremos, entonces, dentro de esa infinitésima biblioteca, nuestras vivencias esparcidas en estos textos que son a su vez homenajes, tributos a esas personas, esas músicas y esas historias que nos hicieron quienes somos, que nos mostraron el camino y nos enseñaron que se podía sentir sin miedo a no saber qué.
Por eso hoy iremos hacia la resolución de una deuda, de otra de esas que tenemos siempre que les comentamos que por aquí nos regimos con la vara del capricho, que suele hacer estragos en la selección pues la vuelve un proceso heterodoxo y desprejuiciado pero también comprende una plétora de olvidos que hay que seguir compensando en la medida en que lo que por aquí se emprende es, justamente, un catálogo de emociones así como también de aquellos que las han generado en esta cabeza dada vuelta por el hecho musical, transformada para siempre en soldado de la pleitesía que estas aventuras generan. Esto, que podría ser un peso, una verdadera contraindicación en un mundillo como el de estas columnas en las que debería regir pleno y a sus anchas el gusto, es por el contrario una de las mayores y más divertidas motivaciones que tenemos a la hora de seguir adelante con este espacio. Es una manera, esencialmente, de correr la coneja, de ir tras la olla de oro al final del arcoiris, ese logro que supondría con su finalización que ya no hay más de lo que hablar, más que decir, que todos los sentimientos han sido compartidos, volcados aquí y que lo que quedó es una fidedigna reconstrucción de los enrevesados caminos de un inconsciente. Por supuesto, hablamos de algo totalmente imposible, pero este humilde espacio se nutre, de puro utópico, del inestimable peso de lo imposible para seguir con su misión semana a semana. Así las cosas, vamos de olvido en olvido para ir también de tributo en tributo, de justificada inclusión en estas columnas a justificadísima inclusión en este espacio. La de hoy, por caso, es una de las más demoradas de todas las que hayamos hecho, sobre todo porque ya hemos hablado repetidamente del muchacho cuya aguitarrada (?) figura ilustra estas palabras y cada vez que lo hicimos lo bañamos -como merece- de elogios, lo vestimos de la gloria que su música y su idiosincrasia (especialmente esto último) le han ganado, ataviándolo de los innegables blasones que su existencia amerita toda vez que se repasan uno a uno sus logros, enmarcados ellos en una carrera marcada por la incapacidad absoluta de transigir, por la negación total a transar, por el rechazo incólume a transformarse en una pieza más del destructivo engranaje con que el mercado destroza talentos uniformizándolo todo, generando de una revolución un movimiento mercantilista, fagocitándose todo lo auténtico y devolviendo ruinas. El señor en cuestión, así las cosas, es mucho más que un músico y, por tanto, es mucho más que una figura querida por nosotros. Pocas son las ocasiones -aunque más de las que creerían, menos de las que pensábamos- en las que podemos compartir con ustedes la historia y la música de una figura que en sí misma canaliza todos (o muchos de) los principios que también sirven de piedra basal para nuestras aventuras. Como se trata de oportunidades más bien peculiares, está en nosotros hacerles el honor del caso, explicar por qué los encantos del muchacho en cuestión también son extramusicales y, por supuesto, qué tiene que ver eso con lo que hacemos por aquí, por qué insistimos en relacionar sus enseñanzas con nuestras experiencias. Bueno, en este caso, la explicación debe comenzar con un poco de regresión, con una vuelta más que necesaria a aquella ocasión en la que explicamos mucho de esto. Hace unos meses, nos decidimos a encarar uno de esos ciclos temáticos con que profundizamos en un estilo, un género o un movimiento que nos parecen particularmente importantes para entender la historia de la música contemporánea ya sea por su valor artístico, por sus implicancias sociales o por la conjunción de ambas. En aquel caso, nos íbamos a meter con un estilo cuyo espíritu libre y libertario sirvió de inspiración para que muchísimos músicos se decidieran a librarse de ciertas ataduras teóricas y atavíos innecesarios y se dedicaran a hacer música sin contemplaciones, sin condiciones, apenas con el ansia y el deseo de que lo que salía de sus instrumentos fuese también lo que salía de sus corazones. En particular, este estilo se originó en los alrededores de la ciudad de Canterbury (Kent, Inglaterra) y por ello se lo conoció como rock canterburiano. Por un mes hablamos detenida y expansivamente de las mejores bandas del estilo y también nos detuvimos, durante tales disquisiciones, en sus principales figuras, en esos tipos que son la imagen viva de lo que las músicas buscan transmitir. Por supuesto, entre ellas no podía faltar la insigne Henry Cow, creadora del influyente movimiento llamado Rock In Opposition, así como tampoco su factótum y líder, el guitarrista y capo Fred Frith. Henry Cow es un cabal ejemplo de la experimentación al servicio de una idea que no cayera por su propio peso pretencioso sino que se desarrollara orgánicamente, con naturalidad y arrojo, sin más pretextos que la música misma. Mucho tuvo que ver en ese enfoque la visión de Frith, un tipo que siempre estuvo en la búsqueda de maneras de expandir la experiencia musical, de adquirir sonoridades que no tuvieran que ver con los cánones habituales sino que fuesen más bien tonales, ambientales y enfocadas no a la música sino al sonido. Las enseñanzas de John Cage habían pegado duro en Frith, y tras el exitoso lanzamiento del segundo álbum de Henry Cow Unrest tendría la oportunidad de demostrar hasta dónde podían llegar sus innovaciones. Fue entonces cuando Virgin, a través de su subsidiaria Caroline, le encomendó un disco solista. Fred se soltó, a sus anchas, y se preparó a sorprender a todos: agarró sus guitarras preparadas, esto es, violas con sus puentes alterados, objetos puestos entre sus cuerdas, micrófonos en lugares inverosímiles y demás artimañas destinadas a extraer una variedad virtualmente interminable de sonidos, y se metió a grabar sus experimentos en vivo, sin sobregrabaciones. El resultado, al que llamó con franciscana simpleza Guitar Solos y que salió hacia octubre de 1974, es fácilmente uno de los álbumes más influyentes de su estilo, un disco en el que una manera muy particular de acercarse a las nociones musicales se entrecruza con una curiosidad y una capacidad técnica poco vistas hasta el momento. Aquí se los ofrecemos, claro, no sin antes dejarles esas palabras que buscan hacerles entender que lo que están escuchando aquí son los sonidos de la libertad absoluta, un muestrario de lo que puede hacerse cuando se va por los mismísimos márgenes de lo establecido en busca de lo verdaderamente novedoso, de aquello que parece no tener límites y a lo que uno se acerca con un estado de comprensión parcial pero sobre todo con un ansia de indagar que lo supera todo, que le da sentido a estas experimentaciones y baña de significado todos sus resultados. Helo aquí, entonces, a Fred Frith, héroe de lo desconocido, aventurero de las márgenes, hombre comprometido con y en el hecho artístico.
Helo aquí, y que suerte que lo esté.

Fred Frith
Guitar Solos
Caroline Records, 1974
320 kbps. | 182 (!) MB aprox.

Oh sí, queridos amigos, tras un parate, hemos regresado nuevamente a esta denodada y bella tarea que es compartir con ustedes algo de esa hermosa música que nos congrega semana a semana en torno a estas columnas que son ni más ni menos que el mero reflejo escrito de lo que las canciones pueden hacer en el corazón y el espíritu si estos están abiertos a recibir esa experiencia y aprender de ella, tomando de la emocional impronta que la música le sugiere a nuestra alma esa fuerza casi existencial, esa energía superadora que sobreviene de las cuestiones que son mucho más que vivencias, que se vuelven identitarias, fundamentales. Para quien esto escribe la música se circunscribe claramente en dicho circuito mental y emocional, ubicada en un sitial de privilegio pues se trata de una inimitable proveedora no sólo de goce sino también de enseñanza, de aprendizajes, de experiencias y de lecciones; por no mencionar lo que puede ocurrir cuando cavamos bien profundo en las vicisitudes que rodean al hecho musical y empezamos a descubrir las historias que de aquella cuestión surgen, los hilos conductores que nos llevan de un movimiento a otro mientras nos revelan cómo surgieron y se popularizaron las distintas revoluciones y cambios de paradigma que han dado a la música popular contemporánea su carácter superador del mero hecho artístico, que la han vuelto mucho más que una simple rama del arte para elevarla por entre las cuestiones fundamentales para el ser humano, aquellas sin las que pareciera que no pudiéramos vivir. Por supuesto que se puede, amigos, pero qué clase de existencia sería esa, como bien dijo alguna vez Nietzsche. Imagínense carecer, de golpe y porrazo, de la capacidad de descubrir nuevos álbumes, nuevos sonidos, nuevas historias. Sería, esencialmente, como perder la capacidad de crear nuevos recuerdos, pues eso justamente es lo que la música produce en nosotros cuando nos encontramos con uno de esos materiales, una de esas canciones o esos discos que de repente nos sobrecogen y nos llevan a pensar que tal vez esas músicas que estamos escuchando siempre estuvieron con nosotros, siempre predestinadas a ser nuestras, como preexistiéndonos, y que ese encuentro fortuito es en realidad una de las muchas maneras con que el destino manifiesta el absoluto dominio que detenta sobre nuestras existencias. De allí que, cuando esto ocurre, hablamos de uno de los hechos más bellos de la existencia, que es imposible no recordar como un momento especial de conexión entre el universo, entre lo intangible, y nosotros. Porque la música es del aire, del éter, desde el momento en que un intérprete suelta aquello que hasta entonces sólo existía en su cabeza y lo deja ser, crecer, mutar, modificarse. Pero también es parte de nosotros, pues somos nosotros -los seres humanos- quienes la creamos y depositamos en ella un mensaje que va mucho más allá de los acordes, que se mete directamente en lo que somos. Muchas veces hemos hablado de la capacidad que la música tiene de transmitir sentimientos de otros tiempos, y de allí justamente que cuando palpemos la conexión que hay entre esas canciones y nosotros lo que sintamos es precisamente que hay algo allí que data de otro tiempo, uno que no conocemos pero que se nos antoja a la vez sorpresivamente familiar, como si pese a no haberlo vivido estallara en nosotros el sentimiento que caracterizó a esa época, las idiosincrasias y las sensaciones de aquellos que sí recorrían la tierra por aquellos días. Y sí, queridos, como decimos, algo de eso hay. La humanidad ha buscado su expresión desde los comienzos de la civilización misma, y como muchas veces hemos explicado aquí, la música fue la primera forma de comunicación aún antes de la lengua oral o escrita. Por eso es que encontramos en ella una forma tan peculiar de transmitir lo que sentimos, a veces incluso sin mediar las palabras que inventamos como artefactos para hacerlo. La música es el reino de la emoción, y la emoción entiende de sensaciones, no de lenguajes, pues no tiene límites. Por eso también es que volvemos a ella con la habitual adoración que le profesamos, que hace que no nos detengamos nunca en el ansia de compartir con ustedes tanto las canciones como las historias y, por supuesto, los sentimientos que van en ellas con toda esa carga mística sólo para avasallarnos con su presencia toda vez que nos dejamos llevar dentro de esas músicas tan especiales. Todas las aquí aparecidas, amigos, lo son. Todas ellas llevan algún tipo de conexión, alguna asociación con lo más profundo del espíritu de quien esto escribe, y por eso es que están aquí. Porque, como siempre decimos, de un mero blog de música esto se fue transformando en un muestrario de obsesiones, de placeres, de sensaciones, de sentimientos, de la vida activa de un inconsciente plagado de referencias y asociaciones de inmediato vínculo con el poder y la potencia del hecho musical desatados y prestos a cambiarle de un plumazo la vida a cualquiera. Entonces, lo aquí publicado deja de ser una mera colección de álbumes para transformarse en un manifiesto, en una declaración ya no de principios sino de emociones y de la voluntad absoluta de que todas ellas queden aquí representadas para que la siempre heterodoxa estructura de la historia tal vez las rescate, impresas como quedan en este acervo -que depende de que nadie apague el switch, pero bueno (?)- para que las capture quien desee sentirse representado en ellas. Muchos de ustedes, amigos, ya han llegado a dicha relación con lo que aquí hacemos, y desde ya que les agradecemos siempre la atención y sobre todo la entrega al hecho de la lectura comprometida, situación más que peculiar en una época donde todo parece ser lectura superficial, sin detalle, sin profundización y sobre todo sin involucrarse con lo que está ocurriendo del otro lado, sin poner en juego los sentimientos sino apenas -y a veces ni siquiera- el tramposo raciocinio. Pero muchos otros tal vez lleguen en un tiempo, un tiempo en el que quizás ya no estemos por aquí, y por eso este legado cobra especial importancia. Porque podrá terminarse (nada es eterno) pero quedará impertérrito en este confín, esperando siempre encontrarse con alguien que pueda capturar nuevamente los sentimientos que una vez se pusieron en juego aquí y que permanecen, encapsulados en la (supuesta) eternidad del ciberespacio que todo lo contiene, como si la biblioteca de Babel finalmente existiera. Aquí estaremos, entonces, dentro de esa infinitésima biblioteca, nuestras vivencias esparcidas en estos textos que son a su vez homenajes, tributos a esas personas, esas músicas y esas historias que nos hicieron quienes somos, que nos mostraron el camino y nos enseñaron que se podía sentir sin miedo a no saber qué.

Por eso hoy iremos hacia la resolución de una deuda, de otra de esas que tenemos siempre que les comentamos que por aquí nos regimos con la vara del capricho, que suele hacer estragos en la selección pues la vuelve un proceso heterodoxo y desprejuiciado pero también comprende una plétora de olvidos que hay que seguir compensando en la medida en que lo que por aquí se emprende es, justamente, un catálogo de emociones así como también de aquellos que las han generado en esta cabeza dada vuelta por el hecho musical, transformada para siempre en soldado de la pleitesía que estas aventuras generan. Esto, que podría ser un peso, una verdadera contraindicación en un mundillo como el de estas columnas en las que debería regir pleno y a sus anchas el gusto, es por el contrario una de las mayores y más divertidas motivaciones que tenemos a la hora de seguir adelante con este espacio. Es una manera, esencialmente, de correr la coneja, de ir tras la olla de oro al final del arcoiris, ese logro que supondría con su finalización que ya no hay más de lo que hablar, más que decir, que todos los sentimientos han sido compartidos, volcados aquí y que lo que quedó es una fidedigna reconstrucción de los enrevesados caminos de un inconsciente. Por supuesto, hablamos de algo totalmente imposible, pero este humilde espacio se nutre, de puro utópico, del inestimable peso de lo imposible para seguir con su misión semana a semana. Así las cosas, vamos de olvido en olvido para ir también de tributo en tributo, de justificada inclusión en estas columnas a justificadísima inclusión en este espacio. La de hoy, por caso, es una de las más demoradas de todas las que hayamos hecho, sobre todo porque ya hemos hablado repetidamente del muchacho cuya aguitarrada (?) figura ilustra estas palabras y cada vez que lo hicimos lo bañamos -como merece- de elogios, lo vestimos de la gloria que su música y su idiosincrasia (especialmente esto último) le han ganado, ataviándolo de los innegables blasones que su existencia amerita toda vez que se repasan uno a uno sus logros, enmarcados ellos en una carrera marcada por la incapacidad absoluta de transigir, por la negación total a transar, por el rechazo incólume a transformarse en una pieza más del destructivo engranaje con que el mercado destroza talentos uniformizándolo todo, generando de una revolución un movimiento mercantilista, fagocitándose todo lo auténtico y devolviendo ruinas. El señor en cuestión, así las cosas, es mucho más que un músico y, por tanto, es mucho más que una figura querida por nosotros. Pocas son las ocasiones -aunque más de las que creerían, menos de las que pensábamos- en las que podemos compartir con ustedes la historia y la música de una figura que en sí misma canaliza todos (o muchos de) los principios que también sirven de piedra basal para nuestras aventuras. Como se trata de oportunidades más bien peculiares, está en nosotros hacerles el honor del caso, explicar por qué los encantos del muchacho en cuestión también son extramusicales y, por supuesto, qué tiene que ver eso con lo que hacemos por aquí, por qué insistimos en relacionar sus enseñanzas con nuestras experiencias. Bueno, en este caso, la explicación debe comenzar con un poco de regresión, con una vuelta más que necesaria a aquella ocasión en la que explicamos mucho de esto. Hace unos meses, nos decidimos a encarar uno de esos ciclos temáticos con que profundizamos en un estilo, un género o un movimiento que nos parecen particularmente importantes para entender la historia de la música contemporánea ya sea por su valor artístico, por sus implicancias sociales o por la conjunción de ambas. En aquel caso, nos íbamos a meter con un estilo cuyo espíritu libre y libertario sirvió de inspiración para que muchísimos músicos se decidieran a librarse de ciertas ataduras teóricas y atavíos innecesarios y se dedicaran a hacer música sin contemplaciones, sin condiciones, apenas con el ansia y el deseo de que lo que salía de sus instrumentos fuese también lo que salía de sus corazones. En particular, este estilo se originó en los alrededores de la ciudad de Canterbury (Kent, Inglaterra) y por ello se lo conoció como rock canterburiano. Por un mes hablamos detenida y expansivamente de las mejores bandas del estilo y también nos detuvimos, durante tales disquisiciones, en sus principales figuras, en esos tipos que son la imagen viva de lo que las músicas buscan transmitir. Por supuesto, entre ellas no podía faltar la insigne Henry Cow, creadora del influyente movimiento llamado Rock In Opposition, así como tampoco su factótum y líder, el guitarrista y capo Fred Frith. Henry Cow es un cabal ejemplo de la experimentación al servicio de una idea que no cayera por su propio peso pretencioso sino que se desarrollara orgánicamente, con naturalidad y arrojo, sin más pretextos que la música misma. Mucho tuvo que ver en ese enfoque la visión de Frith, un tipo que siempre estuvo en la búsqueda de maneras de expandir la experiencia musical, de adquirir sonoridades que no tuvieran que ver con los cánones habituales sino que fuesen más bien tonales, ambientales y enfocadas no a la música sino al sonido. Las enseñanzas de John Cage habían pegado duro en Frith, y tras el exitoso lanzamiento del segundo álbum de Henry Cow Unrest tendría la oportunidad de demostrar hasta dónde podían llegar sus innovaciones. Fue entonces cuando Virgin, a través de su subsidiaria Caroline, le encomendó un disco solista. Fred se soltó, a sus anchas, y se preparó a sorprender a todos: agarró sus guitarras preparadas, esto es, violas con sus puentes alterados, objetos puestos entre sus cuerdas, micrófonos en lugares inverosímiles y demás artimañas destinadas a extraer una variedad virtualmente interminable de sonidos, y se metió a grabar sus experimentos en vivo, sin sobregrabaciones. El resultado, al que llamó con franciscana simpleza Guitar Solos y que salió hacia octubre de 1974, es fácilmente uno de los álbumes más influyentes de su estilo, un disco en el que una manera muy particular de acercarse a las nociones musicales se entrecruza con una curiosidad y una capacidad técnica poco vistas hasta el momento. Aquí se los ofrecemos, claro, no sin antes dejarles esas palabras que buscan hacerles entender que lo que están escuchando aquí son los sonidos de la libertad absoluta, un muestrario de lo que puede hacerse cuando se va por los mismísimos márgenes de lo establecido en busca de lo verdaderamente novedoso, de aquello que parece no tener límites y a lo que uno se acerca con un estado de comprensión parcial pero sobre todo con un ansia de indagar que lo supera todo, que le da sentido a estas experimentaciones y baña de significado todos sus resultados. Helo aquí, entonces, a Fred Frith, héroe de lo desconocido, aventurero de las márgenes, hombre comprometido con y en el hecho artístico.

Helo aquí, y que suerte que lo esté.


Bert Jansch & John RenbournBert And JohnTransatlantic Records, 1966320 kbps. | 117 MB aprox.

Finaliza la semana y termina un nuevo ciclo de estos que nos encuentran de frente a las canciones y a su particular efecto en nosotros sin más abrigo ni armas que la mera sensación, el deseo pleno de ponernos en torno a ellas y analizar paso a paso qué es lo que hacen por nosotros, por qué nos obsesionamos con esos sentimientos tan particulares y únicos que son los que ponen a mover la vida, los que vehiculizan en sí mismos una plétora de cuestiones que tienen que ver directamente con quiénes somos, con lo más íntimo y personal de nosotros mismos. Se trata de recuerdos, ni más ni menos. Pero no de cualquier tipo de recuerdo, lo saben más que bien ustedes, amigos queridos. Hablamos de músicas que -por su propio peso, belleza e importancia- alguna vez se metieron bien dentro de nosotros, haciendo contacto con lo más íntimo y enraizado de lo que somos, haciendo vibrar espasmódicamente una a una de las fibras que componen entrelazándose eso que conocemos como espíritu. Como verán ya al leer estas palabras, no se trata de cualquier cosa, queridos. Por el contrario, esto que les cuento no es cuestión de todos los días, no pasa con todos los discos y ciertamente no es válido para todas las músicas. Ocurre nomás con algunas, que hacen mella en nosotros vaya a saber por qué razones. Por acá nos toca descular una a una esas razones, justamente, en un oficio -este de escribir ya no sobre música, sino sobre los sentimientos que en su escucha van vinculados- complejo pero gratificante, cuyo solo poder contagioso basta para situar lo que hacemos en un lugar privilegiado entre las muchas ocupaciones que pueden hacerle perder el tiempo al ser humano. Desde este lado hemos elegido perder el tiempo compartiendo con ustedes unos cuantos discos y un montón de historias que llevan, a su vez, indeleblemente marcado el designio de las sensaciones y las experiencias que se dieron a fruición en el tiempo en el que nos encontramos precisamente con ese álbum al que hoy elegimos traer a colación porque nos parece particularmente importante para el desarrollo de ciertas sensibilidades que vayan más allá de lo musical y se conecten con el inconsciente, con los sentimientos que están bien adentro, con la vida misma que explota y ebulle dentro de las canciones. Claro que no nos estamos poniendo en un pináculo de altruismo, queridos, nada más lejos de nosotros que autopontificarnos. Simplemente estamos contando, como siempre lo hacemos, qué es lo que nos mueve, lo que nos lleva a hacer lo que hacemos, cuál es el placer en este ejercicio diario que es una suerte de gimnasia mental y sensorial, un continuo llamado a la sensación para que salga de su cueva y vuelva a explotar reconvirtiéndose en mil formas, en una incontable cantidad de maneras de apreciar el hecho musical que es a su vez el factor convocante de estas aventuras y su finalidad. A su vez, esperamos y queremos, este acercamiento a todo lo que tiene que ver con la música es de alguna manera también un comienzo, un punto de partida desde el que edificar otra plétora de ideas que de él se desprendan, que se inspiren en lo que aquí ocurre para crear algo novedoso y, a su vez, también inspirador. Eso, por supuesto, depende exclusivamente de ustedes, queridos amigos, aventureros que todavía se lanzan corajudamente tras la maravilla de buscar la conexión entre las palabras aquí dichas y sus propias sensibilidades. Tampoco decimos que sea cosa obligatoria que a partir de lo que leen aquí se lancen febrilmente a crear, amigos, no vayan a creer que los estamos mandando a hacer la tarea (?). Pero sí pensamos, porque nos gusta pensar estas cosas tan utópicas, que de algún modo nuestro ejercicio hace nacer en ustedes algo, lo que sea, que lo vuelve vivo y, por tanto, eterno; que la eternidad a la que podemos apelar por estos lares no es sólo la de la supuesta perennidad de internet que hará que este acervo esté dando vueltas en el miasma del ciberespacio por siempre. No, claro que no, sabemos que por más fantástico que suene eso es también fantasioso, porque el switch que sostiene esto puede ser bajado en cualquier momento y con él se van todos nuestros esfuerzos e ilusiones que pensábamos que siempre estarían aquí. A lo que apelamos, utópicos y naïf como somos, es a eternizarnos en ustedes, en sus palabras y en sus propios recuerdos, en esos álbumes que tal vez encontraron por aquí y se volvieron también parte de su vida, en la memoria de que alguna vez se congregaron en torno a estas columnas para ver qué pasaba con las sensaciones vertidas pero sobre todo con la música que las generaba, aquella musa de la que se desprenden las más variadas manifestaciones y muchas de ellas vienen a terminar por aquí. Es, en definitiva, lo que venimos haciendo hace mucho tiempo, mucho antes incluso de que existiera este lugar donde todo aquello se canalizó con ribetes definitivos y definitorios, con carácter de vinculante y, como también siempre decimos, de misión. Ustedes quizás no lo sepan -aunque ya hayamos hecho referencia a esto muchas veces, presten atención, carajo (?)- pero el recorrido de quien esto escribe por la virtualidad y el compartir álbumes e historias lejos está de comenzar en este humilde espacio, que es más bien la culminación de esa ambición. Los comienzos, los meollos, todo puede ser rastreado en la infinidad del ciberespacio y muchas veces es nuestra propia obligación hacerlo, dado que al traer de nuevo frente a nosotros aquellas sensaciones que una vez nos llevaron a compartir determinadas canciones esos sentimientos renacen y nos llevan nuevamente a que la rueda prosiga, se perpetúe y, también (por qué no) se justifique. Por eso es que cada tanto incurrimos, como una manera de recordar, recordarnos y justificarnos, en esa práctica a la que llamamos refrito, pero que bien podría conocerse como reinterpretación. Porque si bien la temática tratada no es novedosa sino, justamente, refritada, la manera en que hoy nos movemos hacia esa temática sí es bien distinta, y por sí sola justifica la existencia de esta reinterpretación. Porque el recuerdo puesto a la prueba del tiempo y tamizado contra lo generado a través justamente de esos años se realza, renace y a su vez sobrevive entre la inmensa cantidad de memorias que somos capaces de acumular. Porque el pasado no es sólo el pasado, sino lo que con él construimos y lo que seremos capaces de ser y hacer a futuro, cuando pongamos en juego esa serie de recuerdos para intentar reconstruir lo que alguna vez fuimos a la luz de lo que conseguimos ser. Ese día, la memoria explicará por sí sola su existencia, pues será la única que podrá justificar aquello en lo que nos convertimos a la luz de lo que elegimos hacer, y de lo que elegimos recordar.
Nosotros, amigos, elegimos siempre recordar esos discos que nos hacen bien. No podemos hacer otra cosa. La música es balsámica, lleva también en sí misma la carga positiva de la creación que han buscado valientemente quienes ponen en juego su sensibilidad en busca quién sabe de qué, para encontrarse con que la experiencia en sí misma es valorable pero fundamental es aquello que da a fruición, eso que termina surgiendo y cuyo mayor mérito no es existir sino haber sido dado a la existencia, haber volado de las manos, las gargantas y las mentes de sus creadores al éter y desde allí transformarse en mil cosas novedosas, increíbles, impensadas, en inspiración, en renovación, en revolución, en código común, en idolatría, en fin, en todas esas cosas que ustedes y nosotros bien sabemos que pueden pasar en torno al hecho musical porque nos han ocurrido más de una vez, porque han estallado dentro nuestro sin pedirnos permiso y han sido más que bien recibidos, y han quedado indeleblemente marcados en todo eso que hoy somos y que resurge y reluce cuando elegimos recordar. Hoy elegimos recordar, queridos. Elegimos acordarnos nuevamente de un álbum al que en realidad nunca olvidamos, que desde la primera vez que lo tuvimos entre manos se volvió una marca indeleble en nuestros corazones y un habitué de nuestras escuchas, desde las más concienzudas hasta las más superfluas. Cuando se encuentra uno con un material así, ay queridos, cuántas cosas que pasan. Cuántas cosas se ponen en juego si uno se dispuso con todo su corazón a que así sea, a ir para adelante y jugársela encontrando en esas canciones la fibra íntima que relaciona de manera inseparable nuestra sensibilidad a alguna de las muchas sensibilidades que entre los acordes se dibujan, que aparecen si sabemos dónde buscarlas. Por supuesto que, habiendo dedicado toda una vida a saber dónde están, nos enorgullece pensar (aunque tal vez no sea cierto) que sí, comprendemos por dónde está el meollo de la cuestión. Y no tiene que ver con la música, amigos. Para nada. Tiene que ver con uno mismo. Tiene que ver más que nada con estar siempre abierto a la experiencia, con poner el corazón bien adelante y ofrecerse con honestidad, con sinceridad, consciente de que no hay nada mejor que aquello que pasa mientras vivimos pues eso mismo es la vida, las experiencias y los recuerdos y lecciones que de ella nos llevamos. Hay que saber escuchar y entender esas lecciones, es cierto, pero justamente para entender sólo hace falta escuchar, y para escuchar sólo hacen falta ganas, curiosidad, ansias. Todas esas cosas son frutos de la pasión por el conocimiento y el descubrimiento tanto de uno mismo como del mundo, y por tanto factores que hacen al crecimiento del espíritu como tal, al dominio magistral de las emociones y las sensaciones como construcción que una vez ensamblada nos dibuja quiénes somos, nos sugiere todas aquellas cosas que creíamos desconocer de nosotros, nos revela en nuestra absoluta expresión. Queremos, también -ya que estábamos con las cosas que queremos lograr a través de este humilde y decidido ejercicio- inculcar eso, queridos. No somos transmisores de valores ni morales ni éticos, de nuevo, lejos estamos de cualquier tipo de pontificación, a la que consideramos imbécil e innecesaria. Somos sólo cultores del valor de la experiencia y de acercarse a ella con la suficiente honestidad espiritual como para no mentirse a uno mismo cerrándose, dejándose estar en vez de embelesar, rechazando en lugar de elegir deslumbrarse. Porque cuando eso ocurre es cuando se forman las conexiones más maravillosas, esas que duran toda la vida y nos congregan una y otra vez en torno a esas canciones, a esos momentos que no son sólo colecciones de acordes sino también memorias personales y propias que se disparan a través justamente de esas sonoridades, que traen consigo cientos, miles de sensibilidades que se canalizan a través de la nuestra como una prueba más de lo eterno de la expresión humana cuando es sincera, honesta y desatada, cuando es directa y no tiene más fin que el de ser el vehículo preferencial de los sentimientos. Eso es la música para muchos, incluidos nosotros y, esperamos, también algunos cuantos músicos, muchos de los cuales ya han tenido su espacio por aquí así como el debido reconocimiento de que sí, claro, son devotos de la creación y cultores de una vida que la tiene como su principal y más blasónico eje, como marca, como misión. Un par de ellos son los que se han congregado en el álbum que les ofrendamos hoy, y por eso es que este disco siempre vuelve en nuestras memorias tal como se instaló en nuestros corazones: porque es el testimonio vivo de lo que puede la creación, porque ha configurado un momento en el tiempo en el que no importaba más que el hacer comunicándose el uno con el otro y los dos con la musa que les dictaba lo que sus brillantes dedos despedían hacia los trastes y hacia la eternidad, esa que los puso también en un sitial de preferencia dada la importancia capital de su obra creativa en el movimiento en que se vio circunstancialmente circunscripta. Hablo, por supuesto, del por aquí muy adorado folk inglés de los años ‘60, aquella reinterpretación juvenil, inquieta e ilustrada de la tradición juglaresca típica del Reino Unido en una música que catalizara a su vez esas añosas influencias y los acercamientos novedosos que a ella pudieran ejecutar pibes ya versados en el poder de la experimentación como liberación, como ampliación de un cerrado código en formas en que se adaptara a la contemporaneidad sin por ello perder su poder legendario, abrumador. Se trata de un fenómeno de capital importancia, además, para comprender el auge de la psicodelia en la isla, pues de allí -y no del rock, que entra a la pomada mucho más tarde, al menos de aquel lado del Atlántico- es de donde surgieron quienes aún hoy se sostienen como algunos de los representantes más importantes e interesantes de un movimiento artístico que le dio una de sus más reconocibles pátinas al siglo pasado. Tal es la importancia de la movida, y en esa movida, estos dos tipos hacían capote. ¿Quiénes son esos dos cuyas figuras ilustran estas palabras? De uno de ellos ya hemos hablado en tiempos aciagos, pero que nos sirvieron para ejercitar la pleitesía y la memoria: se llamaba Bert Jansch, y era la principal fuerza creativa detrás no sólo de este álbum sino de muchas aventuras que en la misma vena afrontaría con su amigo de la juventud John Renbourn, guitarristas muy avezados ambos (especialmente con la acústica) que un día se dieron cuenta de que si armonizaban sus estilos expresivos, floridos y depurados podían hacer cosas muy interesantes. Así nació lo que se conoce -y que nadie practicó como ellos- como folk baroque, literalmente folk barroco por la complejidad de las estructuras con que Bert y John vestían a sus canciones. Renbourn siempre actuó de acompañante de Jansch, que era el más conocido de los dos, y es recién en este Bert And John que hoy les ofrecemos y que Transatlantic les editó en 1966 que firman en conjunto, y lo bien que hacen: se trata de uno de los discos más deliciosos del folk inglés en su conjunto, un testimonio de dos amigos tocando de forma intimista, divirtiéndose, probando formatos y canciones en pos de nada más que de encontrar su inspiración, canalizar su vida, hacer estallar su sinceridad en forma de canción.
No es poco, igualmente. No todos pueden.

Bert Jansch & John Renbourn
Bert And John
Transatlantic Records, 1966
320 kbps. | 117 MB aprox.

Finaliza la semana y termina un nuevo ciclo de estos que nos encuentran de frente a las canciones y a su particular efecto en nosotros sin más abrigo ni armas que la mera sensación, el deseo pleno de ponernos en torno a ellas y analizar paso a paso qué es lo que hacen por nosotros, por qué nos obsesionamos con esos sentimientos tan particulares y únicos que son los que ponen a mover la vida, los que vehiculizan en sí mismos una plétora de cuestiones que tienen que ver directamente con quiénes somos, con lo más íntimo y personal de nosotros mismos. Se trata de recuerdos, ni más ni menos. Pero no de cualquier tipo de recuerdo, lo saben más que bien ustedes, amigos queridos. Hablamos de músicas que -por su propio peso, belleza e importancia- alguna vez se metieron bien dentro de nosotros, haciendo contacto con lo más íntimo y enraizado de lo que somos, haciendo vibrar espasmódicamente una a una de las fibras que componen entrelazándose eso que conocemos como espíritu. Como verán ya al leer estas palabras, no se trata de cualquier cosa, queridos. Por el contrario, esto que les cuento no es cuestión de todos los días, no pasa con todos los discos y ciertamente no es válido para todas las músicas. Ocurre nomás con algunas, que hacen mella en nosotros vaya a saber por qué razones. Por acá nos toca descular una a una esas razones, justamente, en un oficio -este de escribir ya no sobre música, sino sobre los sentimientos que en su escucha van vinculados- complejo pero gratificante, cuyo solo poder contagioso basta para situar lo que hacemos en un lugar privilegiado entre las muchas ocupaciones que pueden hacerle perder el tiempo al ser humano. Desde este lado hemos elegido perder el tiempo compartiendo con ustedes unos cuantos discos y un montón de historias que llevan, a su vez, indeleblemente marcado el designio de las sensaciones y las experiencias que se dieron a fruición en el tiempo en el que nos encontramos precisamente con ese álbum al que hoy elegimos traer a colación porque nos parece particularmente importante para el desarrollo de ciertas sensibilidades que vayan más allá de lo musical y se conecten con el inconsciente, con los sentimientos que están bien adentro, con la vida misma que explota y ebulle dentro de las canciones. Claro que no nos estamos poniendo en un pináculo de altruismo, queridos, nada más lejos de nosotros que autopontificarnos. Simplemente estamos contando, como siempre lo hacemos, qué es lo que nos mueve, lo que nos lleva a hacer lo que hacemos, cuál es el placer en este ejercicio diario que es una suerte de gimnasia mental y sensorial, un continuo llamado a la sensación para que salga de su cueva y vuelva a explotar reconvirtiéndose en mil formas, en una incontable cantidad de maneras de apreciar el hecho musical que es a su vez el factor convocante de estas aventuras y su finalidad. A su vez, esperamos y queremos, este acercamiento a todo lo que tiene que ver con la música es de alguna manera también un comienzo, un punto de partida desde el que edificar otra plétora de ideas que de él se desprendan, que se inspiren en lo que aquí ocurre para crear algo novedoso y, a su vez, también inspirador. Eso, por supuesto, depende exclusivamente de ustedes, queridos amigos, aventureros que todavía se lanzan corajudamente tras la maravilla de buscar la conexión entre las palabras aquí dichas y sus propias sensibilidades. Tampoco decimos que sea cosa obligatoria que a partir de lo que leen aquí se lancen febrilmente a crear, amigos, no vayan a creer que los estamos mandando a hacer la tarea (?). Pero sí pensamos, porque nos gusta pensar estas cosas tan utópicas, que de algún modo nuestro ejercicio hace nacer en ustedes algo, lo que sea, que lo vuelve vivo y, por tanto, eterno; que la eternidad a la que podemos apelar por estos lares no es sólo la de la supuesta perennidad de internet que hará que este acervo esté dando vueltas en el miasma del ciberespacio por siempre. No, claro que no, sabemos que por más fantástico que suene eso es también fantasioso, porque el switch que sostiene esto puede ser bajado en cualquier momento y con él se van todos nuestros esfuerzos e ilusiones que pensábamos que siempre estarían aquí. A lo que apelamos, utópicos y naïf como somos, es a eternizarnos en ustedes, en sus palabras y en sus propios recuerdos, en esos álbumes que tal vez encontraron por aquí y se volvieron también parte de su vida, en la memoria de que alguna vez se congregaron en torno a estas columnas para ver qué pasaba con las sensaciones vertidas pero sobre todo con la música que las generaba, aquella musa de la que se desprenden las más variadas manifestaciones y muchas de ellas vienen a terminar por aquí. Es, en definitiva, lo que venimos haciendo hace mucho tiempo, mucho antes incluso de que existiera este lugar donde todo aquello se canalizó con ribetes definitivos y definitorios, con carácter de vinculante y, como también siempre decimos, de misión. Ustedes quizás no lo sepan -aunque ya hayamos hecho referencia a esto muchas veces, presten atención, carajo (?)- pero el recorrido de quien esto escribe por la virtualidad y el compartir álbumes e historias lejos está de comenzar en este humilde espacio, que es más bien la culminación de esa ambición. Los comienzos, los meollos, todo puede ser rastreado en la infinidad del ciberespacio y muchas veces es nuestra propia obligación hacerlo, dado que al traer de nuevo frente a nosotros aquellas sensaciones que una vez nos llevaron a compartir determinadas canciones esos sentimientos renacen y nos llevan nuevamente a que la rueda prosiga, se perpetúe y, también (por qué no) se justifique. Por eso es que cada tanto incurrimos, como una manera de recordar, recordarnos y justificarnos, en esa práctica a la que llamamos refrito, pero que bien podría conocerse como reinterpretación. Porque si bien la temática tratada no es novedosa sino, justamente, refritada, la manera en que hoy nos movemos hacia esa temática sí es bien distinta, y por sí sola justifica la existencia de esta reinterpretación. Porque el recuerdo puesto a la prueba del tiempo y tamizado contra lo generado a través justamente de esos años se realza, renace y a su vez sobrevive entre la inmensa cantidad de memorias que somos capaces de acumular. Porque el pasado no es sólo el pasado, sino lo que con él construimos y lo que seremos capaces de ser y hacer a futuro, cuando pongamos en juego esa serie de recuerdos para intentar reconstruir lo que alguna vez fuimos a la luz de lo que conseguimos ser. Ese día, la memoria explicará por sí sola su existencia, pues será la única que podrá justificar aquello en lo que nos convertimos a la luz de lo que elegimos hacer, y de lo que elegimos recordar.

Nosotros, amigos, elegimos siempre recordar esos discos que nos hacen bien. No podemos hacer otra cosa. La música es balsámica, lleva también en sí misma la carga positiva de la creación que han buscado valientemente quienes ponen en juego su sensibilidad en busca quién sabe de qué, para encontrarse con que la experiencia en sí misma es valorable pero fundamental es aquello que da a fruición, eso que termina surgiendo y cuyo mayor mérito no es existir sino haber sido dado a la existencia, haber volado de las manos, las gargantas y las mentes de sus creadores al éter y desde allí transformarse en mil cosas novedosas, increíbles, impensadas, en inspiración, en renovación, en revolución, en código común, en idolatría, en fin, en todas esas cosas que ustedes y nosotros bien sabemos que pueden pasar en torno al hecho musical porque nos han ocurrido más de una vez, porque han estallado dentro nuestro sin pedirnos permiso y han sido más que bien recibidos, y han quedado indeleblemente marcados en todo eso que hoy somos y que resurge y reluce cuando elegimos recordar. Hoy elegimos recordar, queridos. Elegimos acordarnos nuevamente de un álbum al que en realidad nunca olvidamos, que desde la primera vez que lo tuvimos entre manos se volvió una marca indeleble en nuestros corazones y un habitué de nuestras escuchas, desde las más concienzudas hasta las más superfluas. Cuando se encuentra uno con un material así, ay queridos, cuántas cosas que pasan. Cuántas cosas se ponen en juego si uno se dispuso con todo su corazón a que así sea, a ir para adelante y jugársela encontrando en esas canciones la fibra íntima que relaciona de manera inseparable nuestra sensibilidad a alguna de las muchas sensibilidades que entre los acordes se dibujan, que aparecen si sabemos dónde buscarlas. Por supuesto que, habiendo dedicado toda una vida a saber dónde están, nos enorgullece pensar (aunque tal vez no sea cierto) que sí, comprendemos por dónde está el meollo de la cuestión. Y no tiene que ver con la música, amigos. Para nada. Tiene que ver con uno mismo. Tiene que ver más que nada con estar siempre abierto a la experiencia, con poner el corazón bien adelante y ofrecerse con honestidad, con sinceridad, consciente de que no hay nada mejor que aquello que pasa mientras vivimos pues eso mismo es la vida, las experiencias y los recuerdos y lecciones que de ella nos llevamos. Hay que saber escuchar y entender esas lecciones, es cierto, pero justamente para entender sólo hace falta escuchar, y para escuchar sólo hacen falta ganas, curiosidad, ansias. Todas esas cosas son frutos de la pasión por el conocimiento y el descubrimiento tanto de uno mismo como del mundo, y por tanto factores que hacen al crecimiento del espíritu como tal, al dominio magistral de las emociones y las sensaciones como construcción que una vez ensamblada nos dibuja quiénes somos, nos sugiere todas aquellas cosas que creíamos desconocer de nosotros, nos revela en nuestra absoluta expresión. Queremos, también -ya que estábamos con las cosas que queremos lograr a través de este humilde y decidido ejercicio- inculcar eso, queridos. No somos transmisores de valores ni morales ni éticos, de nuevo, lejos estamos de cualquier tipo de pontificación, a la que consideramos imbécil e innecesaria. Somos sólo cultores del valor de la experiencia y de acercarse a ella con la suficiente honestidad espiritual como para no mentirse a uno mismo cerrándose, dejándose estar en vez de embelesar, rechazando en lugar de elegir deslumbrarse. Porque cuando eso ocurre es cuando se forman las conexiones más maravillosas, esas que duran toda la vida y nos congregan una y otra vez en torno a esas canciones, a esos momentos que no son sólo colecciones de acordes sino también memorias personales y propias que se disparan a través justamente de esas sonoridades, que traen consigo cientos, miles de sensibilidades que se canalizan a través de la nuestra como una prueba más de lo eterno de la expresión humana cuando es sincera, honesta y desatada, cuando es directa y no tiene más fin que el de ser el vehículo preferencial de los sentimientos. Eso es la música para muchos, incluidos nosotros y, esperamos, también algunos cuantos músicos, muchos de los cuales ya han tenido su espacio por aquí así como el debido reconocimiento de que sí, claro, son devotos de la creación y cultores de una vida que la tiene como su principal y más blasónico eje, como marca, como misión. Un par de ellos son los que se han congregado en el álbum que les ofrendamos hoy, y por eso es que este disco siempre vuelve en nuestras memorias tal como se instaló en nuestros corazones: porque es el testimonio vivo de lo que puede la creación, porque ha configurado un momento en el tiempo en el que no importaba más que el hacer comunicándose el uno con el otro y los dos con la musa que les dictaba lo que sus brillantes dedos despedían hacia los trastes y hacia la eternidad, esa que los puso también en un sitial de preferencia dada la importancia capital de su obra creativa en el movimiento en que se vio circunstancialmente circunscripta. Hablo, por supuesto, del por aquí muy adorado folk inglés de los años ‘60, aquella reinterpretación juvenil, inquieta e ilustrada de la tradición juglaresca típica del Reino Unido en una música que catalizara a su vez esas añosas influencias y los acercamientos novedosos que a ella pudieran ejecutar pibes ya versados en el poder de la experimentación como liberación, como ampliación de un cerrado código en formas en que se adaptara a la contemporaneidad sin por ello perder su poder legendario, abrumador. Se trata de un fenómeno de capital importancia, además, para comprender el auge de la psicodelia en la isla, pues de allí -y no del rock, que entra a la pomada mucho más tarde, al menos de aquel lado del Atlántico- es de donde surgieron quienes aún hoy se sostienen como algunos de los representantes más importantes e interesantes de un movimiento artístico que le dio una de sus más reconocibles pátinas al siglo pasado. Tal es la importancia de la movida, y en esa movida, estos dos tipos hacían capote. ¿Quiénes son esos dos cuyas figuras ilustran estas palabras? De uno de ellos ya hemos hablado en tiempos aciagos, pero que nos sirvieron para ejercitar la pleitesía y la memoria: se llamaba Bert Jansch, y era la principal fuerza creativa detrás no sólo de este álbum sino de muchas aventuras que en la misma vena afrontaría con su amigo de la juventud John Renbourn, guitarristas muy avezados ambos (especialmente con la acústica) que un día se dieron cuenta de que si armonizaban sus estilos expresivos, floridos y depurados podían hacer cosas muy interesantes. Así nació lo que se conoce -y que nadie practicó como ellos- como folk baroque, literalmente folk barroco por la complejidad de las estructuras con que Bert y John vestían a sus canciones. Renbourn siempre actuó de acompañante de Jansch, que era el más conocido de los dos, y es recién en este Bert And John que hoy les ofrecemos y que Transatlantic les editó en 1966 que firman en conjunto, y lo bien que hacen: se trata de uno de los discos más deliciosos del folk inglés en su conjunto, un testimonio de dos amigos tocando de forma intimista, divirtiéndose, probando formatos y canciones en pos de nada más que de encontrar su inspiración, canalizar su vida, hacer estallar su sinceridad en forma de canción.

No es poco, igualmente. No todos pueden.


Hermeto PascoalSlaves MassWarner, 1977320 kbps. | 99 MB aprox.

Como ustedes bien saben, queridos, y si no saben se los repetimos porque nos encanta repetir, como ustedes bien saben, queridos (?) este humilde espacio comenzó hace ya un par de años con la única intención de salvar a quien esto escribe del aburrimiento otorgándole un lugar donde poder volcar sus inquietudes en las que, usualmente, la música ocupa un sitial más que privilegiado. Dada esta distinción, entonces, no fue para nada difícil de prever que lo que aquí se empezó a hacer crecería a pasos agigantados en la medida en que el espacio abierto comenzara a volverse cada vez más fundamental para protegerse de la rabia de los días. Así, lo que había comenzado como apenas un blog de música incrementó no sólo su alcance sino también sus temáticas y su enfoque, volviéndose paso a paso mucho más que apenas una colección de discos (aunque en definitiva es lo que es, claro), transformándose voluntariamente -aunque de forma inconsciente, al menos hasta que la misión quedó clara- en un espacio de reflexión y sosiego, de salvaguarda de la cordura, de ayuda para sobrellevar todos los días, todos los tiempos. Por supuesto, este cometido no está muy lejos del que originalmente llevó a volcar en palabras los sentimientos que relacionaban a quien escribe estas palabras con la música, pero de algún modo fue sobre esa base que lo que aquí ocurrió se expandió, se modificó, cambió, mutó y se transformó en esto que es hoy, esto difícil de describir pero a la vez muy sencillo de experimentar (lo único que hay que hacer, como en todas las cosas bellas de la vida, es dejarse llevar). No es lo mismo decir que uno empezó esto porque se aburría que decir que ahora se ha transformado casi en una misión, en un cometido, en la directriz principal que guía todo esfuerzo que tenga que hacerse en relación a lo que termina volcándose aquí; esfuerzos estos que son por supuesto cuestiones menores al lado de lo que terminan generando, de esa alquimia tan particular e interesante que sucede cuando alguno de ustedes, adorados lectores, se compromete con lo que aquí sucede lo suficiente como para no sólo darle bola sino meterse de lleno en lo que la lectura reflexiva propone, un completo dominio de los sentimientos, las experiencias y las sensaciones por sobre el raciocinio, un ansia permanente de trascender todo lo que puede ocurrir en lo vulgar, lo mundano y crecer hacia el establecimiento de un puente que nos alíe, nos reúna con lo fundamental de nosotros mismos, eso que crece cuando la música (o cualquier expresión artística, pero bueno, aquí nos ocupamos de aquello que inspirara Calíope) ingresa en nuestro inconsciente para quedarse allí tatuada como un recuerdo y a la vez una experiencia, lo nuevo y lo viejo entrecruzándose y dando lugar a inspiraciones y sentimientos nuevos, novedosos y esclarecedores. Qué más lindo, queridos, que declararse simples aprendices de la experiencia musical y dejarse llevar en ella hacia los sitios más insospechados, los lugares más heterodoxos y las novedades más peculiares, aquellas con las que quizás no hubiésemos contactado de no ser porque los acordes y las canciones llevan dentro suyo un mensaje implícito que nos preexiste y guía pidiéndonos sólo tener el corazón y el alma abiertos a su influjo. Bueno, por acá no sólo somos aprendices sino que también reivindicamos el valor de la música por algo más que los discos y las historias; por lo -justamente- extramusical, lo que va más allá de lo que ocurre cuando se aprieta play y pasa dentro nuestro, dentro de cada uno de ustedes tal como ocurrió dentro de quien esto escribe, que es ahora el encargado de poner esa experiencia ahí afuera para que, quizás, contagie, quizás inspire, para que semejante entrega al hecho musical sea también vehículo de nuevas cuestiones, renovadora sensación como es esa de encontrar de una vez y por siempre un álbum, una canción, un artista que sabemos que nos acompañará para siempre, cuya impronta es imposible disociar de aquello que nos genera pues ya es mucho más que música: es un recuerdo, y como recuerdo que es, ya es nuestro, ya nos pertenece y nadie podrá quitarnos eso que hace por nosotros, el traernos de nuevo una experiencia que nos cambió para que sepamos que en ella está el camino del devenir permanente, del dejarse impactar por la vida, que nos llevará a crecer en armonía con aquello que siempre quisimos ser. Munidos de esa certidumbre, queridos, es que seguimos aquí, convencidos de que el camino es siempre para adelante en la búsqueda de ese contacto trascendental con la música que tanto amamos, ese que nos ayudará a darle sin miedo y sin asco a la vida diciéndole que no le tenemos miedo, que seguiremos estando aquí porque lo que queremos es experimentar, queremos nuevas sensaciones, queremos vida, vida siempre. Esta misión, como decíamos, ya lleva más de dos años, y en esos dos años se ha acercado a un número irrisorio de críticas publicadas que día a día alcanza un poco más de completitud al dibujarse el promisorio número 500 con que la gracia nos demostrará un nuevo hito, una renovada marca que es en realidad la expresión numérica de un trabajo que no para, que siempre es incremental y que está permanentemente en estado de alerta para recibir nuevas experiencias. Es en tal sentido, asimismo, que nos encontramos ante la siempre dificultosa tarea de llegar a esa marca habiendo rendido la debida pleitesía, el adeudado homenaje, a aquellos que realmente lo merecen por su aporte ya no a la historia de la música popular sino también a nuestra historia personal, a nuestra sensibilidad y nuestros recuerdos. Tarea muy difícil, es cierto, en un contexto en el que además el capricho se devela como norma, como rasgo identitario, sugiriendo una especie de desorden donde sólo rigen las ansias. Pero como también saben, desde que empezamos con esto andamos resolviendo deudas, dándole su lugar a esos maestros a los que por alguna razón dejamos de lado sin quererlo pero que cuando aparecen lo hacen en toda su magnánima dimensión para recordarnos -vaya paradoja- que nunca deberíamos olvidarlos. Así que aquí estamos nuevamente, echando luz sobre un hombre cuyo acervo es incomparable tanto por belleza como por convicción en la necesidad de experimentar, de ser arrojadizo, de no quedarse quieto. Un tipo al que amarlo es poco, e idolatrarlo casi un chiste. Un hombre al que lo único que hace falta es escucharlo, pero acá estamos también, hablando de él porque es lo único que nos falta hacer con su siempre peculiar figura y las tantas alegrías y enseñanzas que nos ha dado. Sencillamente, el tipo cuya imagen ilustra estas palabras es uno de los mayores genios que haya dado la música popular contemporánea, un hombre que lejos de desdibujar las fronteras las ignoró directa e intencionalmente en pos de hacer lo único que le gusta y le gustará: música, sin ataduras, sin conceptos, sin dibujos, sólo música.
Ese hombre, este hombre, el objeto de nuestro post de hoy y de cavilaciones que van mucho más allá de él, nació hace casi ochenta años en nuestro vecino país Brasil, más específicamente en Lago Da Canoa, localidad de la provincia noresteña de Alagoas y lo que es mejor, aún sigue dando exhibiciones de talento y toma de riesgos por los escenarios del mundo, consciente de que los años lo han transformado en mucho más que un músico, en un sobreviviente de un tiempo en el que hacer música era prestarse a la experimentalidad, subyugado el espíritu conformista por el deseo de hallar siempre lo nuevo, por esa búsqueda de esquivos resultados pero de deseable camino, pues demuestra con hechos -con música, claro- que se puede, que se puede estar siempre despierto y deseoso, siempre en la búsqueda, siempre ávido de experiencias. Tal es la enseñanza que nos deja su música y que nos transmite su campechana y extraordinaria persona, que sin pretensión alguna reconoce que la música y él hoy son uno y lo serán para siempre, que no puede vivir si no hace música porque es lo único que mueve su mundo. ¡Mirá si no lo vamos a querer! ¿Su nombre? Bueno, pueden leerlo en la imagen que ilustra este post, pero también podemos nosotros decirles que se llama Hermeto Pascoal y que, a diferencia de muchos otros músicos brasileños a los que les hemos rendido merecido homenaje en estas columnas, su impronta y sus enseñanzas han logrado traspasar toda frontera hasta transformarse en verdaderos manifiestos, honrados por prácticamente toda la comunidad musical que se rinde maravillada ante la increíble y poderosa intención creativa de un tipo que no se detiene, que siempre va hacia adelante, que siempre está pensando en qué hacer después en lugar de parar a regodearse en éxitos tan supuestos como efímeros, tan innecesarios como ilusorios. No hay en él mayor medida de éxito que su continuidad, que su disciplina y compromiso con el oyente y consigo mismo, especialmente consigo mismo, desafiándose en todo momento, volviendo inútiles todas las clasificaciones y los conceptos, haciendo día a día que la música y él sigan siendo sinónimos. Su estrecha relación con el hecho musical se explica, como la de muchos de los que hemos visto por acá, a través de un viaje veloz hacia su niñez, la que vivió de manera rural y modesta ya que en Lago Da Canoa no había electricidad. No sólo eso, sino que Pascoal debió sobreponerse desde pequeño también a un inconveniente no menor en su salud: tal vez no se vea en la imagen que corona esto que decimos, pero Hermeto nació albino -eso les pasa por coger entre primos (?)- y, por ende, no podía salir al campo a labrar la tierra como el resto de su familia dado que su lívida piel podría sufrir quemaduras irreversibles. Sus padres, ni lerdos ni perezosos, le embocaron el primer instrumento que pudieron conseguir, un acordeón, herencia de su padre que era bastante bueno en el instrumento. El joven Pascoal, que ya además era un inquieto luthier que se había inventado flautas con cañas y demás cuestiones, aprendió rápidamente (preso de una incurable curiosidad, fiel característica que lo acompaña hasta nuestros días) a manipular las teclas, y también con una envidiable velocidad empezó a diversificar su interés: le gustaban las percusiones, el piano y los instrumentos de viento, especialmente el saxofón y la flauta traversa. Siendo de tierra adentro, empero, le costó entrar en la entonces ebullente escena musical brasileña, pero mudanzas a Recife primero, a Rio después y finalmente a São Paulo le aseguraron sus primeros laburos, que fueron en orquestas que acompañaban, por caso, a Elis Regina y a Edu Lobo, momentos considerados hoy como fundamentales en el crecimiento de la naciente bossa nova. Con estas experiencias bien a mano, Hermeto empezó a desear mostrar sus composiciones, esas que lo hacían un reputado y respetado músico ya en los primeros años de su recorrido por el mundillo musical de Brasil. Su momento de explosión se dio con la primera banda en la que realmente pudo mostrar la belleza de esas canciones que tenía bien guardadas, acompañado para la ocasión por unos laderos de lujo: Heraldo Do Monte, Théo De Barros, Airto Moreira y Pascoal formarían en 1967 el Quarteto Novo, evolución a su vez del Sambrasa Trio en el que habían comenzado sus ambiciosas y atractivas exploraciones. Gracias a su aporreo de los parches (?), Moreira se consiguió la oportunidad dorada: ir a grabar a los EE.UU. Para allá se llevó al bueno de Hermeto, que todos sabían era el corazón del Quarteto Novo, y fue entonces cuando un tal Miles Davis consiguió lo que buscaba: conocer al "músico más impresionante del mundo", ni más ni menos que nuestro querido multiinstrumentista y arreglador. Suyas son “Little Church” [“Igrejinha”], “Nem Um Tal Vez” y “Selim”, que Miles incluyó en el seminal Live-Evil de 1971, y suyas son intervenciones en diversos instrumentos para el disco que lo lanzó al estrellato en el mundillo del jazz, un sitial que difícilmente podría haber alcanzado de no ser por el padrinazgo de Miles, ¡qué injusto hubiera sido eso! Sobre todo porque después de ganarse ese lugar tuvo finalmente la revelación que lo guiaría para el resto de su carrera: es hora de hacer lo que se me cante el culo, sin que me importe qué digan o quién lo diga. A su vuelta a Brasil en 1973, Hermeto armó un grupo al que bautizó apenas con su nombre y grabó un álbum que ya desde su título es una declaración de principios: A Música Livre De Hermeto Paschoal, tal vez uno de los discos más peculiares e intrigantes de la música brasileña en su conjunto, colección de composiciones que se parecen más a improvisaciones sobre una base muy leve que a verdaderas escrituras y que revelan que la alquimia que ebullía en la cabeza de Pascoal era una incomparable e indetenible. Cuatro años tardó, empero, en dar a luz a su continuador; pero el tiempo bien valió la espera. Porque este increíble Slaves Mass que hoy les ofrezco y le editara Warner en 1977 es todo lo que su antecesor y a la vez mucho más, un febril recorrido no sólo por las habilidades de Hermeto (que toca el saxo, la flauta, la viola, el rhodes y el piano, entre muchos instrumentos a los que le mete la mano) sino también por su particular acercamiento a la obra musical, que comprende tanto momentos de alto deleite melódico y rítmico -atenti con la apertura “Tacho”- como disonancias más propias del free jazz en experimentos como “Escuta Meu Piano” y “Cannon”. Acompañan al maestro un seleccionado entre quienes se alista a Flora Purim, el propio Moreira, Ron Carter y hasta el bueno de Hugo Fattoruso, colaboradores a la vez que admiradores del talento de Pascoal que se dejan llevar en su música y en esa alquimia, alcanzan el divino deleite.
Nosotros también deberíamos, amigos.

Hermeto Pascoal
Slaves Mass
Warner, 1977
320 kbps. | 99 MB aprox.

Como ustedes bien saben, queridos, y si no saben se los repetimos porque nos encanta repetir, como ustedes bien saben, queridos (?) este humilde espacio comenzó hace ya un par de años con la única intención de salvar a quien esto escribe del aburrimiento otorgándole un lugar donde poder volcar sus inquietudes en las que, usualmente, la música ocupa un sitial más que privilegiado. Dada esta distinción, entonces, no fue para nada difícil de prever que lo que aquí se empezó a hacer crecería a pasos agigantados en la medida en que el espacio abierto comenzara a volverse cada vez más fundamental para protegerse de la rabia de los días. Así, lo que había comenzado como apenas un blog de música incrementó no sólo su alcance sino también sus temáticas y su enfoque, volviéndose paso a paso mucho más que apenas una colección de discos (aunque en definitiva es lo que es, claro), transformándose voluntariamente -aunque de forma inconsciente, al menos hasta que la misión quedó clara- en un espacio de reflexión y sosiego, de salvaguarda de la cordura, de ayuda para sobrellevar todos los días, todos los tiempos. Por supuesto, este cometido no está muy lejos del que originalmente llevó a volcar en palabras los sentimientos que relacionaban a quien escribe estas palabras con la música, pero de algún modo fue sobre esa base que lo que aquí ocurrió se expandió, se modificó, cambió, mutó y se transformó en esto que es hoy, esto difícil de describir pero a la vez muy sencillo de experimentar (lo único que hay que hacer, como en todas las cosas bellas de la vida, es dejarse llevar). No es lo mismo decir que uno empezó esto porque se aburría que decir que ahora se ha transformado casi en una misión, en un cometido, en la directriz principal que guía todo esfuerzo que tenga que hacerse en relación a lo que termina volcándose aquí; esfuerzos estos que son por supuesto cuestiones menores al lado de lo que terminan generando, de esa alquimia tan particular e interesante que sucede cuando alguno de ustedes, adorados lectores, se compromete con lo que aquí sucede lo suficiente como para no sólo darle bola sino meterse de lleno en lo que la lectura reflexiva propone, un completo dominio de los sentimientos, las experiencias y las sensaciones por sobre el raciocinio, un ansia permanente de trascender todo lo que puede ocurrir en lo vulgar, lo mundano y crecer hacia el establecimiento de un puente que nos alíe, nos reúna con lo fundamental de nosotros mismos, eso que crece cuando la música (o cualquier expresión artística, pero bueno, aquí nos ocupamos de aquello que inspirara Calíope) ingresa en nuestro inconsciente para quedarse allí tatuada como un recuerdo y a la vez una experiencia, lo nuevo y lo viejo entrecruzándose y dando lugar a inspiraciones y sentimientos nuevos, novedosos y esclarecedores. Qué más lindo, queridos, que declararse simples aprendices de la experiencia musical y dejarse llevar en ella hacia los sitios más insospechados, los lugares más heterodoxos y las novedades más peculiares, aquellas con las que quizás no hubiésemos contactado de no ser porque los acordes y las canciones llevan dentro suyo un mensaje implícito que nos preexiste y guía pidiéndonos sólo tener el corazón y el alma abiertos a su influjo. Bueno, por acá no sólo somos aprendices sino que también reivindicamos el valor de la música por algo más que los discos y las historias; por lo -justamente- extramusical, lo que va más allá de lo que ocurre cuando se aprieta play y pasa dentro nuestro, dentro de cada uno de ustedes tal como ocurrió dentro de quien esto escribe, que es ahora el encargado de poner esa experiencia ahí afuera para que, quizás, contagie, quizás inspire, para que semejante entrega al hecho musical sea también vehículo de nuevas cuestiones, renovadora sensación como es esa de encontrar de una vez y por siempre un álbum, una canción, un artista que sabemos que nos acompañará para siempre, cuya impronta es imposible disociar de aquello que nos genera pues ya es mucho más que música: es un recuerdo, y como recuerdo que es, ya es nuestro, ya nos pertenece y nadie podrá quitarnos eso que hace por nosotros, el traernos de nuevo una experiencia que nos cambió para que sepamos que en ella está el camino del devenir permanente, del dejarse impactar por la vida, que nos llevará a crecer en armonía con aquello que siempre quisimos ser. Munidos de esa certidumbre, queridos, es que seguimos aquí, convencidos de que el camino es siempre para adelante en la búsqueda de ese contacto trascendental con la música que tanto amamos, ese que nos ayudará a darle sin miedo y sin asco a la vida diciéndole que no le tenemos miedo, que seguiremos estando aquí porque lo que queremos es experimentar, queremos nuevas sensaciones, queremos vida, vida siempre. Esta misión, como decíamos, ya lleva más de dos años, y en esos dos años se ha acercado a un número irrisorio de críticas publicadas que día a día alcanza un poco más de completitud al dibujarse el promisorio número 500 con que la gracia nos demostrará un nuevo hito, una renovada marca que es en realidad la expresión numérica de un trabajo que no para, que siempre es incremental y que está permanentemente en estado de alerta para recibir nuevas experiencias. Es en tal sentido, asimismo, que nos encontramos ante la siempre dificultosa tarea de llegar a esa marca habiendo rendido la debida pleitesía, el adeudado homenaje, a aquellos que realmente lo merecen por su aporte ya no a la historia de la música popular sino también a nuestra historia personal, a nuestra sensibilidad y nuestros recuerdos. Tarea muy difícil, es cierto, en un contexto en el que además el capricho se devela como norma, como rasgo identitario, sugiriendo una especie de desorden donde sólo rigen las ansias. Pero como también saben, desde que empezamos con esto andamos resolviendo deudas, dándole su lugar a esos maestros a los que por alguna razón dejamos de lado sin quererlo pero que cuando aparecen lo hacen en toda su magnánima dimensión para recordarnos -vaya paradoja- que nunca deberíamos olvidarlos. Así que aquí estamos nuevamente, echando luz sobre un hombre cuyo acervo es incomparable tanto por belleza como por convicción en la necesidad de experimentar, de ser arrojadizo, de no quedarse quieto. Un tipo al que amarlo es poco, e idolatrarlo casi un chiste. Un hombre al que lo único que hace falta es escucharlo, pero acá estamos también, hablando de él porque es lo único que nos falta hacer con su siempre peculiar figura y las tantas alegrías y enseñanzas que nos ha dado. Sencillamente, el tipo cuya imagen ilustra estas palabras es uno de los mayores genios que haya dado la música popular contemporánea, un hombre que lejos de desdibujar las fronteras las ignoró directa e intencionalmente en pos de hacer lo único que le gusta y le gustará: música, sin ataduras, sin conceptos, sin dibujos, sólo música.

Ese hombre, este hombre, el objeto de nuestro post de hoy y de cavilaciones que van mucho más allá de él, nació hace casi ochenta años en nuestro vecino país Brasil, más específicamente en Lago Da Canoa, localidad de la provincia noresteña de Alagoas y lo que es mejor, aún sigue dando exhibiciones de talento y toma de riesgos por los escenarios del mundo, consciente de que los años lo han transformado en mucho más que un músico, en un sobreviviente de un tiempo en el que hacer música era prestarse a la experimentalidad, subyugado el espíritu conformista por el deseo de hallar siempre lo nuevo, por esa búsqueda de esquivos resultados pero de deseable camino, pues demuestra con hechos -con música, claro- que se puede, que se puede estar siempre despierto y deseoso, siempre en la búsqueda, siempre ávido de experiencias. Tal es la enseñanza que nos deja su música y que nos transmite su campechana y extraordinaria persona, que sin pretensión alguna reconoce que la música y él hoy son uno y lo serán para siempre, que no puede vivir si no hace música porque es lo único que mueve su mundo. ¡Mirá si no lo vamos a querer! ¿Su nombre? Bueno, pueden leerlo en la imagen que ilustra este post, pero también podemos nosotros decirles que se llama Hermeto Pascoal y que, a diferencia de muchos otros músicos brasileños a los que les hemos rendido merecido homenaje en estas columnas, su impronta y sus enseñanzas han logrado traspasar toda frontera hasta transformarse en verdaderos manifiestos, honrados por prácticamente toda la comunidad musical que se rinde maravillada ante la increíble y poderosa intención creativa de un tipo que no se detiene, que siempre va hacia adelante, que siempre está pensando en qué hacer después en lugar de parar a regodearse en éxitos tan supuestos como efímeros, tan innecesarios como ilusorios. No hay en él mayor medida de éxito que su continuidad, que su disciplina y compromiso con el oyente y consigo mismo, especialmente consigo mismo, desafiándose en todo momento, volviendo inútiles todas las clasificaciones y los conceptos, haciendo día a día que la música y él sigan siendo sinónimos. Su estrecha relación con el hecho musical se explica, como la de muchos de los que hemos visto por acá, a través de un viaje veloz hacia su niñez, la que vivió de manera rural y modesta ya que en Lago Da Canoa no había electricidad. No sólo eso, sino que Pascoal debió sobreponerse desde pequeño también a un inconveniente no menor en su salud: tal vez no se vea en la imagen que corona esto que decimos, pero Hermeto nació albino -eso les pasa por coger entre primos (?)- y, por ende, no podía salir al campo a labrar la tierra como el resto de su familia dado que su lívida piel podría sufrir quemaduras irreversibles. Sus padres, ni lerdos ni perezosos, le embocaron el primer instrumento que pudieron conseguir, un acordeón, herencia de su padre que era bastante bueno en el instrumento. El joven Pascoal, que ya además era un inquieto luthier que se había inventado flautas con cañas y demás cuestiones, aprendió rápidamente (preso de una incurable curiosidad, fiel característica que lo acompaña hasta nuestros días) a manipular las teclas, y también con una envidiable velocidad empezó a diversificar su interés: le gustaban las percusiones, el piano y los instrumentos de viento, especialmente el saxofón y la flauta traversa. Siendo de tierra adentro, empero, le costó entrar en la entonces ebullente escena musical brasileña, pero mudanzas a Recife primero, a Rio después y finalmente a São Paulo le aseguraron sus primeros laburos, que fueron en orquestas que acompañaban, por caso, a Elis Regina y a Edu Lobo, momentos considerados hoy como fundamentales en el crecimiento de la naciente bossa nova. Con estas experiencias bien a mano, Hermeto empezó a desear mostrar sus composiciones, esas que lo hacían un reputado y respetado músico ya en los primeros años de su recorrido por el mundillo musical de Brasil. Su momento de explosión se dio con la primera banda en la que realmente pudo mostrar la belleza de esas canciones que tenía bien guardadas, acompañado para la ocasión por unos laderos de lujo: Heraldo Do Monte, Théo De Barros, Airto Moreira y Pascoal formarían en 1967 el Quarteto Novo, evolución a su vez del Sambrasa Trio en el que habían comenzado sus ambiciosas y atractivas exploraciones. Gracias a su aporreo de los parches (?), Moreira se consiguió la oportunidad dorada: ir a grabar a los EE.UU. Para allá se llevó al bueno de Hermeto, que todos sabían era el corazón del Quarteto Novo, y fue entonces cuando un tal Miles Davis consiguió lo que buscaba: conocer al "músico más impresionante del mundo", ni más ni menos que nuestro querido multiinstrumentista y arreglador. Suyas son “Little Church” [“Igrejinha”], “Nem Um Tal Vez” y “Selim”, que Miles incluyó en el seminal Live-Evil de 1971, y suyas son intervenciones en diversos instrumentos para el disco que lo lanzó al estrellato en el mundillo del jazz, un sitial que difícilmente podría haber alcanzado de no ser por el padrinazgo de Miles, ¡qué injusto hubiera sido eso! Sobre todo porque después de ganarse ese lugar tuvo finalmente la revelación que lo guiaría para el resto de su carrera: es hora de hacer lo que se me cante el culo, sin que me importe qué digan o quién lo diga. A su vuelta a Brasil en 1973, Hermeto armó un grupo al que bautizó apenas con su nombre y grabó un álbum que ya desde su título es una declaración de principios: A Música Livre De Hermeto Paschoal, tal vez uno de los discos más peculiares e intrigantes de la música brasileña en su conjunto, colección de composiciones que se parecen más a improvisaciones sobre una base muy leve que a verdaderas escrituras y que revelan que la alquimia que ebullía en la cabeza de Pascoal era una incomparable e indetenible. Cuatro años tardó, empero, en dar a luz a su continuador; pero el tiempo bien valió la espera. Porque este increíble Slaves Mass que hoy les ofrezco y le editara Warner en 1977 es todo lo que su antecesor y a la vez mucho más, un febril recorrido no sólo por las habilidades de Hermeto (que toca el saxo, la flauta, la viola, el rhodes y el piano, entre muchos instrumentos a los que le mete la mano) sino también por su particular acercamiento a la obra musical, que comprende tanto momentos de alto deleite melódico y rítmico -atenti con la apertura “Tacho”- como disonancias más propias del free jazz en experimentos como “Escuta Meu Piano” y “Cannon”. Acompañan al maestro un seleccionado entre quienes se alista a Flora Purim, el propio Moreira, Ron Carter y hasta el bueno de Hugo Fattoruso, colaboradores a la vez que admiradores del talento de Pascoal que se dejan llevar en su música y en esa alquimia, alcanzan el divino deleite.

Nosotros también deberíamos, amigos.


Public EnemyIt Takes A Nation Of Millions To Hold Us BackDef Jam Recordings, 1988320 kbps. | 132 MB aprox.

Bienvenidos nuevamente, queridos, a este humilde espacio donde ponemos en juego la subjetividad para explicarnos por qué la música hace lo que hace con nosotros, para respondernos la eterna duda y maravillarnos nuevamente con los resultados de dicha cuestión. Muchos han sido los caminos que hemos tomado en nuestras cavilaciones, diversos los resultados de cada exploración en la que las canciones han sido a su vez eje y finalidad, tema de conversación y conclusión al mismo tiempo. Hemos tomado tantas vertientes del hecho musical como nos han sido posibles, conscientes de que cada vez más la música popular contemporánea -especie de combinación de arte y negocio en la que nosotros siempre buscamos inclinarnos más por el primer factor pero no podemos desconocer el restante- es un hervidero de ebullente variedad, de propuestas tan amplias como disímiles que son la viva muestra de todo lo que puede ocurrir a nuestro alrededor y que como tal demostración sirven para darnos la pauta de que no debemos cerrar nuestro corazón ni nuestro espíritu sino por el contrario, lo que hace falta en estos tiempos de deshumanización, automatización y uniformización es abrir todo lo que podamos nuestra conciencia a la belleza de la experiencia, atravesar todos esos momentos que hacen a la vida lo compleja y bella que es y llevarnos de esos instantes algo con nosotros, algo que se convierta en recuerdo, en memoria, algo que podamos trasladar a través de los días sin ningún cambio en su conformación como indeleble memoria de lo que alguna vez sucedió. Por eso por acá hemos pregonado, al menos desde el intento, la importancia de tomar todo lo que se pueda, de ser heterodoxos y desprejuiciados en el acercamiento a la música, despreciando las etiquetas y privilegiando en su lugar las ansias de escuchar, nuestros oídos, mentes y corazones todos alineados para dejarnos atravesar por algo que no necesita del raciocinio sino de una comprensión que parta de los sentimientos, de las emociones. Por acá tratamos siempre de poner lo que sentimos por delante, queridos, ustedes bien lo saben, y estas palabras no son más que el burdo intento de que aquellas sensaciones se traduzcan en palabras que hagan la vez de puente entre lo que ocurre musicalmente y lo que podría ocurrir potencialmente en el campo del espíritu, de su espíritu, obvio, si es que se le animan a la experiencia de la lectura y se dejan llevar a través de lo que les proponemos sólo, como decíamos más arriba, por el placer de vivir una nueva experiencia. Existen cuestiones, también, que estas palabras deben explicar. Cuestiones que no sólo son integrales para la escucha, sino que la sobreexisten, con toda la importancia que el hecho de escuchar tiene a la hora de comprender lo musical. Porque a veces la música, lo hemos dicho muchas veces, es mucho más que sólo canciones, transformándose en un fenómeno masivo a partir de su representatividad, de su mensaje y su sonido y la manera en la que ciertos grupos se abroquelan en torno a ellos como si se les fuera la vida allí, como si hubieran encontrado la revelación, la palabra divina que los hiciera sentir identificados, que les diera ganas de movilizarse, de gritar, de reclamar, de no seguir más aceptando con un cómplice silencio que las cosas sean así y de pedir rabiosamente un cambio, un giro trascendental en los acontecimientos, una revolución. ¿Cómo, la música puede hacer revoluciones? Pero por supuesto, queridos, la música es una revolución, es la revolución de nuestras mentes y nuestros corazones, los conmueve, los modifica, los lleva por caminos insospechados, los convence de experimentar sensaciones nuevas que son las que terminan abriendo la comprensión a caminos nuevos para vivir, a maneras renovadas de ver las cosas cuyo sentido se nos antoja, en ocasiones, a través del encanto de la música. Entonces no es extraño que existan ciertas músicas que, como otras inducen al gozo y al placer, induzcan con su potente sonido a que suenen las sirenas de la revolución, a que el pueblo se levante y tome las calles para pedir por sus derechos y que ya nadie pueda quedarse callado pues quedarse callado antes era una señal subrepticia de complicidad, pero después de que todo estalla es la peor alternativa posible. Si antes no se decía nada, pues es momento de decirlo todo, de gritar, de saltar, de dejar salir toda esa frustración, esa violencia contenida por el cruel sosiego de los días que nos hace vivir en situaciones en las cuales no deseamos sólo porque olvidamos que también se puede luchar, sólo porque el tiempo nos erosiona y nos quiere quitar esa capacidad. Pero no podemos dejarlo, amigos, es nuestro deber seguir siempre alertas, siempre adelante, siempre peleando, interpelando al sistema sin dejar que nos pise y nos transforme en un engranaje más, con el espíritu rebelde siempre como vía y vehículo, prestos a iniciar una y mil revoluciones sólo para pedir por nosotros y por los que son como nosotros, por los oprimidos y los torturados que se han caído del discurso y se han quedado sin voz. Es la misión de los que quedamos de este lado, de los que todavía podemos, ser la conciencia de un colectivo al que representamos aunque desconozcamos y nunca negarnos la chance de gritar, de decir lo que sentimos y decirlo de frente, sin temor ni vergüenza ni nada más que ansias de salir de una situación que no es la que merecemos ninguno de los que estamos aquí. Toma mucho coraje ser cabeza de lanza de una revolución, ser su cara visible, pero hay algunos (como los dos muchachos cuya engayolada figura ilustra estas palabras) que no le escaparon al desafío sino que lo abrazaron casi como si de una cuestión identitaria se tratara, como si hubiesen estado preparándose para ello toda su vida, con la mente bien fija en hacer carne en sus palabras el sentimiento de todo un pueblo que las espera como un faro, como una señal que indica hacia dónde caminar y por qué luchar. Esos son, efectivamente, los imprescindibles para la vida; pero claro está, los hay pocos, poquísimos y muchas veces incluso no tienen la posibilidad de demostrar sus capacidades, subyugados como están por una opresiva trama social que persigue a los distintos para transformarlos en símiles como lo hace con todos nosotros. Tan aciago panorama, empero, no hace a que estos revolucionarios, estos líderes, no aparezcan de tanto en tanto para agitar el avispero y hacernos dar cuenta de la necesidad de un cambio. Es cuestión nuestra, en tal sentido, comprender nosotros también que esa voz que se alza dice algo realmente importante y escucharla, y seguirla, y ayudarla. No sabemos cuándo esto volverá a ocurrir, pero sí sabemos que en términos musicales pasó más de una vez. Este es uno de sus más cabales ejemplos.
Corría 1987. Un grupo de jóvenes que se habían llamado a sí mismos con el sugestivo y poderoso nombre de Public Enemy había editado hacía unos pocos meses su provocativo álbum debut, Yo! Bum Rush The Show, por el insigne sello neoyorkino Def Jam, propiedad del no menos importante productor Rick Rubin. Había sido el propio Rubin el que reconoció la capacidad del MC (rapero, bah) principal del grupo, Chuck D (conocido en círculos familiares como Carlton Douglas Ridenhour) de catalizar en sus rimas la rispidez musical de los beats entrecortados de Run-D.M.C. añadiéndoles un porcentaje interesante de comentario social, una despiadada crítica al estado de las cosas en la tierra de los libres y hogar de los valientes de la época y, sobre todo, una reivindicación a la identidad negra que hizo que Rubin recordara en Chuck D a todos aquellos quijotes musicales de finales de los ‘60 y de la década siguiente, esos que a través del soul y el funk le demostraron a un pueblo dormido que no sólo no eran inferiores a sus pares blancos sino que además tenían mucho más groove. Cuando Rubin se acercó con la intención de firmar a Chuck D a partir de su demo “Public Enemy Number One” -de allí el nombre del grupo, sí- este le sugirió como su ladero a quien venía siendo compañero de afiebradas noches de micrófono abierto en los clubes nocturnos de la comunidad, un estrambótico petiso al que llamaban Flavor Flav (William Jonathan Drayton Jr. según el DNI) y que, a diferencia de D, no hacía tan clara referencia en sus rapeos a las situaciones sociales sino que improvisaba líneas que puntuaban las aventuras de Chuck con un estilo surrealista, altamente improvisado y tan gracioso como central para la propuesta que desarrollarían a posteriori. Desde el lado del negocio, quienes empezaban a manejar el concepto de este grupo en ciernes -duro, de implicancia social, oscuro, poderoso, veloz y ríspido- eligieron juntar a estos dos MCs tan complementarios entre sí con un equipo de producción también joven y que se caracterizaba justamente por estar buscando una renovación para el concepto de negritud en la música contemporánea, un lugar por donde toda esa expresión pudiera ser liberada en formas que no aludieran ya tan directamente a convencionalismos adquiridos como los que empezaban a ser la norma del hip-hop en aquellos tiempos. El grupo se hacía llamar a sí mismo The Bomb Squad, y estaba compuesto por un trío de muchachos que ya habían trabajado con Chuck y Flavor antes siquiera de que Public Enemy estuviera en pañales: los hermanos Hank y Keith Shocklee y Eric Vietnam Sadler. Con estas tres adiciones más la aparición de último momento -pero fundamental- del DJ Terminator X (Norman Rogers dice el registro) quedó conformado Public Enemy, un grupo tan provocador como activo cuyas primeras mellas fueron hechas como teloneros de los Beastie Boys en la gira de Licensed To Ill. Allí, el polémico estilo escénico de la banda (que incluía gente vestida como milicianos, apelaciones constantes a la revolución y discursos encendidos a favor de la identidad afroamericana como principio vital del mundo) fue una verdadera revelación para un público impreparado para ella como eran los blanquitos que iban a ver a los Beasties. Sin embargo, el primer objetivo ya estaba logrado: se había sacado el mensaje ahí afuera, se había hecho conocer a Public Enemy, se estaba un paso más cerca de la revolución. En este sentido Yo! Bum Rush The Show, su primera colección de canciones, sería un paso importante -aunque no definitivo- en pos de lograr salir a la luz en un mercado que increíblemente parecía estar esperando una voz así desde tiempos inmemoriales, como quien aguarda por esa revelación que le muestre que las cosas pueden ser de otro modo, que no todo tiene que adherir a la convención directa del sampleo torpe y las canciones sin demasiado significado. Public Enemy vino a dotar nuevamente de realidad lo que estaba farandulizándose, perdiendo su identidad en la medida en que había sido fagocitado por el mismo sistema al que había nacido respondiendo y detestando; fenómeno que siempre ocurre con lo diferente pero que Chuck y Flavor sabían que no podía pasar con el hip-hop en tanto vehículo de la subversión, de la novedad, de lo que se estaba por venir. Y lo que se estaba por venir, queridos, era una verdadera explosión. Armados del suceso de Yo! Bum Rush The Show, un considerable suceso comercial devenido en este caso de una primera y privilegiada acogida por parte de los críticos de la época (son memorables las palabras de Simon Reynolds que en el ‘87 dijo sobre ellos que eran una banda de rock superlativa), los muchachos supieron que era momento de transformarse en eso que siempre se les había sugerido: en voceros de su generación. Sabían que ese mensaje que le llevaban a la gente era uno importante para ellos. Sabían que eran escuchados, idolatrados incluso. Sabían que tenían el talento para hacer una verdadera mella en el mundo de la música. Lo que no sabían, seguramente, es que lo que hicieron más que mella fue un cráter, y más que en el mundo fue en la historia de la música popular. El 14 de abril de 1988, tras casi un año de trabajo (que había empezado justo cuando terminaron las sesiones de su disco anterior), Public Enemy finalmente lanzaba al mercado su explosivo, demencial segundo álbum llamado con el para nada provocativo (?) nombre de It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back y que ya desde su para nada incendiaria (?) imagen de portada, donde veíamos a Chuck D y Flavor Flav tras las rejas con expresión desafiante, intentaba prevenirnos de lo que iba a venir. Nada podría prevenirnos, de todos modos, de semejante vendaval, de tremendo estallido, de un corte tan abrupto en la tradición que inició una nueva tradición en sí misma. Los beats eran entrecortados, disonantes, chirriantes casi, y eran escupidos a una velocidad inhumana, explotando por aquí y allá en tiradas que recuerdan más al free jazz que al hip-hop de aquellos tiempos. Las letras, ah, las letras. Preparándonos para la revolución estaba el maestro Chuck D con sus alegatos incendiarios a favor de la identidad afroamericana y de la revuelta explícita (“Louder Than A Bomb”) y atravesando sus denodados esfuerzos aparecía el loquillo Flavor Flav que distendía el ambiente pero también nos enfrentaba a versos con varias lecturas, rebosantes de sentido, en una poesía que nunca nadie podrá saber si es intencional o si sólo le sale así del alma, pero de nuevo, eso tampoco importa demasiado. It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back es un álbum intenso y extenso, pero necesario. Hace falta escuchar todo lo que este grupo de terroristas del sonido y la palabra tiene para decirnos pues son sus febriles alegatos reflejos de una parte de la sociedad que siempre se sentirá oprimida por quien antes los esclavizaba y ahora sólo los uniformiza, los convierte en inferiores. Public Enemy busca convencer a su gente de que no sólo no son inferiores, sino que también pueden pelear.
Guarda cuando tengan ganas de hacerlo.

Public Enemy
It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back
Def Jam Recordings, 1988
320 kbps. | 132 MB aprox.

Bienvenidos nuevamente, queridos, a este humilde espacio donde ponemos en juego la subjetividad para explicarnos por qué la música hace lo que hace con nosotros, para respondernos la eterna duda y maravillarnos nuevamente con los resultados de dicha cuestión. Muchos han sido los caminos que hemos tomado en nuestras cavilaciones, diversos los resultados de cada exploración en la que las canciones han sido a su vez eje y finalidad, tema de conversación y conclusión al mismo tiempo. Hemos tomado tantas vertientes del hecho musical como nos han sido posibles, conscientes de que cada vez más la música popular contemporánea -especie de combinación de arte y negocio en la que nosotros siempre buscamos inclinarnos más por el primer factor pero no podemos desconocer el restante- es un hervidero de ebullente variedad, de propuestas tan amplias como disímiles que son la viva muestra de todo lo que puede ocurrir a nuestro alrededor y que como tal demostración sirven para darnos la pauta de que no debemos cerrar nuestro corazón ni nuestro espíritu sino por el contrario, lo que hace falta en estos tiempos de deshumanización, automatización y uniformización es abrir todo lo que podamos nuestra conciencia a la belleza de la experiencia, atravesar todos esos momentos que hacen a la vida lo compleja y bella que es y llevarnos de esos instantes algo con nosotros, algo que se convierta en recuerdo, en memoria, algo que podamos trasladar a través de los días sin ningún cambio en su conformación como indeleble memoria de lo que alguna vez sucedió. Por eso por acá hemos pregonado, al menos desde el intento, la importancia de tomar todo lo que se pueda, de ser heterodoxos y desprejuiciados en el acercamiento a la música, despreciando las etiquetas y privilegiando en su lugar las ansias de escuchar, nuestros oídos, mentes y corazones todos alineados para dejarnos atravesar por algo que no necesita del raciocinio sino de una comprensión que parta de los sentimientos, de las emociones. Por acá tratamos siempre de poner lo que sentimos por delante, queridos, ustedes bien lo saben, y estas palabras no son más que el burdo intento de que aquellas sensaciones se traduzcan en palabras que hagan la vez de puente entre lo que ocurre musicalmente y lo que podría ocurrir potencialmente en el campo del espíritu, de su espíritu, obvio, si es que se le animan a la experiencia de la lectura y se dejan llevar a través de lo que les proponemos sólo, como decíamos más arriba, por el placer de vivir una nueva experiencia. Existen cuestiones, también, que estas palabras deben explicar. Cuestiones que no sólo son integrales para la escucha, sino que la sobreexisten, con toda la importancia que el hecho de escuchar tiene a la hora de comprender lo musical. Porque a veces la música, lo hemos dicho muchas veces, es mucho más que sólo canciones, transformándose en un fenómeno masivo a partir de su representatividad, de su mensaje y su sonido y la manera en la que ciertos grupos se abroquelan en torno a ellos como si se les fuera la vida allí, como si hubieran encontrado la revelación, la palabra divina que los hiciera sentir identificados, que les diera ganas de movilizarse, de gritar, de reclamar, de no seguir más aceptando con un cómplice silencio que las cosas sean así y de pedir rabiosamente un cambio, un giro trascendental en los acontecimientos, una revolución. ¿Cómo, la música puede hacer revoluciones? Pero por supuesto, queridos, la música es una revolución, es la revolución de nuestras mentes y nuestros corazones, los conmueve, los modifica, los lleva por caminos insospechados, los convence de experimentar sensaciones nuevas que son las que terminan abriendo la comprensión a caminos nuevos para vivir, a maneras renovadas de ver las cosas cuyo sentido se nos antoja, en ocasiones, a través del encanto de la música. Entonces no es extraño que existan ciertas músicas que, como otras inducen al gozo y al placer, induzcan con su potente sonido a que suenen las sirenas de la revolución, a que el pueblo se levante y tome las calles para pedir por sus derechos y que ya nadie pueda quedarse callado pues quedarse callado antes era una señal subrepticia de complicidad, pero después de que todo estalla es la peor alternativa posible. Si antes no se decía nada, pues es momento de decirlo todo, de gritar, de saltar, de dejar salir toda esa frustración, esa violencia contenida por el cruel sosiego de los días que nos hace vivir en situaciones en las cuales no deseamos sólo porque olvidamos que también se puede luchar, sólo porque el tiempo nos erosiona y nos quiere quitar esa capacidad. Pero no podemos dejarlo, amigos, es nuestro deber seguir siempre alertas, siempre adelante, siempre peleando, interpelando al sistema sin dejar que nos pise y nos transforme en un engranaje más, con el espíritu rebelde siempre como vía y vehículo, prestos a iniciar una y mil revoluciones sólo para pedir por nosotros y por los que son como nosotros, por los oprimidos y los torturados que se han caído del discurso y se han quedado sin voz. Es la misión de los que quedamos de este lado, de los que todavía podemos, ser la conciencia de un colectivo al que representamos aunque desconozcamos y nunca negarnos la chance de gritar, de decir lo que sentimos y decirlo de frente, sin temor ni vergüenza ni nada más que ansias de salir de una situación que no es la que merecemos ninguno de los que estamos aquí. Toma mucho coraje ser cabeza de lanza de una revolución, ser su cara visible, pero hay algunos (como los dos muchachos cuya engayolada figura ilustra estas palabras) que no le escaparon al desafío sino que lo abrazaron casi como si de una cuestión identitaria se tratara, como si hubiesen estado preparándose para ello toda su vida, con la mente bien fija en hacer carne en sus palabras el sentimiento de todo un pueblo que las espera como un faro, como una señal que indica hacia dónde caminar y por qué luchar. Esos son, efectivamente, los imprescindibles para la vida; pero claro está, los hay pocos, poquísimos y muchas veces incluso no tienen la posibilidad de demostrar sus capacidades, subyugados como están por una opresiva trama social que persigue a los distintos para transformarlos en símiles como lo hace con todos nosotros. Tan aciago panorama, empero, no hace a que estos revolucionarios, estos líderes, no aparezcan de tanto en tanto para agitar el avispero y hacernos dar cuenta de la necesidad de un cambio. Es cuestión nuestra, en tal sentido, comprender nosotros también que esa voz que se alza dice algo realmente importante y escucharla, y seguirla, y ayudarla. No sabemos cuándo esto volverá a ocurrir, pero sí sabemos que en términos musicales pasó más de una vez. Este es uno de sus más cabales ejemplos.

Corría 1987. Un grupo de jóvenes que se habían llamado a sí mismos con el sugestivo y poderoso nombre de Public Enemy había editado hacía unos pocos meses su provocativo álbum debut, Yo! Bum Rush The Show, por el insigne sello neoyorkino Def Jam, propiedad del no menos importante productor Rick Rubin. Había sido el propio Rubin el que reconoció la capacidad del MC (rapero, bah) principal del grupo, Chuck D (conocido en círculos familiares como Carlton Douglas Ridenhour) de catalizar en sus rimas la rispidez musical de los beats entrecortados de Run-D.M.C. añadiéndoles un porcentaje interesante de comentario social, una despiadada crítica al estado de las cosas en la tierra de los libres y hogar de los valientes de la época y, sobre todo, una reivindicación a la identidad negra que hizo que Rubin recordara en Chuck D a todos aquellos quijotes musicales de finales de los ‘60 y de la década siguiente, esos que a través del soul y el funk le demostraron a un pueblo dormido que no sólo no eran inferiores a sus pares blancos sino que además tenían mucho más groove. Cuando Rubin se acercó con la intención de firmar a Chuck D a partir de su demo “Public Enemy Number One” -de allí el nombre del grupo, sí- este le sugirió como su ladero a quien venía siendo compañero de afiebradas noches de micrófono abierto en los clubes nocturnos de la comunidad, un estrambótico petiso al que llamaban Flavor Flav (William Jonathan Drayton Jr. según el DNI) y que, a diferencia de D, no hacía tan clara referencia en sus rapeos a las situaciones sociales sino que improvisaba líneas que puntuaban las aventuras de Chuck con un estilo surrealista, altamente improvisado y tan gracioso como central para la propuesta que desarrollarían a posteriori. Desde el lado del negocio, quienes empezaban a manejar el concepto de este grupo en ciernes -duro, de implicancia social, oscuro, poderoso, veloz y ríspido- eligieron juntar a estos dos MCs tan complementarios entre sí con un equipo de producción también joven y que se caracterizaba justamente por estar buscando una renovación para el concepto de negritud en la música contemporánea, un lugar por donde toda esa expresión pudiera ser liberada en formas que no aludieran ya tan directamente a convencionalismos adquiridos como los que empezaban a ser la norma del hip-hop en aquellos tiempos. El grupo se hacía llamar a sí mismo The Bomb Squad, y estaba compuesto por un trío de muchachos que ya habían trabajado con Chuck y Flavor antes siquiera de que Public Enemy estuviera en pañales: los hermanos Hank y Keith Shocklee y Eric Vietnam Sadler. Con estas tres adiciones más la aparición de último momento -pero fundamental- del DJ Terminator X (Norman Rogers dice el registro) quedó conformado Public Enemy, un grupo tan provocador como activo cuyas primeras mellas fueron hechas como teloneros de los Beastie Boys en la gira de Licensed To Ill. Allí, el polémico estilo escénico de la banda (que incluía gente vestida como milicianos, apelaciones constantes a la revolución y discursos encendidos a favor de la identidad afroamericana como principio vital del mundo) fue una verdadera revelación para un público impreparado para ella como eran los blanquitos que iban a ver a los Beasties. Sin embargo, el primer objetivo ya estaba logrado: se había sacado el mensaje ahí afuera, se había hecho conocer a Public Enemy, se estaba un paso más cerca de la revolución. En este sentido Yo! Bum Rush The Show, su primera colección de canciones, sería un paso importante -aunque no definitivo- en pos de lograr salir a la luz en un mercado que increíblemente parecía estar esperando una voz así desde tiempos inmemoriales, como quien aguarda por esa revelación que le muestre que las cosas pueden ser de otro modo, que no todo tiene que adherir a la convención directa del sampleo torpe y las canciones sin demasiado significado. Public Enemy vino a dotar nuevamente de realidad lo que estaba farandulizándose, perdiendo su identidad en la medida en que había sido fagocitado por el mismo sistema al que había nacido respondiendo y detestando; fenómeno que siempre ocurre con lo diferente pero que Chuck y Flavor sabían que no podía pasar con el hip-hop en tanto vehículo de la subversión, de la novedad, de lo que se estaba por venir. Y lo que se estaba por venir, queridos, era una verdadera explosión. Armados del suceso de Yo! Bum Rush The Show, un considerable suceso comercial devenido en este caso de una primera y privilegiada acogida por parte de los críticos de la época (son memorables las palabras de Simon Reynolds que en el ‘87 dijo sobre ellos que eran una banda de rock superlativa), los muchachos supieron que era momento de transformarse en eso que siempre se les había sugerido: en voceros de su generación. Sabían que ese mensaje que le llevaban a la gente era uno importante para ellos. Sabían que eran escuchados, idolatrados incluso. Sabían que tenían el talento para hacer una verdadera mella en el mundo de la música. Lo que no sabían, seguramente, es que lo que hicieron más que mella fue un cráter, y más que en el mundo fue en la historia de la música popular. El 14 de abril de 1988, tras casi un año de trabajo (que había empezado justo cuando terminaron las sesiones de su disco anterior), Public Enemy finalmente lanzaba al mercado su explosivo, demencial segundo álbum llamado con el para nada provocativo (?) nombre de It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back y que ya desde su para nada incendiaria (?) imagen de portada, donde veíamos a Chuck D y Flavor Flav tras las rejas con expresión desafiante, intentaba prevenirnos de lo que iba a venir. Nada podría prevenirnos, de todos modos, de semejante vendaval, de tremendo estallido, de un corte tan abrupto en la tradición que inició una nueva tradición en sí misma. Los beats eran entrecortados, disonantes, chirriantes casi, y eran escupidos a una velocidad inhumana, explotando por aquí y allá en tiradas que recuerdan más al free jazz que al hip-hop de aquellos tiempos. Las letras, ah, las letras. Preparándonos para la revolución estaba el maestro Chuck D con sus alegatos incendiarios a favor de la identidad afroamericana y de la revuelta explícita (“Louder Than A Bomb”) y atravesando sus denodados esfuerzos aparecía el loquillo Flavor Flav que distendía el ambiente pero también nos enfrentaba a versos con varias lecturas, rebosantes de sentido, en una poesía que nunca nadie podrá saber si es intencional o si sólo le sale así del alma, pero de nuevo, eso tampoco importa demasiado. It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back es un álbum intenso y extenso, pero necesario. Hace falta escuchar todo lo que este grupo de terroristas del sonido y la palabra tiene para decirnos pues son sus febriles alegatos reflejos de una parte de la sociedad que siempre se sentirá oprimida por quien antes los esclavizaba y ahora sólo los uniformiza, los convierte en inferiores. Public Enemy busca convencer a su gente de que no sólo no son inferiores, sino que también pueden pelear.

Guarda cuando tengan ganas de hacerlo.

#yobrotha