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esos discos que me salvaron la vida.

Café TacvbaMTV Unplugged [En Vivo]Warner, 2005 [1995]320 kbps. | 123 (!) MB aprox.

Promediando la semana, estamos en condiciones de afirmar que regresaremos sobre nuestros pasos a un movimiento respecto al que hablamos alguna que otra cosa hace un buen tiempo, pero sobre el que no hemos hablado desde entonces, y miren que pasó un buen tiempo. Pero siempre está bueno, en este eterno devenir que resultan los posts que compartimos con ustedes en este humilde espacio, regresar sobre algunas temáticas para seguir exponiendo quienes son unas de sus luminarias más notorias, sobre todo si la omisión resulta tan flagrante como la que hemos acometido en esta ocasión, retardando la aparición en nuestras páginas de la que es una de las bandas más originales y brillantes que hayan aparecido en la América Latina de los años ‘90. Justamente hacia allí es hacia donde volveremos, hacia esos años dorados donde el peso le empataba al dólar e iban a gol de oro (?) y el mundo parecía ser un lugar mucho más agradable y frívolo, sensación que a posteriori determinaría que la crisis que se vivió a escala mundial -especialmente sentida en Latinoamérica- como resultado de la caída del liberalismo, ese engaño yanqui al que fuimos sometidos y pensamos que era nuestra liberación, fuese cruenta y se llevase consigo mucha de esa inocencia, de ese sentido de la diversión que se vivía entonces, cuando parecía que todo iba a estar bien. Por suerte, aún dentro de esa mentalidad naïf, había tendencias que nos decían que quizás las cosas no estaban del todo bien, y que hacía falta mirar bien hacia adentro de las sociedades para descubrir sus conflictos, la marginalidad, la creciente pobreza y las situaciones de violencia (real y psicológica) que aquello desataba. Pasa que lo decían, estas cabezas, con un énfasis especial en una música que fuese justamente por el otro lado, por el más festivo y, si cabe, bailable, entonces el mensaje parecía diluirse. Pero, amigos, basta con volver sobre esas canciones para descubrir que el mensaje estaba ahí, listo para ser escuchado, aún en una época donde no era para nada popular la protesta sino que primaba el consumo, esa diosa engañosa que nos hace tener para no tener, desear para no pensar y comprar para no vivir. Con ese eje fue que vivimos engañados muchos años, mientras el pulso de lo que nos rodeaba era bien distinto. Piensa quien escribe estas líneas que uno de los aportes más auténticamente valiosos de aquel movimiento de espontánea formación en la nefasta década del ‘90 de nuestra Latinoamérica y que la prensa especializada (siempre brillante) dio en llamar alterlatino es justamente esa mentalidad en la que lo que se descubre es una profunda conciencia social, una visión de época que abandona el letargo mental al que nos sometía el liberalismo para ver más allá, para inmiscuirse -como lo debe hacer la buena música, como lo debe hacer el buen arte- en el corazón de una cultura, de una sociedad y descubrir y denunciar sus inequidades, su sufrimiento, aquello que de verdad estaba pasando pero que la oleada importadora y el dulce dólar ocultaban tras un velo de falsedad que acabó cayendo cual casa hecha de naipes. Probablemente, empero, este enfoque tan saludable (y al que tanto le debemos en términos de mentalidad superadora, piensen si no cuántas músicas se nutrieron de lo que dibujaron estos noventosos locos, cuántos himnos se desprenden de estos años) haya sido y sea virtualmente ignorado cuando se hace un repaso de las bandas y los álbumes que la movida prohijó, pues quien de esto habla se concentra más, como dijimos, en el aspecto musical, una variante sutilmente engañosa: al basarse fundamentalmente (y esto también habla de la visión de época de sus exponentes más cabales) en aquellas músicas catalogadas dentro de los folklores de cada pueblo, se lograba una propuesta festiva, danzante, incluso alegre. Pero tal como se estila, también, en la música de nuestra tierra, aquello que se decía lejos estaba de incitar al festejo, más bien inclinándose hacia la expiación de una tristeza fundamental, aquella de ya no ser pero deber continuar viviendo en una sociedad donde no había lugar para quienes alguna vez habían sido los reyes de la tierra. Mucho le deben los movimientos indigenistas y autóctonos a quienes, a través de sus canciones, hablaron de su sufrimiento en una época donde la visibilidad de esta problemática era virtualmente nula, y eso también es una diana que raras veces se le exhibe al movimiento del rock latinoamericano de los años ‘90, al que uno comprende que se vea con cierto recelo dada su alta dosis de santaolallismo (y las consecuencias que esto trajo a futuro para el resto de la música salida de los países de la baja América) pero que es muchísimo más profundo y significativo que aquello que pudo haber aportado a la mezcla el dos veces ganador del Oscar, a quien puede arrogársele el mérito -para nada despreciable- de haber sintetizado los elementos del sonido latino, es decir, aquello que latía dentro de una licuadora de nacionalidades, ritmos y vivencias, y haberlo puesto al servicio de las músicas que allí se produjeron, con un oído privilegiado y, encima, muy rendidor. Así que ni por eso se le puede caer al bueno de Gustavo, un tipo al que ustedes saben que sería un placer enorme caerle y que le hemos caído cuando lo ha merecido (?), pues la música que contribuyó a popularizar sigue viva y saludable aún hoy, años después, cuando ponemos alguno de los álbumes cuya producción manejó y nos dejamos envolver en una propuesta que tiene tanto de autóctona como de moderna, de novedosa como de profundamente enraizada en una tradición a la que contribuye y actualiza a la vez que toma sus elementos más constitutivos para hacerlo, eternizando su cabal influencia en el proceso. Hoy descubriremos, en un post largamente demorado, a una de las bandas que mejor sintetiza todos estos elementos y que es, a su vez, tal vez la mejor de todas las que hayan surgido durante la oleada -promovida también, como alguna vez dijimos, por la MTV- latinoamericanista de los años ‘90 no sólo por su música sino por su influencia y su propuesta siempre cambiante pero también siempre auténtica y visceral. Tanto como el álbum que compartiremos hoy con ustedes, y que servirá como botón de muestra de aquel fenómeno que una vez supieron ser y que a su vez no es el que son hoy, porque siempre están mutando.
Hablamos, claro, de los Café Tacuba, como bien puede verse en la imagen que acompaña estas palabras. Bueno, en la imagen dice literalmente -y así lo citamos- Café Tacvba, que es la grafía que eligieron para evitarse conflictos con el añoso sitio en torno al que basaron su nombre, ubicado en el centro histórico del Distrito Federal mexicano, en la calle (justamente) Tacuba 28. He allí la primigenia demostración del eje historicista y tradicionalista que los Café Tacuba han elegido para que los rija desde su aparición: imagínense nomás que una de las bandas más populares de nuestro país, exitosa además internacionalmente, se llamara Café Tortoni. No es este un hecho trivial, aunque pueda parecerlo: llevar aquel nombre tan relacionado a una patria y a una tradición por los escenarios del mundo, hacerlo bandera, erigirlo en representatividad, habla de un profundo amor por el país en el que uno ha tenido la suerte de nacer; amor no del chauvinista y vacío sino más bien del que disfruta de sus tradiciones y las defiende a ultranza, tanto como para llevarlas por todo el planeta como si de un tatuaje se tratara. Pese a llamarse como un bar de la capital saltamuros mexicana, los muchachos lejos estuvieron de formarse en aquella ciudad tan céntrica y conocida para quienes no cruzamos la frontera (?). Su aparición para el mundo se dio en la estrambótica -empezando por su nombre- Ciudad Satélite del municipio de Naucalpan, en el estado de México. Ciudad Satélite es una especie de establecimiento residencial que comenzó a construirse en los años ‘50 para albergar a familias trabajadoras en un ámbito en el que las casas pudieran estar rodeadas de espacios verdes, bonita traza que en su momento representó toda una revolución arquitectónica, pues no se tenían registros de un proyecto semejante en Latinoamérica. Sin embargo, este plan maestro no pudo llevarse a cabo pues el gobernador del estado Gustavo Baz Brada eligió vender los lotes destinados a parques para que familias de clase alta pudieran armarse sus chalecitos. Ahí tenés el contexto en el que nacieron los Café Tacuba, confundidos hijos de clase obrera rodeados del lujo al que no pudieron acceder y que, además, les quitó la posibilidad de ver belleza y respirar aire puro. Con estas contradicciones, era natural que abrazaran la causa tradicional e indigenista de su país, y así fue. Ya en su primer y seminal álbum, un autotitulado editado en 1992 por Warner (en la época en que las discográficas apostaban a proyectos nuevos y no a viejos carcamanes) elegían, a través de recordadas composiciones como “María”, “Pinche Juan”, “Las Batallas” (basado en un bellísimo libro de José Pacheco llamado Las Batallas En El Desierto), “Labios Jaguar” y “La Chica Banda” -tal vez la más recordada de todas las canciones de este debut- contar en formato musical los conflictos de las clases trabajadoras, los indígenas y los mestizos de México que, por supuesto, son quienes más postergados están por las clases políticas y por quienes detentan el poder económico de una sociedad polarizada y compleja que olvida sus raíces, más enfocada en una suerte de mutación que busca acercarse a la cultura de sus vecinos del Norte. Este primer disco fue producido por el propio Santaolalla del que hablábamos más arriba, tipo que vio el potencial de los Café Tacuba desde que eran apenas una banda muy pequeña y supo que ahí había algo que podía estallar si se le ponía el énfasis adecuado a esa música tan sutil, tan sencilla pero a su vez tan significativa, tan poderosa y plagada de sentidos. El argentino acompañó el devenir de los espalda mojada (?) durante sus primeros años, embebiéndolos en su particular criterio estético para dotarlos de un sonido poco visto hasta entonces, que combinaba con sutileza al folklore mexicano y todos sus significantes con una música que podría ser caracterizada como acústica pero cuya fuerza no permitía una categorización tan vacía y estricta. Todo lo que no pudieron mostrar en Café Tacuba por ser apenas una banda debutante lo explotarían dos años después, cuando ya aplomados por un suceso que los sorprendió pero terminó por definirlos dieron luz a un ambicioso proyecto al que llamaron, apenas, Re. Nuevamente bajo la batuta de Santaolalla, los Café Tacuba presentaron un álbum que constaba nada menos que de veinte canciones que iban del bolero al funk y del metal a las rancheras con una elasticidad tan llamativa como atrayente, que se inscribía en el concepto a partir del cual nació este álbum: el reconocimiento de las diferencias culturales, que en su país eran muchísimas y polarizaban a las sociedades, a través de la cualidad cíclica y ecléctica del sonido, que puede ser muchas cosas a la vez pero que nunca deja de ser una sola: música, bella e intrigante música. Re fue la consagración definitiva de los Café Tacuba, y en buena hora. Está plagado de buenas canciones (“El Aparato”, “La Ingrata”, “El Ciclón”, “Las Flores”, la muy significativa “Esa Noche”) y también acarrea un concepto cuya validez puede extenderse a todas las sociedades aún hoy, cuando parece que ante la globalización reaccionáramos con indiferencia frente a lo distinto pero la realidad es que esa indiferencia también es rechazo, es falta de aceptación, falsa tolerancia. Menuda lección nos daban estos muchachos entonces, mixturando canción a canción sus influencias como si de una enorme olla popular se tratara y configurando en el proceso uno de los mejores álbumes de la historia del rock en español. Sí, tanto así, carajo (?). Metidos ya hasta la médula en el mainstream, en 1995 fueron invitados por MTV para grabar uno de sus tradicionales conciertos acústicos, esos que se llamaban unplugged y hace rato ya dejaron de usarse. Se fueron hacia Miami y en una noche grabaron un concierto sensacional, en el que combinan canciones de sus dos primeros álbumes (con énfasis en Re, por supuesto) con magistralidad y frescura, en una atmósfera celebratoria que no logra, empero, esconder el verdadero significado de todo cuanto allí se canta y que, para cuando termina “Las Flores” con el recitado de “La Huasanga” que entonan Rubén Albarrán y el violinista y gordo (?) Alejandro Flores casi que mueve a lágrimas, amigos. Lanzado recién una década después, en 2005, este MTV Unplugged todavía hoy transmite íntegra e impertérrita toda la belleza de una banda única, maravillosa y que tenemos que agradecer que exista mientras nosotros también devenimos.
Nunca es tarde para celebrarlo, queridos. Los invito a hacerlo juntos.

Café Tacvba
MTV Unplugged [En Vivo]
Warner, 2005 [1995]
320 kbps. | 123 (!) MB aprox.

Promediando la semana, estamos en condiciones de afirmar que regresaremos sobre nuestros pasos a un movimiento respecto al que hablamos alguna que otra cosa hace un buen tiempo, pero sobre el que no hemos hablado desde entonces, y miren que pasó un buen tiempo. Pero siempre está bueno, en este eterno devenir que resultan los posts que compartimos con ustedes en este humilde espacio, regresar sobre algunas temáticas para seguir exponiendo quienes son unas de sus luminarias más notorias, sobre todo si la omisión resulta tan flagrante como la que hemos acometido en esta ocasión, retardando la aparición en nuestras páginas de la que es una de las bandas más originales y brillantes que hayan aparecido en la América Latina de los años ‘90. Justamente hacia allí es hacia donde volveremos, hacia esos años dorados donde el peso le empataba al dólar e iban a gol de oro (?) y el mundo parecía ser un lugar mucho más agradable y frívolo, sensación que a posteriori determinaría que la crisis que se vivió a escala mundial -especialmente sentida en Latinoamérica- como resultado de la caída del liberalismo, ese engaño yanqui al que fuimos sometidos y pensamos que era nuestra liberación, fuese cruenta y se llevase consigo mucha de esa inocencia, de ese sentido de la diversión que se vivía entonces, cuando parecía que todo iba a estar bien. Por suerte, aún dentro de esa mentalidad naïf, había tendencias que nos decían que quizás las cosas no estaban del todo bien, y que hacía falta mirar bien hacia adentro de las sociedades para descubrir sus conflictos, la marginalidad, la creciente pobreza y las situaciones de violencia (real y psicológica) que aquello desataba. Pasa que lo decían, estas cabezas, con un énfasis especial en una música que fuese justamente por el otro lado, por el más festivo y, si cabe, bailable, entonces el mensaje parecía diluirse. Pero, amigos, basta con volver sobre esas canciones para descubrir que el mensaje estaba ahí, listo para ser escuchado, aún en una época donde no era para nada popular la protesta sino que primaba el consumo, esa diosa engañosa que nos hace tener para no tener, desear para no pensar y comprar para no vivir. Con ese eje fue que vivimos engañados muchos años, mientras el pulso de lo que nos rodeaba era bien distinto. Piensa quien escribe estas líneas que uno de los aportes más auténticamente valiosos de aquel movimiento de espontánea formación en la nefasta década del ‘90 de nuestra Latinoamérica y que la prensa especializada (siempre brillante) dio en llamar alterlatino es justamente esa mentalidad en la que lo que se descubre es una profunda conciencia social, una visión de época que abandona el letargo mental al que nos sometía el liberalismo para ver más allá, para inmiscuirse -como lo debe hacer la buena música, como lo debe hacer el buen arte- en el corazón de una cultura, de una sociedad y descubrir y denunciar sus inequidades, su sufrimiento, aquello que de verdad estaba pasando pero que la oleada importadora y el dulce dólar ocultaban tras un velo de falsedad que acabó cayendo cual casa hecha de naipes. Probablemente, empero, este enfoque tan saludable (y al que tanto le debemos en términos de mentalidad superadora, piensen si no cuántas músicas se nutrieron de lo que dibujaron estos noventosos locos, cuántos himnos se desprenden de estos años) haya sido y sea virtualmente ignorado cuando se hace un repaso de las bandas y los álbumes que la movida prohijó, pues quien de esto habla se concentra más, como dijimos, en el aspecto musical, una variante sutilmente engañosa: al basarse fundamentalmente (y esto también habla de la visión de época de sus exponentes más cabales) en aquellas músicas catalogadas dentro de los folklores de cada pueblo, se lograba una propuesta festiva, danzante, incluso alegre. Pero tal como se estila, también, en la música de nuestra tierra, aquello que se decía lejos estaba de incitar al festejo, más bien inclinándose hacia la expiación de una tristeza fundamental, aquella de ya no ser pero deber continuar viviendo en una sociedad donde no había lugar para quienes alguna vez habían sido los reyes de la tierra. Mucho le deben los movimientos indigenistas y autóctonos a quienes, a través de sus canciones, hablaron de su sufrimiento en una época donde la visibilidad de esta problemática era virtualmente nula, y eso también es una diana que raras veces se le exhibe al movimiento del rock latinoamericano de los años ‘90, al que uno comprende que se vea con cierto recelo dada su alta dosis de santaolallismo (y las consecuencias que esto trajo a futuro para el resto de la música salida de los países de la baja América) pero que es muchísimo más profundo y significativo que aquello que pudo haber aportado a la mezcla el dos veces ganador del Oscar, a quien puede arrogársele el mérito -para nada despreciable- de haber sintetizado los elementos del sonido latino, es decir, aquello que latía dentro de una licuadora de nacionalidades, ritmos y vivencias, y haberlo puesto al servicio de las músicas que allí se produjeron, con un oído privilegiado y, encima, muy rendidor. Así que ni por eso se le puede caer al bueno de Gustavo, un tipo al que ustedes saben que sería un placer enorme caerle y que le hemos caído cuando lo ha merecido (?), pues la música que contribuyó a popularizar sigue viva y saludable aún hoy, años después, cuando ponemos alguno de los álbumes cuya producción manejó y nos dejamos envolver en una propuesta que tiene tanto de autóctona como de moderna, de novedosa como de profundamente enraizada en una tradición a la que contribuye y actualiza a la vez que toma sus elementos más constitutivos para hacerlo, eternizando su cabal influencia en el proceso. Hoy descubriremos, en un post largamente demorado, a una de las bandas que mejor sintetiza todos estos elementos y que es, a su vez, tal vez la mejor de todas las que hayan surgido durante la oleada -promovida también, como alguna vez dijimos, por la MTV- latinoamericanista de los años ‘90 no sólo por su música sino por su influencia y su propuesta siempre cambiante pero también siempre auténtica y visceral. Tanto como el álbum que compartiremos hoy con ustedes, y que servirá como botón de muestra de aquel fenómeno que una vez supieron ser y que a su vez no es el que son hoy, porque siempre están mutando.

Hablamos, claro, de los Café Tacuba, como bien puede verse en la imagen que acompaña estas palabras. Bueno, en la imagen dice literalmente -y así lo citamos- Café Tacvba, que es la grafía que eligieron para evitarse conflictos con el añoso sitio en torno al que basaron su nombre, ubicado en el centro histórico del Distrito Federal mexicano, en la calle (justamente) Tacuba 28. He allí la primigenia demostración del eje historicista y tradicionalista que los Café Tacuba han elegido para que los rija desde su aparición: imagínense nomás que una de las bandas más populares de nuestro país, exitosa además internacionalmente, se llamara Café Tortoni. No es este un hecho trivial, aunque pueda parecerlo: llevar aquel nombre tan relacionado a una patria y a una tradición por los escenarios del mundo, hacerlo bandera, erigirlo en representatividad, habla de un profundo amor por el país en el que uno ha tenido la suerte de nacer; amor no del chauvinista y vacío sino más bien del que disfruta de sus tradiciones y las defiende a ultranza, tanto como para llevarlas por todo el planeta como si de un tatuaje se tratara. Pese a llamarse como un bar de la capital saltamuros mexicana, los muchachos lejos estuvieron de formarse en aquella ciudad tan céntrica y conocida para quienes no cruzamos la frontera (?). Su aparición para el mundo se dio en la estrambótica -empezando por su nombre- Ciudad Satélite del municipio de Naucalpan, en el estado de México. Ciudad Satélite es una especie de establecimiento residencial que comenzó a construirse en los años ‘50 para albergar a familias trabajadoras en un ámbito en el que las casas pudieran estar rodeadas de espacios verdes, bonita traza que en su momento representó toda una revolución arquitectónica, pues no se tenían registros de un proyecto semejante en Latinoamérica. Sin embargo, este plan maestro no pudo llevarse a cabo pues el gobernador del estado Gustavo Baz Brada eligió vender los lotes destinados a parques para que familias de clase alta pudieran armarse sus chalecitos. Ahí tenés el contexto en el que nacieron los Café Tacuba, confundidos hijos de clase obrera rodeados del lujo al que no pudieron acceder y que, además, les quitó la posibilidad de ver belleza y respirar aire puro. Con estas contradicciones, era natural que abrazaran la causa tradicional e indigenista de su país, y así fue. Ya en su primer y seminal álbum, un autotitulado editado en 1992 por Warner (en la época en que las discográficas apostaban a proyectos nuevos y no a viejos carcamanes) elegían, a través de recordadas composiciones como “María”, “Pinche Juan”, “Las Batallas” (basado en un bellísimo libro de José Pacheco llamado Las Batallas En El Desierto), “Labios Jaguar” y “La Chica Banda” -tal vez la más recordada de todas las canciones de este debut- contar en formato musical los conflictos de las clases trabajadoras, los indígenas y los mestizos de México que, por supuesto, son quienes más postergados están por las clases políticas y por quienes detentan el poder económico de una sociedad polarizada y compleja que olvida sus raíces, más enfocada en una suerte de mutación que busca acercarse a la cultura de sus vecinos del Norte. Este primer disco fue producido por el propio Santaolalla del que hablábamos más arriba, tipo que vio el potencial de los Café Tacuba desde que eran apenas una banda muy pequeña y supo que ahí había algo que podía estallar si se le ponía el énfasis adecuado a esa música tan sutil, tan sencilla pero a su vez tan significativa, tan poderosa y plagada de sentidos. El argentino acompañó el devenir de los espalda mojada (?) durante sus primeros años, embebiéndolos en su particular criterio estético para dotarlos de un sonido poco visto hasta entonces, que combinaba con sutileza al folklore mexicano y todos sus significantes con una música que podría ser caracterizada como acústica pero cuya fuerza no permitía una categorización tan vacía y estricta. Todo lo que no pudieron mostrar en Café Tacuba por ser apenas una banda debutante lo explotarían dos años después, cuando ya aplomados por un suceso que los sorprendió pero terminó por definirlos dieron luz a un ambicioso proyecto al que llamaron, apenas, Re. Nuevamente bajo la batuta de Santaolalla, los Café Tacuba presentaron un álbum que constaba nada menos que de veinte canciones que iban del bolero al funk y del metal a las rancheras con una elasticidad tan llamativa como atrayente, que se inscribía en el concepto a partir del cual nació este álbum: el reconocimiento de las diferencias culturales, que en su país eran muchísimas y polarizaban a las sociedades, a través de la cualidad cíclica y ecléctica del sonido, que puede ser muchas cosas a la vez pero que nunca deja de ser una sola: música, bella e intrigante música. Re fue la consagración definitiva de los Café Tacuba, y en buena hora. Está plagado de buenas canciones (“El Aparato”, “La Ingrata”, “El Ciclón”, “Las Flores”, la muy significativa “Esa Noche”) y también acarrea un concepto cuya validez puede extenderse a todas las sociedades aún hoy, cuando parece que ante la globalización reaccionáramos con indiferencia frente a lo distinto pero la realidad es que esa indiferencia también es rechazo, es falta de aceptación, falsa tolerancia. Menuda lección nos daban estos muchachos entonces, mixturando canción a canción sus influencias como si de una enorme olla popular se tratara y configurando en el proceso uno de los mejores álbumes de la historia del rock en español. Sí, tanto así, carajo (?). Metidos ya hasta la médula en el mainstream, en 1995 fueron invitados por MTV para grabar uno de sus tradicionales conciertos acústicos, esos que se llamaban unplugged y hace rato ya dejaron de usarse. Se fueron hacia Miami y en una noche grabaron un concierto sensacional, en el que combinan canciones de sus dos primeros álbumes (con énfasis en Re, por supuesto) con magistralidad y frescura, en una atmósfera celebratoria que no logra, empero, esconder el verdadero significado de todo cuanto allí se canta y que, para cuando termina “Las Flores” con el recitado de “La Huasanga” que entonan Rubén Albarrán y el violinista y gordo (?) Alejandro Flores casi que mueve a lágrimas, amigos. Lanzado recién una década después, en 2005, este MTV Unplugged todavía hoy transmite íntegra e impertérrita toda la belleza de una banda única, maravillosa y que tenemos que agradecer que exista mientras nosotros también devenimos.

Nunca es tarde para celebrarlo, queridos. Los invito a hacerlo juntos.


James Skelly & The IntendersLove UndercoverSkeleton Key Records, 2013320 kbps. | 90 MB aprox.

Mientras una nueva semana comienza, aquí en este siempre humilde y trabajador espacio seguimos intentando brindarles a ustedes uno de los muchos aspectos que puede llegar a tener este oficio hermoso que es el compartir algo de la maravillosa música que anda dando vueltas por allí y que nosotros, como abnegados obreros que somos, gustamos de facilitarles para que comience aquel fenómeno tan bello que es el de la expansión, el de la continuidad del hecho de socializar estas melodías y, por ende (esperamos, al menos), también el de su eternización -tan humilde como el propósito mismo de este blog- en sus oídos y en sus mentes. Desde acá siempre tenemos el mismo fin, amigos, lo saben bien ustedes: nos gusta un artista, un álbum, un movimiento y lo único que hacemos es facilitárselo a ustedes para que nos cuenten también qué onda, qué sienten, qué les pareció. Para que lo disfruten, quizás, tanto como nosotros. Para hacerlo, empero, con la regularidad con que emprendemos esta misión, saben ustedes -porque lo hemos hablado en estas mismísimas líneas más de una vez- necesitamos, cada tanto, reforzar la idea de cambiar permanentemente de aires, de frentes, de modificar de tanto en tanto nuestro enfoque para encontrarnos con una de tantas maneras de hacer música (o de escribir, de compartir) para no caer en la espantosa e indeseable rutina, esa que transforma todo cuanto pueda considerarse divertido, entretenido o apasionante en una carga, en algo aburrido, pedestre, innecesario. Así es, queridos. Imagínense ustedes enfrentarse a la tabula rasa diariamente y tener que hacerlo con la esperanza siempre latente de que lo que salga de sus mentes y sus dedos sea algo distinto, diferente, que no sólo incite a que escuchen la música aquí compartida sino a que lean estas palabras que tan abnegadamente se componen como compañía para aquellas melodías. Si no se aplica de forma habitual un cambio de paradigma, dicha misión se torna compleja, por no decir virtualmente imposible. Se cae en las mismas fórmulas, maneras idénticas, se aburre al lector y, claro, también se aburre uno, como no puede ser de otro modo. Así que lo que hay que hacer no sólo es buscar buenas historias por contar, sino también buenas maneras de contarlas semana a semana, de compartirlas con ustedes, buenas formas para que disfruten siempre de la idea primal de este espacio que es, claro está, compartir música. A tales fines es que hoy nos tornamos hacia un camino que no recorremos con mucha asiduidad, pero cuando lo hacemos, ojo al piojo (?). Bien sabido es que por acá lo que nos gusta mucho es el historicismo, es decir, plantear un relato en el que se haga hincapié en las épocas y las sociedades que dieron lugar a ciertas expresiones para luego insertar dichas músicas en su contexto histórico, ejercicio este que termina por conformar una línea temporal -desplegada a lo largo de varios posts- en los que se desgrana una explicación relativamente detallada de todo cuanto ocurría a nivel social y artístico en un momento particular de la historia, fenómenos (lo social y lo artístico) de los que la música suele ser hija por partes iguales. Se trata, indudablemente, de uno de los rasgos distintivos de nuestro blog, de lo que -intentamos al menos- nos hace diferentes: esa búsqueda a través de los tiempos, los que sazonamos con la música que han producido en la esperanza de hallar cierta comprensión respecto a las motivaciones que las personas y los artistas tenían para vivir y hacer lo suyo, así como también una explicación de las revoluciones que se dieron en determinados tiempos, sus porqués y sus consecuencias. Esto, sin embargo, termina por jugarnos en contra en un momento específico. Sabido es que si uno puede ir por el lado de lo histórico, es porque la historia misma ya ha sido sometida al tamiz del mismo paso del tiempo que la hizo existir, y es esa comprensión lo que nos lleva a poder reconstruir con mayor fidelidad cuanto ocurrió en momentos determinados, pues existen muchas explicaciones (a veces divergentes, en otras coincidentes) que buscan desentrañar lo mismo que nosotros y es de allí de donde puede partirse para efectuar un análisis, entrecruzando pareceres, combinando teorías. Es parte integral, esa, del placer de la historia: poder interpretarla, descularla, buscarle un sentido, como si de un juego se tratara, de una aventura; integrarse en la mentalidad de una época a partir de los retratos que de ella nos han llegado y, no es poco, de la música que ha producido el periodo, que también podría considerarse como un documento histórico de gran importancia dado que transmite muchísimas inquietudes, emociones y obsesiones de aquel tiempo histórico. Huelga decir, entonces, que con la actualidad, con el presente -el momento en que estás (?)- esto no suele pasar. Allí es donde el historicismo debe sucumbir a la visión de época, a una percepción todavía más compleja que es la del propio autor respecto a su tiempo, que aún no ha sido objeto de curiosidad y, por tanto, se antoja tanto más complejo que la historia que ya ha sido contada tantas veces. ¿Por qué será que nadie se anima a establecer teorías fidedignas respecto a las motivaciones del hombre moderno? ¿Es realmente tan complejo pensar en qué nos moviliza, que nos hace ir para adelante, cuáles son las razones para nuestras vidas? ¿O es sólo la inexistencia casi absoluta de revoluciones como las que hemos relatado lo que no nos hace interesantes en la línea temporal y nos transforma inmediatamente en innecesarios? Fíjense ustedes, apenas hemos sugerido algo respecto a nuestros días y ya surgen, de aquella mención, una cantidad de preguntas de difícil respuesta que expresan que hoy en día la obsesión está puesta en otro lado. La esperanza es que el paso del tiempo traiga también una comprensión de nuestros días, pero la realidad es que lo que intentamos hacer todo el tiempo no es entender lo que estamos viviendo (pues se trata de un tiempo difícil, confuso) sino simplemente vivirlo, intentar salir lo más indemnes que sea posible de un momento histórico complejo, dificultoso y despiadado.
Por acá, claro, no pretenderemos ser la excepción a esa regla. No vamos, en estas líneas, a tratar de identificar las motivaciones del hombre moderno. Se trata de una tarea muy difícil, por no decir imposible, comprender lo suficiente a nuestros pares como para intentar explicarlos, para saber qué es lo que piensan y por qué. Tal vez en un tiempo, alguien con mayores capacidades y mayor conocimiento logre interpretarnos de un modo que nos haga comprendernos, pero eso por ahora parece ser algo complicado. Más bien, desde aquí, nos seguiremos metiendo una y otra vez con una que sí creemos que es de las motivaciones más bellas que puede tener el ser humano no sólo en esta sino en todas las épocas: claro está, hablamos del arte y, más específicamente, de la música popular contemporánea que tanto amamos y a la que por estos lares le rendimos consuetudinaria pleitesía. Cuando nos metemos en el denso fárrago de los álbumes que van produciéndose y publicándose cerca de nuestros días, el enfoque -como bien decíamos en nuestra introducción- debe cambiar forzosamente. Son, claro, productos de un tiempo histórico determinado, eso es innegable. No responden, al menos a priori (quizás haya algo incubándose, no lo sabemos) a revolución alguna, a un momento en el que los cimientos se sacudan tanto que la música sea vehículo de ideas, de obsesiones, una forma de expresar todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Dicho tiempo histórico, además, es difícil de analizar cuando aún se lo está viviendo, pues la contemporaneidad no ayuda a la abstracción necesaria para emprender semejante tarea. Así que, en buena hora, al momento de hablar de los álbumes que vienen saliendo en este 2013 que estamos transitando mes a mes, se vuelve nomás a hablar de música, sólo de música, exclusivamente de música. Respiran aliviados algunos, seguramente, al constatar que por estos lares se vuelve por un momento al periodismo de rock (?). Eso sí, no respiren tan hondo que no va a durar mucho, apenas lo necesario para compartir con ustedes una de esas obras que, en la miríada de lanzamientos a la que somos sometidos semana a semana, se destaca por su belleza, por su autenticidad, por su brillantez. Es esa otra circunstancia que diferencia a la historia de la actualidad: en muchos casos los álbumes señeros, esos que hay que escuchar, ya están separados, ya nos han sido sugeridos, casi impuestos. A la hora de elegir qué escuchar de entre lo que se hace en nuestros días, empero, aquello se vuelve bastante más complicado. Nadie nos sugiere ni nos recomienda, y nos vemos envueltos en una marea de discos y artistas que no conocemos, tratando de rescatar entre el barro de la sobreinformación algo que nos resulte significativo, que nos cambie, que nos haga mejores. Compleja misión, entonces, la de pescar en ese mar. Tampoco queremos decir que seamos nosotros quienes nos volvemos faros de esa elección. Nada más alejado de aquello, de hecho, si ven nuestras páginas: difícilmente encuentren discos que sean novedades, y eso es porque a nosotros nos cuesta tanto como a ustedes hallar algo que realmente nos apasione de entre lo mucho que se produce en este periodo. No es de renegados ni mucho menos, amigos queridos, no queremos dar esa imagen. Simplemente se nos complica, y es por eso que cuando nos toca encontrar algo que sí vale la pena compartir con ustedes lo primero que hacemos es, lógicamente, correr a ponerlo en nuestras páginas para que, como ya hemos dicho, se eternice en sus mentes y se vuelva, esperamos, tan interesante para ustedes como para nosotros. Lejos de actuar de guía, nuestra función no cambia; simplemente modifica sus maneras, pero es siempre la misma. Es por eso que hoy les traemos, a los muchos que suelen reclamarnos que cambiemos un poco, que nos aggiornemos, que no seamos más viejos de alma (?) algo de lo mucho que está pasando en nuestros días. La historia de su hallazgo no es una de serendipias y buenas suertes, de todos modos. En eso les hicimos un poco de trampa (?) porque optamos por el viejo camino de los buenos conocidos, de esos en los que creemos porque entendemos que sus obras pueden ser garantía de cierta calidad, porque nos gusta lo que hacen y cómo lo hacen. En este caso volvimos hacia un grupo que nos acompañó en los albores de este blog, uno de esos que nos gustaba tanto que era imposible que no apareciera entre las primeras entradas aquí publicadas. Oriundos ellos de la península de Wirral, los piratitas de The Coral se hicieron un lugar entre las muchas bandas surgidas durante la primera mitad de la década pasada de la fuente del (horrendamente llamado) brit pop por su combinación excitante y exótica de melodías con algo de folk tradicional y, sobre todo, una actitud muy desprendida y campechana para con el arte de escribir canciones que los destacó y los puso en un sitial muy diferente al de sus coetáneos. Lamentablemente dicho sitio mucho no les sirvió en términos de popularidad, como suele sucederle a quienes se ufanan de ser diferentes. Tras unos cuantos álbumes de probadísima calidad -por aquí supimos tener su segundo y más popular disco, Magic And Medicine de 2003- los muchachos se encontraron en la siempre indeseable posición de ser una banda de las denominadas “de culto” (algo hemos hablado de ese fenómeno por aquí), sin el arraigo popular suficiente como para ser de las más reconocidas de su tierra -aunque talento les sobraba- pero a la vez poseedores de una base de público exigente, que les imponía mantener la calidad respecto a sus trabajos álbum tras álbum. Por más deseable que aquello pueda parecer, también puede resultar un peso, y posiblemente por ello es que tras su bonito Butterfly House, sexto disco, en 2010, la banda giró dos años y anunció un parate para concentrarse en proyectos personales. El que aquí les presentamos es el de su cantante, guitarrista y compositor, el muy bancable James Skelly que aparece empuñando una Rickenbacker en la horrorosa portada que acompaña este post. Grabado junto a una banda a la que denominó The Intenders (y que cuenta con Ian Skelly, Pau Duffy y Nick Power de The Coral), Love Undercover se editó hace apenas dos semanas y ya es uno de los discos más bellos del año. Nomás les pido que escuchen las tres primeras canciones, “You’ve Got It All” (coescrita con nada menos que Paul Weller), “Do It Again” y “Here For You” y se dejen conquistar por esas melodías, ese instinto cancionero, esa genialidad para comprimir en tres minutos una vida de búsqueda.
La búsqueda de la melodía perfecta.

James Skelly & The Intenders
Love Undercover
Skeleton Key Records, 2013
320 kbps. | 90 MB aprox.

Mientras una nueva semana comienza, aquí en este siempre humilde y trabajador espacio seguimos intentando brindarles a ustedes uno de los muchos aspectos que puede llegar a tener este oficio hermoso que es el compartir algo de la maravillosa música que anda dando vueltas por allí y que nosotros, como abnegados obreros que somos, gustamos de facilitarles para que comience aquel fenómeno tan bello que es el de la expansión, el de la continuidad del hecho de socializar estas melodías y, por ende (esperamos, al menos), también el de su eternización -tan humilde como el propósito mismo de este blog- en sus oídos y en sus mentes. Desde acá siempre tenemos el mismo fin, amigos, lo saben bien ustedes: nos gusta un artista, un álbum, un movimiento y lo único que hacemos es facilitárselo a ustedes para que nos cuenten también qué onda, qué sienten, qué les pareció. Para que lo disfruten, quizás, tanto como nosotros. Para hacerlo, empero, con la regularidad con que emprendemos esta misión, saben ustedes -porque lo hemos hablado en estas mismísimas líneas más de una vez- necesitamos, cada tanto, reforzar la idea de cambiar permanentemente de aires, de frentes, de modificar de tanto en tanto nuestro enfoque para encontrarnos con una de tantas maneras de hacer música (o de escribir, de compartir) para no caer en la espantosa e indeseable rutina, esa que transforma todo cuanto pueda considerarse divertido, entretenido o apasionante en una carga, en algo aburrido, pedestre, innecesario. Así es, queridos. Imagínense ustedes enfrentarse a la tabula rasa diariamente y tener que hacerlo con la esperanza siempre latente de que lo que salga de sus mentes y sus dedos sea algo distinto, diferente, que no sólo incite a que escuchen la música aquí compartida sino a que lean estas palabras que tan abnegadamente se componen como compañía para aquellas melodías. Si no se aplica de forma habitual un cambio de paradigma, dicha misión se torna compleja, por no decir virtualmente imposible. Se cae en las mismas fórmulas, maneras idénticas, se aburre al lector y, claro, también se aburre uno, como no puede ser de otro modo. Así que lo que hay que hacer no sólo es buscar buenas historias por contar, sino también buenas maneras de contarlas semana a semana, de compartirlas con ustedes, buenas formas para que disfruten siempre de la idea primal de este espacio que es, claro está, compartir música. A tales fines es que hoy nos tornamos hacia un camino que no recorremos con mucha asiduidad, pero cuando lo hacemos, ojo al piojo (?). Bien sabido es que por acá lo que nos gusta mucho es el historicismo, es decir, plantear un relato en el que se haga hincapié en las épocas y las sociedades que dieron lugar a ciertas expresiones para luego insertar dichas músicas en su contexto histórico, ejercicio este que termina por conformar una línea temporal -desplegada a lo largo de varios posts- en los que se desgrana una explicación relativamente detallada de todo cuanto ocurría a nivel social y artístico en un momento particular de la historia, fenómenos (lo social y lo artístico) de los que la música suele ser hija por partes iguales. Se trata, indudablemente, de uno de los rasgos distintivos de nuestro blog, de lo que -intentamos al menos- nos hace diferentes: esa búsqueda a través de los tiempos, los que sazonamos con la música que han producido en la esperanza de hallar cierta comprensión respecto a las motivaciones que las personas y los artistas tenían para vivir y hacer lo suyo, así como también una explicación de las revoluciones que se dieron en determinados tiempos, sus porqués y sus consecuencias. Esto, sin embargo, termina por jugarnos en contra en un momento específico. Sabido es que si uno puede ir por el lado de lo histórico, es porque la historia misma ya ha sido sometida al tamiz del mismo paso del tiempo que la hizo existir, y es esa comprensión lo que nos lleva a poder reconstruir con mayor fidelidad cuanto ocurrió en momentos determinados, pues existen muchas explicaciones (a veces divergentes, en otras coincidentes) que buscan desentrañar lo mismo que nosotros y es de allí de donde puede partirse para efectuar un análisis, entrecruzando pareceres, combinando teorías. Es parte integral, esa, del placer de la historia: poder interpretarla, descularla, buscarle un sentido, como si de un juego se tratara, de una aventura; integrarse en la mentalidad de una época a partir de los retratos que de ella nos han llegado y, no es poco, de la música que ha producido el periodo, que también podría considerarse como un documento histórico de gran importancia dado que transmite muchísimas inquietudes, emociones y obsesiones de aquel tiempo histórico. Huelga decir, entonces, que con la actualidad, con el presente -el momento en que estás (?)- esto no suele pasar. Allí es donde el historicismo debe sucumbir a la visión de época, a una percepción todavía más compleja que es la del propio autor respecto a su tiempo, que aún no ha sido objeto de curiosidad y, por tanto, se antoja tanto más complejo que la historia que ya ha sido contada tantas veces. ¿Por qué será que nadie se anima a establecer teorías fidedignas respecto a las motivaciones del hombre moderno? ¿Es realmente tan complejo pensar en qué nos moviliza, que nos hace ir para adelante, cuáles son las razones para nuestras vidas? ¿O es sólo la inexistencia casi absoluta de revoluciones como las que hemos relatado lo que no nos hace interesantes en la línea temporal y nos transforma inmediatamente en innecesarios? Fíjense ustedes, apenas hemos sugerido algo respecto a nuestros días y ya surgen, de aquella mención, una cantidad de preguntas de difícil respuesta que expresan que hoy en día la obsesión está puesta en otro lado. La esperanza es que el paso del tiempo traiga también una comprensión de nuestros días, pero la realidad es que lo que intentamos hacer todo el tiempo no es entender lo que estamos viviendo (pues se trata de un tiempo difícil, confuso) sino simplemente vivirlo, intentar salir lo más indemnes que sea posible de un momento histórico complejo, dificultoso y despiadado.

Por acá, claro, no pretenderemos ser la excepción a esa regla. No vamos, en estas líneas, a tratar de identificar las motivaciones del hombre moderno. Se trata de una tarea muy difícil, por no decir imposible, comprender lo suficiente a nuestros pares como para intentar explicarlos, para saber qué es lo que piensan y por qué. Tal vez en un tiempo, alguien con mayores capacidades y mayor conocimiento logre interpretarnos de un modo que nos haga comprendernos, pero eso por ahora parece ser algo complicado. Más bien, desde aquí, nos seguiremos metiendo una y otra vez con una que sí creemos que es de las motivaciones más bellas que puede tener el ser humano no sólo en esta sino en todas las épocas: claro está, hablamos del arte y, más específicamente, de la música popular contemporánea que tanto amamos y a la que por estos lares le rendimos consuetudinaria pleitesía. Cuando nos metemos en el denso fárrago de los álbumes que van produciéndose y publicándose cerca de nuestros días, el enfoque -como bien decíamos en nuestra introducción- debe cambiar forzosamente. Son, claro, productos de un tiempo histórico determinado, eso es innegable. No responden, al menos a priori (quizás haya algo incubándose, no lo sabemos) a revolución alguna, a un momento en el que los cimientos se sacudan tanto que la música sea vehículo de ideas, de obsesiones, una forma de expresar todo lo que está ocurriendo a su alrededor. Dicho tiempo histórico, además, es difícil de analizar cuando aún se lo está viviendo, pues la contemporaneidad no ayuda a la abstracción necesaria para emprender semejante tarea. Así que, en buena hora, al momento de hablar de los álbumes que vienen saliendo en este 2013 que estamos transitando mes a mes, se vuelve nomás a hablar de música, sólo de música, exclusivamente de música. Respiran aliviados algunos, seguramente, al constatar que por estos lares se vuelve por un momento al periodismo de rock (?). Eso sí, no respiren tan hondo que no va a durar mucho, apenas lo necesario para compartir con ustedes una de esas obras que, en la miríada de lanzamientos a la que somos sometidos semana a semana, se destaca por su belleza, por su autenticidad, por su brillantez. Es esa otra circunstancia que diferencia a la historia de la actualidad: en muchos casos los álbumes señeros, esos que hay que escuchar, ya están separados, ya nos han sido sugeridos, casi impuestos. A la hora de elegir qué escuchar de entre lo que se hace en nuestros días, empero, aquello se vuelve bastante más complicado. Nadie nos sugiere ni nos recomienda, y nos vemos envueltos en una marea de discos y artistas que no conocemos, tratando de rescatar entre el barro de la sobreinformación algo que nos resulte significativo, que nos cambie, que nos haga mejores. Compleja misión, entonces, la de pescar en ese mar. Tampoco queremos decir que seamos nosotros quienes nos volvemos faros de esa elección. Nada más alejado de aquello, de hecho, si ven nuestras páginas: difícilmente encuentren discos que sean novedades, y eso es porque a nosotros nos cuesta tanto como a ustedes hallar algo que realmente nos apasione de entre lo mucho que se produce en este periodo. No es de renegados ni mucho menos, amigos queridos, no queremos dar esa imagen. Simplemente se nos complica, y es por eso que cuando nos toca encontrar algo que sí vale la pena compartir con ustedes lo primero que hacemos es, lógicamente, correr a ponerlo en nuestras páginas para que, como ya hemos dicho, se eternice en sus mentes y se vuelva, esperamos, tan interesante para ustedes como para nosotros. Lejos de actuar de guía, nuestra función no cambia; simplemente modifica sus maneras, pero es siempre la misma. Es por eso que hoy les traemos, a los muchos que suelen reclamarnos que cambiemos un poco, que nos aggiornemos, que no seamos más viejos de alma (?) algo de lo mucho que está pasando en nuestros días. La historia de su hallazgo no es una de serendipias y buenas suertes, de todos modos. En eso les hicimos un poco de trampa (?) porque optamos por el viejo camino de los buenos conocidos, de esos en los que creemos porque entendemos que sus obras pueden ser garantía de cierta calidad, porque nos gusta lo que hacen y cómo lo hacen. En este caso volvimos hacia un grupo que nos acompañó en los albores de este blog, uno de esos que nos gustaba tanto que era imposible que no apareciera entre las primeras entradas aquí publicadas. Oriundos ellos de la península de Wirral, los piratitas de The Coral se hicieron un lugar entre las muchas bandas surgidas durante la primera mitad de la década pasada de la fuente del (horrendamente llamado) brit pop por su combinación excitante y exótica de melodías con algo de folk tradicional y, sobre todo, una actitud muy desprendida y campechana para con el arte de escribir canciones que los destacó y los puso en un sitial muy diferente al de sus coetáneos. Lamentablemente dicho sitio mucho no les sirvió en términos de popularidad, como suele sucederle a quienes se ufanan de ser diferentes. Tras unos cuantos álbumes de probadísima calidad -por aquí supimos tener su segundo y más popular disco, Magic And Medicine de 2003- los muchachos se encontraron en la siempre indeseable posición de ser una banda de las denominadas “de culto” (algo hemos hablado de ese fenómeno por aquí), sin el arraigo popular suficiente como para ser de las más reconocidas de su tierra -aunque talento les sobraba- pero a la vez poseedores de una base de público exigente, que les imponía mantener la calidad respecto a sus trabajos álbum tras álbum. Por más deseable que aquello pueda parecer, también puede resultar un peso, y posiblemente por ello es que tras su bonito Butterfly House, sexto disco, en 2010, la banda giró dos años y anunció un parate para concentrarse en proyectos personales. El que aquí les presentamos es el de su cantante, guitarrista y compositor, el muy bancable James Skelly que aparece empuñando una Rickenbacker en la horrorosa portada que acompaña este post. Grabado junto a una banda a la que denominó The Intenders (y que cuenta con Ian Skelly, Pau Duffy y Nick Power de The Coral), Love Undercover se editó hace apenas dos semanas y ya es uno de los discos más bellos del año. Nomás les pido que escuchen las tres primeras canciones, “You’ve Got It All” (coescrita con nada menos que Paul Weller), “Do It Again” y “Here For You” y se dejen conquistar por esas melodías, ese instinto cancionero, esa genialidad para comprimir en tres minutos una vida de búsqueda.

La búsqueda de la melodía perfecta.


Matching MoleMatching MoleCBS, 1972320 kbps. | 91 MB aprox.

Así como si nada, como quien no quiere la cosa, el tiempo nos sigue enseñando que si algo no va a hacer es detenerse. Es esa, y no otra, la única explicación por la que desde estos lares reconozcamos una vez más, como tantas otras, que se va extinguiendo una nueva semana mientras en estas líneas seguimos intentando hacer lo que hacemos mejor; que es, claro está, compartir con ustedes algo de la magia, el descubrimiento y la alegría que sólo puede transmitir la música cuando se vuelve emoción, sea transmitiéndose a través de estas palabras para llegar a sus mentes o directamente apareciendo por sorpresa desde los parlantes para llenarnos el oído y el corazón de toda esa plétora de sensaciones bellas que sólo ella puede generarnos. Posiblemente por eso sea que no notamos que el tiempo vuela tan velozmente, desaparece mientras no nos damos cuenta o quizás llegamos a la realización de aquello que está ocurriendo, como en este caso, cuando ya es demasiado tarde para hacer algo más que lamentarnos. Por fortuna lo que tenemos para ustedes, estos álbumes y estas historias, hacen que los días transcurridos cobren sentido pues se transforman en algo eterno (en realidad fungible, pero ustedes, queridos, entienden a qué vamos), en algo así como nuestro legado, en un acervo de aquello que hacemos para paliar que no es sólo el tiempo en sí el que se agota sino que lo que se va también es nuestro tiempo, nuestros años en este plano astral. Suele ser difícil mensurar si es que dejamos algo cuando abandonamos la vida y pasamos hacia lo que sea que hay después (aún cuando eso sea nada), pero nosotros por aquí gustamos de pensar, porque somos optimistas, en que algo de todo lo que transmitimos aquí -sea música, palabras o quizás ambas- ya es parte de ustedes tanto como es parte del ciberespacio en donde halló espacio, y por ende se ha transformado, sin estridencias, en algo similar a ese legado que uno espera dejar cuando ya no esté más. Probablemente por eso, también, es que continuamos haciendo lo que hacemos, entre muchísimas razones: porque disfrutamos de multiplicar, expandir y agrandar lo que sea que compartimos con ustedes en pos de llegar a una comprensión lo suficientemente abarcativa de todas las emociones en ello contenidas. Ya hemos hablado por aquí de la importancia de la sucesión de palabras en el descubrimiento de un inconsciente, y miren ahora, nos encontramos refiriéndonos a ella como uno de los factores que nos salvará del olvido, que le dará sentido al menos a un par de los años que hemos pasado en esta tierra y, por tanto, hará que todo lo demás cobre a su turno cierta significancia. Si pudimos vivir para ver cómo el legado de otros -su música, sus historias- se vehiculiza a través de nuestra pluma y, a su turno, se convierte en algo perenne, pues eso alivia un poco, al menos, la permanente tensión de sentir que existen razones por las cuales tenemos que buscarle sentido a todo esto que hacemos cada día que amanecemos en el mismo planeta. De ahí que una de las obsesiones de este espacio sea ahondar en el aspecto historicista, en los relatos, en las historias y anudarlas una con otra creando una suerte de entretejido en el cual se dibujen diversos recorridos, a ser seguidos a gusto y placer por quien se atreva a adentrarse en una de las muchas dimensiones que, cual portales, gustamos de abrir por acá. La fijación, entonces, es hallar el sentido, descubrir entre las palabras y las oraciones aquello que se nos sugiere inasible pero que al desmenuzar en pos de su explicación comienza a aclararse, volviéndose un poco más inteligible. Es preciso saber alzar aquellas pistas de lo asequible para, a partir de ellas, dibujar los puntos que se nos antojan ocultos y que son tan importantes para el entendimiento como los más evidentes, cuando no más. Al momento mismo de contar una historia, quien se dispone a hacerlo cuenta apenas con algunos factores, con ciertos indicios de lo que deberá relatar; es su deber elaborar a partir de esos retazos un relato que cumpla con el verosímil, que se le antoje a quien lo recorra como una visión relativamente acabada de lo que pudo haber pasado en el momento histórico que se aborda a través de lo contado. Existen, en el mundo del arte -y en particular de la música, sobre todo de la música popular contemporánea que es nuestra pasión y perdición- numerosos momentos dignos no ya de una crónica ni de un somero relato histórico que se dedique a recopilar datos y amontonarlos (pretendiendo con ello arribar a un entendimiento) sino un análisis más detallado, pormenorizado y -por qué no- íntimo. Son estos periodos históricos que requieren sumergirse en la lógica de pensamiento reinante entonces, alejarse de las convenciones que conocemos hoy como ciertas y acercarse a lo que aquellos protagonistas pudieron haber pensado, sentido, aquellas cuestiones que los obsesionaban y, claro, las que los entristecían o alegraban. ¿Cómo se hace eso? Ni puta idea. Bueno, he allí el particular encanto, al que muchas veces hemos aludido, de la música y aquello que arrastra sin saberlo, como una ola que vuelve hacia el mar: la historia que se dibuja entre las notas y se sugiere entre las canciones nos enseña muchísimo más que lo que la historia fría de los libros pudiera dogmatizar, nos lleva por un camino sensorial que a su vez acaba conduciendo a un acercamiento a aquellas obsesiones que describíamos. Sí, queridos. Estudiando detenidamente la música de un periodo -especialmente si aquel tiempo trajo consigo un movimiento que la tuvo como principal protagonista- podemos aprender muchísimo de aquellos que acometieron aquellas obras, su mentalidad y su acercamiento al hecho artístico, esa militancia que supone un compromiso con una manera de hacer las cosas cuyos lineamientos se sugieren como una plataforma desde la cual lanzarse hacia el camino elegido. Por aquí, durante las últimas semanas, hemos desandado la vía del descubrimiento de un movimiento que nos obsesiona, y estas reflexiones son las que comienzan el cierre -por más contradictorio que aquello suene- de esta humilde recorrida por uno de los senderos favoritos de quien esto escribe: el hermoso rock canterburiano que por el lapso de un mes nos ocupó viernes tras viernes en la búsqueda de lo inasible, lo irreal, lo fantástico de esta música tan misteriosa como alucinante y tremendamente original.
Para culminar, entonces, este hermoso recorrido a través de la también muy bella música que se produjo en aquella ciudad del condado de Kent allá por finales de los años ‘60 y principios de la siguiente iremos por la biografía de una de sus figuras más prominentes. De todas maneras, no hablaremos de él solamente por su preponderancia dentro del movimiento. En realidad, vamos a contarles su historia porque nos parece un capo absoluto. Sí, como siempre, así de caprichosos y aleatorios somos. Como corresponde (?). Pero posta, queridos, los que conozcan la vida y obra del factótum del grupo que hoy nos ocupará, sabrán de lo que les hablo. Para los que no, créanme que descubrirán a una persona absolutamente genial, con un recorrido por la existencia que vaya si honra esto que decimos de dejar un legado: su vida es su legado, claro que sí. Ya hemos hablado sobre él más de una vez, además, porque se trata de una figura pivotal no sólo para el rock canterburiano sino para la historia de la música británica. Fue él uno de los primeros referentes del movimiento en los albores de aquel, formando parte de aquellos Wilde Flowers -Las Flores de Wilde, ese chiste no lo hice la vez pasada así que tenía que hacerlo ahora (?)- así como también integró la primera formación de la que es considerada la banda cenital de toda la movida. Después de su pasada por aquella señera alineación, siguió haciendo lo que mejor sabía a través de muchos canales, todo esto pese a afrontar una de las mayores adversidades que un ser humano -ni que hablar un músico- debe pasar. No sólo eso, sino que sigue vivo hasta hoy y es seguramente un serio contendor por el título de la mejor barba de la historia del mundo todo, así que como hombre de barbas (?) es mi deber compartir con ustedes una muy demorada profundización en la vida de ese maestro -y genial barrilete- que afortunadamente aún es el gran, gran, GRAN Robert Wyatt-Ellidge, de quien también compartiremos, como es costumbre de este espacio, un escalón musical que lo mostrará en todo su magnánimo esplendor (y que no será, seguramente, el último en que lo veremos participar dentro del acervo de nuestro blog, sépanlo). La historia comienza, para él, el 28 de enero de 1945 -un día antes de mi cumpleaños, ven que es un capo (?)- en la eternamente coqueta ciudad de Bristol, al sudoeste del Reino Unido. Allí ve la luz el querido Robert, hijo él de la periodista de la BBC Honor (sí, se llamaba Honor) Wyatt y el psicólogo laboral George Ellidge, a quien sin embargo no llegaría a conocer hasta tener seis años. Compartía la casa con el joven Robert su medio hermano -otro hijo del honor, digo, de Honor (?)- el conocido Walter Donovan General Veers actor Julian Glover, así que Wyatt se crió inicialmente en un ambiente donde las artes y la comunicación estaban a flor de piel. Aquella inclinación seguramente incidió en su rápida decisión de ir por el lado de la música, la cual comenzó a estudiar en los años iniciales de su primera década junto al baterista yanqui George Neidorf, un percusionista de jazz que andaba dando vueltas por Europa y que, cuando Robert tenía unos diecisiete años, se lo llevó a vivir con él nada menos que a Mallorca. Pavada de destino donde Robert cultivó su ya naciente alma de bon vivant mezclado con bohemio mientras se introducía más y más en el mundo del avant garde y del free jazz, al que abrazaba con la fruición de quien ha descubierto en la novedad su nuevo camino. En 1963, un año después de haberse ido a España, Wyatt abandona a Neidorf y se vuelve a Inglaterra, donde se conecta (a través de su padre, que les alquilaba un cuarto) con otros dos loquitos, el australiano Daevid Allen y Hugh Hopper. Con ellos arma el Daevid Allen Trio, grupo de breve duración que sin embargo sirve de prolegómeno para aquella banda a la que referíamos como el punto de partida de toda la escena de Canterbury, The Wilde Flowers, que se conforma (como ya les habíamos contado) a partir de que Allen se muda a Francia con el resto del trío sumado a Kevin Ayers, Richard Sinclair y el hermano de Hugh, Brian Hopper. El breve y posteriormente significativo recorrido de los Wilde Flowers, a su vez, es el preámbulo de Soft Machine, fundamental agrupación que el propio Allen y el ex Wilde Flowers Kevin Ayers habían fundado y a la que invitaron a Wyatt y el tecladista Mike Ratledge. El núcleo de esta formación es la que se mantiene a través del primer y más importante periodo en el recorrido de Soft Machine, el que graba desde el debut autotitulado hasta su cuarto y originalmente titulado Fourth, de 1971. Tras una confusa salida de esta banda, de la que nunca quedó claro si se fue o lo fueron pero lo único que sí se sabe es que no siguió formando parte (?) Wyatt se apronta a continuar una floreciente carrera como músico experimental, basada especialmente en el trabajo más experimental y alejándose del jazz al que Soft Machine comenzaba a adscribir. Del ‘71 al ‘72 participa como baterista en Centipede de Keith Tippett y graba su primer y olvidado álbum solista The End Of An Ear, que él mismo rechaza por considerarlo juvenilia. Esta aseveración cobra especial significado cuando se analiza su proyecto inmediatamente posterior, esta brillante banda a la que llamó Matching Mole (chiste con machine molle, acepción francesa del nombre de la banda de la que lo rajaron) y en la que involucró a nenes de pecho como David Sinclair y Phil Miller de Caravan y Bill McCormick de Quiet Sun (otra recomendable banda ignota de la escena canterburiana). Con ellos graba algunas composiciones suyas y un tema, cuya letra compuso Sinclair, acerca de la ex de Robert Caroline Coon llamado “O Caroline”, composición conmovedora que abre un álbum brillante que luego devanea entre improvisaciones, jocosos juegos y momentos de fusión poseedores de inmensa tensión colectiva. Matching Mole, empero, tiene un trágico final tras su segundo álbum Little Red Record (también del ‘72) cuando, en 1973 y drogado hasta la médula, Wyatt cae de un ventanal del cuarto piso y, como resultado, queda paralizado de la cintura para abajo. Dejar la batería no implicó para él dejar la música, empero, ya que tras este tropezón que fue caída (?) prosiguió con una de las carreras más fascinantes e influyentes de las que se tenga registro, nunca abandonando ese espíritu arrojadizo que lo hizo tirarse por la ventana una de las figuras claves de la música hecha de aquel lado del Atlántico.
Desde aquí hacia donde esté, vayan todas nuestras loas para él. Capo.

Matching Mole
Matching Mole
CBS, 1972
320 kbps. | 91 MB aprox.

Así como si nada, como quien no quiere la cosa, el tiempo nos sigue enseñando que si algo no va a hacer es detenerse. Es esa, y no otra, la única explicación por la que desde estos lares reconozcamos una vez más, como tantas otras, que se va extinguiendo una nueva semana mientras en estas líneas seguimos intentando hacer lo que hacemos mejor; que es, claro está, compartir con ustedes algo de la magia, el descubrimiento y la alegría que sólo puede transmitir la música cuando se vuelve emoción, sea transmitiéndose a través de estas palabras para llegar a sus mentes o directamente apareciendo por sorpresa desde los parlantes para llenarnos el oído y el corazón de toda esa plétora de sensaciones bellas que sólo ella puede generarnos. Posiblemente por eso sea que no notamos que el tiempo vuela tan velozmente, desaparece mientras no nos damos cuenta o quizás llegamos a la realización de aquello que está ocurriendo, como en este caso, cuando ya es demasiado tarde para hacer algo más que lamentarnos. Por fortuna lo que tenemos para ustedes, estos álbumes y estas historias, hacen que los días transcurridos cobren sentido pues se transforman en algo eterno (en realidad fungible, pero ustedes, queridos, entienden a qué vamos), en algo así como nuestro legado, en un acervo de aquello que hacemos para paliar que no es sólo el tiempo en sí el que se agota sino que lo que se va también es nuestro tiempo, nuestros años en este plano astral. Suele ser difícil mensurar si es que dejamos algo cuando abandonamos la vida y pasamos hacia lo que sea que hay después (aún cuando eso sea nada), pero nosotros por aquí gustamos de pensar, porque somos optimistas, en que algo de todo lo que transmitimos aquí -sea música, palabras o quizás ambas- ya es parte de ustedes tanto como es parte del ciberespacio en donde halló espacio, y por ende se ha transformado, sin estridencias, en algo similar a ese legado que uno espera dejar cuando ya no esté más. Probablemente por eso, también, es que continuamos haciendo lo que hacemos, entre muchísimas razones: porque disfrutamos de multiplicar, expandir y agrandar lo que sea que compartimos con ustedes en pos de llegar a una comprensión lo suficientemente abarcativa de todas las emociones en ello contenidas. Ya hemos hablado por aquí de la importancia de la sucesión de palabras en el descubrimiento de un inconsciente, y miren ahora, nos encontramos refiriéndonos a ella como uno de los factores que nos salvará del olvido, que le dará sentido al menos a un par de los años que hemos pasado en esta tierra y, por tanto, hará que todo lo demás cobre a su turno cierta significancia. Si pudimos vivir para ver cómo el legado de otros -su música, sus historias- se vehiculiza a través de nuestra pluma y, a su turno, se convierte en algo perenne, pues eso alivia un poco, al menos, la permanente tensión de sentir que existen razones por las cuales tenemos que buscarle sentido a todo esto que hacemos cada día que amanecemos en el mismo planeta. De ahí que una de las obsesiones de este espacio sea ahondar en el aspecto historicista, en los relatos, en las historias y anudarlas una con otra creando una suerte de entretejido en el cual se dibujen diversos recorridos, a ser seguidos a gusto y placer por quien se atreva a adentrarse en una de las muchas dimensiones que, cual portales, gustamos de abrir por acá. La fijación, entonces, es hallar el sentido, descubrir entre las palabras y las oraciones aquello que se nos sugiere inasible pero que al desmenuzar en pos de su explicación comienza a aclararse, volviéndose un poco más inteligible. Es preciso saber alzar aquellas pistas de lo asequible para, a partir de ellas, dibujar los puntos que se nos antojan ocultos y que son tan importantes para el entendimiento como los más evidentes, cuando no más. Al momento mismo de contar una historia, quien se dispone a hacerlo cuenta apenas con algunos factores, con ciertos indicios de lo que deberá relatar; es su deber elaborar a partir de esos retazos un relato que cumpla con el verosímil, que se le antoje a quien lo recorra como una visión relativamente acabada de lo que pudo haber pasado en el momento histórico que se aborda a través de lo contado. Existen, en el mundo del arte -y en particular de la música, sobre todo de la música popular contemporánea que es nuestra pasión y perdición- numerosos momentos dignos no ya de una crónica ni de un somero relato histórico que se dedique a recopilar datos y amontonarlos (pretendiendo con ello arribar a un entendimiento) sino un análisis más detallado, pormenorizado y -por qué no- íntimo. Son estos periodos históricos que requieren sumergirse en la lógica de pensamiento reinante entonces, alejarse de las convenciones que conocemos hoy como ciertas y acercarse a lo que aquellos protagonistas pudieron haber pensado, sentido, aquellas cuestiones que los obsesionaban y, claro, las que los entristecían o alegraban. ¿Cómo se hace eso? Ni puta idea. Bueno, he allí el particular encanto, al que muchas veces hemos aludido, de la música y aquello que arrastra sin saberlo, como una ola que vuelve hacia el mar: la historia que se dibuja entre las notas y se sugiere entre las canciones nos enseña muchísimo más que lo que la historia fría de los libros pudiera dogmatizar, nos lleva por un camino sensorial que a su vez acaba conduciendo a un acercamiento a aquellas obsesiones que describíamos. Sí, queridos. Estudiando detenidamente la música de un periodo -especialmente si aquel tiempo trajo consigo un movimiento que la tuvo como principal protagonista- podemos aprender muchísimo de aquellos que acometieron aquellas obras, su mentalidad y su acercamiento al hecho artístico, esa militancia que supone un compromiso con una manera de hacer las cosas cuyos lineamientos se sugieren como una plataforma desde la cual lanzarse hacia el camino elegido. Por aquí, durante las últimas semanas, hemos desandado la vía del descubrimiento de un movimiento que nos obsesiona, y estas reflexiones son las que comienzan el cierre -por más contradictorio que aquello suene- de esta humilde recorrida por uno de los senderos favoritos de quien esto escribe: el hermoso rock canterburiano que por el lapso de un mes nos ocupó viernes tras viernes en la búsqueda de lo inasible, lo irreal, lo fantástico de esta música tan misteriosa como alucinante y tremendamente original.

Para culminar, entonces, este hermoso recorrido a través de la también muy bella música que se produjo en aquella ciudad del condado de Kent allá por finales de los años ‘60 y principios de la siguiente iremos por la biografía de una de sus figuras más prominentes. De todas maneras, no hablaremos de él solamente por su preponderancia dentro del movimiento. En realidad, vamos a contarles su historia porque nos parece un capo absoluto. Sí, como siempre, así de caprichosos y aleatorios somos. Como corresponde (?). Pero posta, queridos, los que conozcan la vida y obra del factótum del grupo que hoy nos ocupará, sabrán de lo que les hablo. Para los que no, créanme que descubrirán a una persona absolutamente genial, con un recorrido por la existencia que vaya si honra esto que decimos de dejar un legado: su vida es su legado, claro que sí. Ya hemos hablado sobre él más de una vez, además, porque se trata de una figura pivotal no sólo para el rock canterburiano sino para la historia de la música británica. Fue él uno de los primeros referentes del movimiento en los albores de aquel, formando parte de aquellos Wilde Flowers -Las Flores de Wilde, ese chiste no lo hice la vez pasada así que tenía que hacerlo ahora (?)- así como también integró la primera formación de la que es considerada la banda cenital de toda la movida. Después de su pasada por aquella señera alineación, siguió haciendo lo que mejor sabía a través de muchos canales, todo esto pese a afrontar una de las mayores adversidades que un ser humano -ni que hablar un músico- debe pasar. No sólo eso, sino que sigue vivo hasta hoy y es seguramente un serio contendor por el título de la mejor barba de la historia del mundo todo, así que como hombre de barbas (?) es mi deber compartir con ustedes una muy demorada profundización en la vida de ese maestro -y genial barrilete- que afortunadamente aún es el gran, gran, GRAN Robert Wyatt-Ellidge, de quien también compartiremos, como es costumbre de este espacio, un escalón musical que lo mostrará en todo su magnánimo esplendor (y que no será, seguramente, el último en que lo veremos participar dentro del acervo de nuestro blog, sépanlo). La historia comienza, para él, el 28 de enero de 1945 -un día antes de mi cumpleaños, ven que es un capo (?)- en la eternamente coqueta ciudad de Bristol, al sudoeste del Reino Unido. Allí ve la luz el querido Robert, hijo él de la periodista de la BBC Honor (sí, se llamaba Honor) Wyatt y el psicólogo laboral George Ellidge, a quien sin embargo no llegaría a conocer hasta tener seis años. Compartía la casa con el joven Robert su medio hermano -otro hijo del honor, digo, de Honor (?)- el conocido Walter Donovan General Veers actor Julian Glover, así que Wyatt se crió inicialmente en un ambiente donde las artes y la comunicación estaban a flor de piel. Aquella inclinación seguramente incidió en su rápida decisión de ir por el lado de la música, la cual comenzó a estudiar en los años iniciales de su primera década junto al baterista yanqui George Neidorf, un percusionista de jazz que andaba dando vueltas por Europa y que, cuando Robert tenía unos diecisiete años, se lo llevó a vivir con él nada menos que a Mallorca. Pavada de destino donde Robert cultivó su ya naciente alma de bon vivant mezclado con bohemio mientras se introducía más y más en el mundo del avant garde y del free jazz, al que abrazaba con la fruición de quien ha descubierto en la novedad su nuevo camino. En 1963, un año después de haberse ido a España, Wyatt abandona a Neidorf y se vuelve a Inglaterra, donde se conecta (a través de su padre, que les alquilaba un cuarto) con otros dos loquitos, el australiano Daevid Allen y Hugh Hopper. Con ellos arma el Daevid Allen Trio, grupo de breve duración que sin embargo sirve de prolegómeno para aquella banda a la que referíamos como el punto de partida de toda la escena de Canterbury, The Wilde Flowers, que se conforma (como ya les habíamos contado) a partir de que Allen se muda a Francia con el resto del trío sumado a Kevin Ayers, Richard Sinclair y el hermano de Hugh, Brian Hopper. El breve y posteriormente significativo recorrido de los Wilde Flowers, a su vez, es el preámbulo de Soft Machine, fundamental agrupación que el propio Allen y el ex Wilde Flowers Kevin Ayers habían fundado y a la que invitaron a Wyatt y el tecladista Mike Ratledge. El núcleo de esta formación es la que se mantiene a través del primer y más importante periodo en el recorrido de Soft Machine, el que graba desde el debut autotitulado hasta su cuarto y originalmente titulado Fourth, de 1971. Tras una confusa salida de esta banda, de la que nunca quedó claro si se fue o lo fueron pero lo único que sí se sabe es que no siguió formando parte (?) Wyatt se apronta a continuar una floreciente carrera como músico experimental, basada especialmente en el trabajo más experimental y alejándose del jazz al que Soft Machine comenzaba a adscribir. Del ‘71 al ‘72 participa como baterista en Centipede de Keith Tippett y graba su primer y olvidado álbum solista The End Of An Ear, que él mismo rechaza por considerarlo juvenilia. Esta aseveración cobra especial significado cuando se analiza su proyecto inmediatamente posterior, esta brillante banda a la que llamó Matching Mole (chiste con machine molle, acepción francesa del nombre de la banda de la que lo rajaron) y en la que involucró a nenes de pecho como David Sinclair y Phil Miller de Caravan y Bill McCormick de Quiet Sun (otra recomendable banda ignota de la escena canterburiana). Con ellos graba algunas composiciones suyas y un tema, cuya letra compuso Sinclair, acerca de la ex de Robert Caroline Coon llamado “O Caroline”, composición conmovedora que abre un álbum brillante que luego devanea entre improvisaciones, jocosos juegos y momentos de fusión poseedores de inmensa tensión colectiva. Matching Mole, empero, tiene un trágico final tras su segundo álbum Little Red Record (también del ‘72) cuando, en 1973 y drogado hasta la médula, Wyatt cae de un ventanal del cuarto piso y, como resultado, queda paralizado de la cintura para abajo. Dejar la batería no implicó para él dejar la música, empero, ya que tras este tropezón que fue caída (?) prosiguió con una de las carreras más fascinantes e influyentes de las que se tenga registro, nunca abandonando ese espíritu arrojadizo que lo hizo tirarse por la ventana una de las figuras claves de la música hecha de aquel lado del Atlántico.

Desde aquí hacia donde esté, vayan todas nuestras loas para él. Capo.


Eduardo Falú y Ernesto SabatoRomance De La Muerte De Juan LavallePhilips, 1965320 kbps. | 128 MB aprox.

En 1961, el controvertido y laureado escritor argentino Ernesto Sabato publica finalmente la que a la postre sería su obra cumbre, un elefantiásico volumen que lleva por título una ostentosa descripción aproximativa respecto a las reflexiones allí contenidas. El volumen se titula Sobre Héroes Y Tumbas, y rápidamente -en cuestión de años- asciende al firmamento de la literatura latinoamericana, de donde no saldría hasta la actualidad, en la que aún es objeto de admiración, repulsión y análisis, en ocasiones sensaciones todas ellas que van en consonancia. Las razones para esta mescolanza de sentimientos son muchas, casi tantas como las probables lecturas del propio libro, y muy variadas, reflejando que hay algo en la escritura de Sabato que nos moviliza no ya como consumidores de su prosa sino desde un punto de vista más profundo. Su literatura compleja, polisémica y -por qué no- polémica nos enfrenta, muchas veces, con la oscuridad de nuestros propios inconscientes, con aquello que se encuentra dentro nuestro y quizás no sabemos que estaba allí pero es movilizado por una estructura discursiva que nos desafía (como toda buena literatura) a enfrentarnos con nuestros propios fantasmas, espíritus torturados propios de otra época, una plena de controversias y, también, de muchas interpretaciones. Una de las facetas más interesantes de Sobre Héroes Y Tumbas aparece, precisamente, cuando nos topamos, dentro de la propia estructura de confusos laberintos concéntricos que parecen ilusiones ópticas (¿mentales?) pero que, a diferencia de la pintura de Escher, terminan no por conducir al mismo sitio sino por abrir nuevas puertas, demostrándonos que lo único que hace falta para salir de una situación en la que se nos aparecen diversos caminos por seguir es tomar uno solo. La forma de narrar de Sabato, magistral aquí, nos sugiere que existen tres historias prácticamente paralelas -aunque no bajo el mismo eje de temporalidad, sino por el mero capricho del escritor; como si hubiese tres formas totalmente diferentes de decirnos lo mismo, tres maneras de llegar a la misma conclusión que pudieran intercambiarse y yuxtaponerse hasta volverse irreconocibles, pero también inseparables- que deben contraponerse una a otra en pos de enfrentarnos de cara al horror, a lo que yace dentro de nosotros y espera a ser azuzado para reaparecer, para volver a hacerse carne y ponernos cara a cara con nuestros peores temores, con nuestros miedos más intensos y oscuros tal como lo hace el tétrico, onírico y delirante “Informe Sobre Ciegos” que es quizás el fragmento más citado y conocido de esta extensa novela, pero que lejos está de ser el eje que concita más interés por su valor narrativo. Más allá de esta lúcida -amén de lo casi esquizofrénico de su conformación- visión de los hilos que rigen a las sociedades, de las estructuras ocultas y los tejidos que nos preexisten y desconocemos pero que conducen nuestros destinos a través de la vida como si de titiriteros se tratase, llevándonos a todos a un mismo fin (el fin de todos, claro) pero dejándonos también sin control respecto a nuestras vidas, lo que a nuestro modesto entender resalta en Sobre Héroes Y Tumbas -no en vano sería retomado por el autor en otra obra, la que compartimos con ustedes en esta ocasión- es uno de los aspectos más fascinantes respecto a la figura de Sabato ya no como autor de aquellas líneas sino como figura destacada del pensamiento argentino. Cuando supo que esta posición lejos estaría de ponerlo en un sitial de privilegio, en uno de esos lugares alejados de la opinión pública sino que lo que haría era, en una época controversial y comprometida, exigirle cierto compromiso con sus ideas, estimamos por aquí que el oriundo de Rojas entendió que había, en esa categorización, algo de compromiso, una suerte de afirmación de la importancia de sus palabras para comprender ciertas facetas de nuestra historia que, aunque analizadas hasta el hartazgo, siempre habían carecido de un cariz humano, favoreciéndose en su lugar interpretaciones historicistas clásicas que sólo se preocuparan por aquello que había acontecido, por narrar la historia que escriben los victoriosos y no aquella que puede no ser la que exalte a las mayorías (tan importantes ellas en cualquier proceso patriótico) sino a una minoría derrotada, en retirada, con sus tristes espíritus sobre sus lomos, intentando terminar de vivir una vida que se sabe perdida de antemano. Tal vez pensó también él que algo de eso había en su propia persona, o en la de todos los argentinos. Algo de antiheroísmo, algo de patetismo y de tristeza, de depresión y oscuridad aún en los momentos de mayor gloria. Algo de realidad, de verdad, algo palpable y verosímil, lejos de las letras muertas de la historia que nos dibujan próceres de fina estampa que parecieran, desde sus rostros torvos, ficticios, muertos, nunca equivocarse, mucho menos fenecer. Quizás creyó además que nadie había querido enfrentarse a los fantasmas del pasado, a esos que se sugieren, que aparecen sobrevolando ciertos momentos de nuestra profunda, densa y dificultosa gesta patriótica, esa que nos legó una Argentina extensa pero siempre dividida, atomizada dentro de su propia geografía como si su vastedad pluritexturada, lejos de sugerir infinitas posibilidades, resultara una infranqueable prisión, un peso demasiado grande para acarrear en los hombros a través del cruel devenir de los tiempos. Para escribir Sobre Héroes Y Tumbas, entonces, Sabato decidió que haría justamente eso que nadie se había animado a hacer antes: hundiría sus pies en el barro de la historia, en ese denso y ennegrecido fango en el que pocos habrían querido ensuciarse -pero que luego, en nuestros días, sería una fuente inacabable de un triste anecdotario que nada tiene que ver con la verdadera historia, la de nuestro pueblo- pero que él tenía la obligación de transitar con hidalguía, con el solo objeto de abrir a través de él un camino, una vía que exaltara una visión más acabada y global respecto a aquello antes indecible, hundido bajo el manto dificultoso del tabú, del prejuicio, de la visión única. Tal parece ser la única misión de Sobre Héroes Y Tumbas: enfrentarnos, a los argentinos, con nuestra propia locura, nuestras contradicciones inherentes, para intentar que, de ellas y del terror que nos generan, surja una nueva mentalidad; tal vez superadora, quizás no tan gloriosa, pero que no le tema a su propio pasado.
Parte de ese enfrentarnos con nuestra historia, tal vez el momento en el que más se sugiere este eterno devenir en el que lo que nos relatan los libros de texto lejos está de reflejar realmente la amplísima paleta del sentimiento humano, esa plétora confusa en la que pueden entrecruzarse tantos sentimientos como sentimientos mismos existen (es decir, lo inabarcable, lo inconmensurable), aparece al comienzo mismo de aquella legendaria novela -que si aún no han leído, desde ya que les recomendamos cálidamente- y se reitera hacia el final, cumpliendo con el desembozado objetivo de Sabato de sugerirnos sin sonrojarse aquella enloquecida circularidad con la que el horror (ese al que el propio autor confesaba buscarle la belleza, convencido él que de aquel oscuro lodo también se aprende, quizás más que de la victoria) se nos presenta una y otra vez en nuestras vidas, como si nos sobrevolara y descendiera sobre nosotros una y otra vez para reaparecer, resignificando los mismos hechos a partir de la realidad en la que se insertan. Esta última puede ser distinta, pero aquello no cambia lo que está en la raíz, parece decirnos por momentos la afiebrada prosa de Sabato, y lo que está en la raíz es el mismo miedo, la misma sangre, la misma confusa miríada de sensaciones que nos lleva a actuar sin pensar, a pensar sin actuar, a enloquecer sin vivir y a vivir sin ver realizados nuestros sueños sino conformándonos con lo que existe, con lo que es incuestionable, la realidad que no se objeta sino que se acepta como quien repite, hipnotizado, estupidizado, un mantra vacío de contenido en el que las palabras son apenas aquello que las palabras acarrean pero nada pueden decirnos pues no apelan a la humanidad sino a la negación de esa misma condición humana: al no enfrentarnos con nuestros miedos, con las pasiones más ocultas y los horrores más escondidos, la historia nada nos enseña. Posiblemente por eso el relato comience narrando uno de los momentos más controversiales y pasibles de interpretación de toda la gesta patriótica argentina, protagonizado a su vez por uno de sus personajes más polémicos y disputados. El libro nos sitúa, como si de una ucronía se tratase -aunque luego descubriremos que lejos está de serlo, sino que es más bien un certero lanzazo al historicismo de aquellos años, un relato sobre el relato, o mejor dicho bajo el relato- a principios de la década de 1840. Es allí cuando uno de los militares más prominentes de los primeros años de la aún no formada Argentina comienza a sentir bajo sus pies la amenaza latente del Averno, aunque fiel a su entrenamiento decide, tal es el destino de los hombres de armas, vender cara la derrota y, de ser necesario, morir bajo la espada antes que morir en la deshonra. Se trata de Juan Galo De La Valle, quien cuando sus galones aún valían algo más que el plomo y la plata de que estaban hechos se había destacado como uno de los jefes militares más corajudos y determinados de las guerras de independencia que se habían desatado no sólo en nuestra tierra sino también en otros parajes sudamericanos, donde la revuelta contra la opresión también era una realidad. La Valle había nacido en el seno de una familia de cierta aristocracia, pues su padre, el peruano Manuel José De La Valle, era quien coordinaba las rentas y el tabaco (uno imagina, dos grandes obsesiones, tal como lo son hoy) del Virreinato del Río de la Plata y su linaje descendía directamente del de la familia del conquistador de México, Hernán Cortés, y del de los condes franceses de Le Vallée, de donde proviene a su turno el apellido que le legaría, también, a su hijo. Durante unos pocos años, Juan Galo y su familia se trasladarían, merced a los negocios del pater familias, a Santiago de Chile, pero aquella excursión no impediría al joven Juan sentir una profunda identificación con la patria que lo había visto nacer. En 1812, plena explosión independentista de la Argentina en pos de romper las cadenas de la opresión española, este adolescente de apenas quince años se unía al regimiento de granaderos a caballo en la posición de cadete. Había regresado al país hacía apenas cinco años, pero esos años le bastaron para desarrollar una profunda conciencia sobre la necesidad de hombres de armas en aquel difícil momento para toda la región. Fue allí donde, para esconder todo rastro de anglicación de su nombre, decidió acortarlo, apenas, a Juan Lavalle, santo con el que se lo conocería hasta el final de sus días. El ascenso del valiente y decidido cadete no pudo ser más meteórico: apenas un año después de su ingreso, en 1813, fue ascendido a teniente, y en 1814 luchó como subordinado de Alvear en el segundo sitio a Montevideo. En 1815 participó, también, de las luchas contra Artigas al mando de Manuel Dorrego, y en 1816, bajo las órdenes de San Martín, integró el ejército de Los Andes con el que acompañó la gesta libertadora del país trasandino. Aquella conciencia latinoamericana lo acompañaría también durante sus sucesivas participaciones en las campañas al Perú, a la sierra y, especialmente, en la campaña al Ecuador, donde bajo las órdenes del coronel Santa Cruz llegó a ser conocido como “el León de Riobamba” por su decisiva participación en la no menos importante batalla ocurrida en la ciudad ecuatoriana del mismo nombre. A su regreso al país, tomó contacto con los líderes unitarios, quienes fueron convenciéndolo de que cada vez era más necesario iniciar una revuelta contra los líderes federales y populistas, en especial contra Manuel Dorrego, que hacia 1826 había ascendido a gobernador de Buenos Aires tras el fracaso unitario en la guerra contra el Brasil, en la que Lavalle había participado siendo herido en un brazo. El ya coronel accedió, y lo que sigue es historia conocida: inflamados sus ánimos por sus hasta entonces colegas, decidió fusilar a Dorrego, decisión que llevó a que todo apoyo a su figura fuera retirado en vistas de la barbarie. Aquella treta a la que lo habían conducido dejó a Lavalle atribulado y lo forzó a exiliarse hacia la Banda Oriental, donde volvió a encontrarse con su némesis Juan Manuel de Rosas. Durante los años subsiguientes intentaría, con el apoyo de algunas provincias unitarias, derrotar al rosismo, pero sus vanos intentos culminarían en una última y fatal traición cuando en 1841 el ejército correntino que lo acompañaba en su campaña al norte regresó a su provincia, abandonándolo. Acompañado de apenas unos pocos hombres, Lavalle muere asesinado en Jujuy (donde buscaba escapar hacia Bolivia) en octubre de 1841. Termina así una de las vidas más controvertidas de la historia argentina, que el propio Sabato, en compañía del genial Eduardo Falú, rescató seis años después de su insigne novela para este no menos conspicuo cantar de gesta al que tituló Romance De La Muerte De Juan Lavalle, en el que se relata magistralmente su huida hacia el norte y posterior muerte.
Tal vez sirva para enfrentarnos a nuestros fantasmas.

Eduardo Falú y Ernesto Sabato
Romance De La Muerte De Juan Lavalle
Philips, 1965
320 kbps. | 128 MB aprox.

En 1961, el controvertido y laureado escritor argentino Ernesto Sabato publica finalmente la que a la postre sería su obra cumbre, un elefantiásico volumen que lleva por título una ostentosa descripción aproximativa respecto a las reflexiones allí contenidas. El volumen se titula Sobre Héroes Y Tumbas, y rápidamente -en cuestión de años- asciende al firmamento de la literatura latinoamericana, de donde no saldría hasta la actualidad, en la que aún es objeto de admiración, repulsión y análisis, en ocasiones sensaciones todas ellas que van en consonancia. Las razones para esta mescolanza de sentimientos son muchas, casi tantas como las probables lecturas del propio libro, y muy variadas, reflejando que hay algo en la escritura de Sabato que nos moviliza no ya como consumidores de su prosa sino desde un punto de vista más profundo. Su literatura compleja, polisémica y -por qué no- polémica nos enfrenta, muchas veces, con la oscuridad de nuestros propios inconscientes, con aquello que se encuentra dentro nuestro y quizás no sabemos que estaba allí pero es movilizado por una estructura discursiva que nos desafía (como toda buena literatura) a enfrentarnos con nuestros propios fantasmas, espíritus torturados propios de otra época, una plena de controversias y, también, de muchas interpretaciones. Una de las facetas más interesantes de Sobre Héroes Y Tumbas aparece, precisamente, cuando nos topamos, dentro de la propia estructura de confusos laberintos concéntricos que parecen ilusiones ópticas (¿mentales?) pero que, a diferencia de la pintura de Escher, terminan no por conducir al mismo sitio sino por abrir nuevas puertas, demostrándonos que lo único que hace falta para salir de una situación en la que se nos aparecen diversos caminos por seguir es tomar uno solo. La forma de narrar de Sabato, magistral aquí, nos sugiere que existen tres historias prácticamente paralelas -aunque no bajo el mismo eje de temporalidad, sino por el mero capricho del escritor; como si hubiese tres formas totalmente diferentes de decirnos lo mismo, tres maneras de llegar a la misma conclusión que pudieran intercambiarse y yuxtaponerse hasta volverse irreconocibles, pero también inseparables- que deben contraponerse una a otra en pos de enfrentarnos de cara al horror, a lo que yace dentro de nosotros y espera a ser azuzado para reaparecer, para volver a hacerse carne y ponernos cara a cara con nuestros peores temores, con nuestros miedos más intensos y oscuros tal como lo hace el tétrico, onírico y delirante “Informe Sobre Ciegos” que es quizás el fragmento más citado y conocido de esta extensa novela, pero que lejos está de ser el eje que concita más interés por su valor narrativo. Más allá de esta lúcida -amén de lo casi esquizofrénico de su conformación- visión de los hilos que rigen a las sociedades, de las estructuras ocultas y los tejidos que nos preexisten y desconocemos pero que conducen nuestros destinos a través de la vida como si de titiriteros se tratase, llevándonos a todos a un mismo fin (el fin de todos, claro) pero dejándonos también sin control respecto a nuestras vidas, lo que a nuestro modesto entender resalta en Sobre Héroes Y Tumbas -no en vano sería retomado por el autor en otra obra, la que compartimos con ustedes en esta ocasión- es uno de los aspectos más fascinantes respecto a la figura de Sabato ya no como autor de aquellas líneas sino como figura destacada del pensamiento argentino. Cuando supo que esta posición lejos estaría de ponerlo en un sitial de privilegio, en uno de esos lugares alejados de la opinión pública sino que lo que haría era, en una época controversial y comprometida, exigirle cierto compromiso con sus ideas, estimamos por aquí que el oriundo de Rojas entendió que había, en esa categorización, algo de compromiso, una suerte de afirmación de la importancia de sus palabras para comprender ciertas facetas de nuestra historia que, aunque analizadas hasta el hartazgo, siempre habían carecido de un cariz humano, favoreciéndose en su lugar interpretaciones historicistas clásicas que sólo se preocuparan por aquello que había acontecido, por narrar la historia que escriben los victoriosos y no aquella que puede no ser la que exalte a las mayorías (tan importantes ellas en cualquier proceso patriótico) sino a una minoría derrotada, en retirada, con sus tristes espíritus sobre sus lomos, intentando terminar de vivir una vida que se sabe perdida de antemano. Tal vez pensó también él que algo de eso había en su propia persona, o en la de todos los argentinos. Algo de antiheroísmo, algo de patetismo y de tristeza, de depresión y oscuridad aún en los momentos de mayor gloria. Algo de realidad, de verdad, algo palpable y verosímil, lejos de las letras muertas de la historia que nos dibujan próceres de fina estampa que parecieran, desde sus rostros torvos, ficticios, muertos, nunca equivocarse, mucho menos fenecer. Quizás creyó además que nadie había querido enfrentarse a los fantasmas del pasado, a esos que se sugieren, que aparecen sobrevolando ciertos momentos de nuestra profunda, densa y dificultosa gesta patriótica, esa que nos legó una Argentina extensa pero siempre dividida, atomizada dentro de su propia geografía como si su vastedad pluritexturada, lejos de sugerir infinitas posibilidades, resultara una infranqueable prisión, un peso demasiado grande para acarrear en los hombros a través del cruel devenir de los tiempos. Para escribir Sobre Héroes Y Tumbas, entonces, Sabato decidió que haría justamente eso que nadie se había animado a hacer antes: hundiría sus pies en el barro de la historia, en ese denso y ennegrecido fango en el que pocos habrían querido ensuciarse -pero que luego, en nuestros días, sería una fuente inacabable de un triste anecdotario que nada tiene que ver con la verdadera historia, la de nuestro pueblo- pero que él tenía la obligación de transitar con hidalguía, con el solo objeto de abrir a través de él un camino, una vía que exaltara una visión más acabada y global respecto a aquello antes indecible, hundido bajo el manto dificultoso del tabú, del prejuicio, de la visión única. Tal parece ser la única misión de Sobre Héroes Y Tumbas: enfrentarnos, a los argentinos, con nuestra propia locura, nuestras contradicciones inherentes, para intentar que, de ellas y del terror que nos generan, surja una nueva mentalidad; tal vez superadora, quizás no tan gloriosa, pero que no le tema a su propio pasado.

Parte de ese enfrentarnos con nuestra historia, tal vez el momento en el que más se sugiere este eterno devenir en el que lo que nos relatan los libros de texto lejos está de reflejar realmente la amplísima paleta del sentimiento humano, esa plétora confusa en la que pueden entrecruzarse tantos sentimientos como sentimientos mismos existen (es decir, lo inabarcable, lo inconmensurable), aparece al comienzo mismo de aquella legendaria novela -que si aún no han leído, desde ya que les recomendamos cálidamente- y se reitera hacia el final, cumpliendo con el desembozado objetivo de Sabato de sugerirnos sin sonrojarse aquella enloquecida circularidad con la que el horror (ese al que el propio autor confesaba buscarle la belleza, convencido él que de aquel oscuro lodo también se aprende, quizás más que de la victoria) se nos presenta una y otra vez en nuestras vidas, como si nos sobrevolara y descendiera sobre nosotros una y otra vez para reaparecer, resignificando los mismos hechos a partir de la realidad en la que se insertan. Esta última puede ser distinta, pero aquello no cambia lo que está en la raíz, parece decirnos por momentos la afiebrada prosa de Sabato, y lo que está en la raíz es el mismo miedo, la misma sangre, la misma confusa miríada de sensaciones que nos lleva a actuar sin pensar, a pensar sin actuar, a enloquecer sin vivir y a vivir sin ver realizados nuestros sueños sino conformándonos con lo que existe, con lo que es incuestionable, la realidad que no se objeta sino que se acepta como quien repite, hipnotizado, estupidizado, un mantra vacío de contenido en el que las palabras son apenas aquello que las palabras acarrean pero nada pueden decirnos pues no apelan a la humanidad sino a la negación de esa misma condición humana: al no enfrentarnos con nuestros miedos, con las pasiones más ocultas y los horrores más escondidos, la historia nada nos enseña. Posiblemente por eso el relato comience narrando uno de los momentos más controversiales y pasibles de interpretación de toda la gesta patriótica argentina, protagonizado a su vez por uno de sus personajes más polémicos y disputados. El libro nos sitúa, como si de una ucronía se tratase -aunque luego descubriremos que lejos está de serlo, sino que es más bien un certero lanzazo al historicismo de aquellos años, un relato sobre el relato, o mejor dicho bajo el relato- a principios de la década de 1840. Es allí cuando uno de los militares más prominentes de los primeros años de la aún no formada Argentina comienza a sentir bajo sus pies la amenaza latente del Averno, aunque fiel a su entrenamiento decide, tal es el destino de los hombres de armas, vender cara la derrota y, de ser necesario, morir bajo la espada antes que morir en la deshonra. Se trata de Juan Galo De La Valle, quien cuando sus galones aún valían algo más que el plomo y la plata de que estaban hechos se había destacado como uno de los jefes militares más corajudos y determinados de las guerras de independencia que se habían desatado no sólo en nuestra tierra sino también en otros parajes sudamericanos, donde la revuelta contra la opresión también era una realidad. La Valle había nacido en el seno de una familia de cierta aristocracia, pues su padre, el peruano Manuel José De La Valle, era quien coordinaba las rentas y el tabaco (uno imagina, dos grandes obsesiones, tal como lo son hoy) del Virreinato del Río de la Plata y su linaje descendía directamente del de la familia del conquistador de México, Hernán Cortés, y del de los condes franceses de Le Vallée, de donde proviene a su turno el apellido que le legaría, también, a su hijo. Durante unos pocos años, Juan Galo y su familia se trasladarían, merced a los negocios del pater familias, a Santiago de Chile, pero aquella excursión no impediría al joven Juan sentir una profunda identificación con la patria que lo había visto nacer. En 1812, plena explosión independentista de la Argentina en pos de romper las cadenas de la opresión española, este adolescente de apenas quince años se unía al regimiento de granaderos a caballo en la posición de cadete. Había regresado al país hacía apenas cinco años, pero esos años le bastaron para desarrollar una profunda conciencia sobre la necesidad de hombres de armas en aquel difícil momento para toda la región. Fue allí donde, para esconder todo rastro de anglicación de su nombre, decidió acortarlo, apenas, a Juan Lavalle, santo con el que se lo conocería hasta el final de sus días. El ascenso del valiente y decidido cadete no pudo ser más meteórico: apenas un año después de su ingreso, en 1813, fue ascendido a teniente, y en 1814 luchó como subordinado de Alvear en el segundo sitio a Montevideo. En 1815 participó, también, de las luchas contra Artigas al mando de Manuel Dorrego, y en 1816, bajo las órdenes de San Martín, integró el ejército de Los Andes con el que acompañó la gesta libertadora del país trasandino. Aquella conciencia latinoamericana lo acompañaría también durante sus sucesivas participaciones en las campañas al Perú, a la sierra y, especialmente, en la campaña al Ecuador, donde bajo las órdenes del coronel Santa Cruz llegó a ser conocido como “el León de Riobamba” por su decisiva participación en la no menos importante batalla ocurrida en la ciudad ecuatoriana del mismo nombre. A su regreso al país, tomó contacto con los líderes unitarios, quienes fueron convenciéndolo de que cada vez era más necesario iniciar una revuelta contra los líderes federales y populistas, en especial contra Manuel Dorrego, que hacia 1826 había ascendido a gobernador de Buenos Aires tras el fracaso unitario en la guerra contra el Brasil, en la que Lavalle había participado siendo herido en un brazo. El ya coronel accedió, y lo que sigue es historia conocida: inflamados sus ánimos por sus hasta entonces colegas, decidió fusilar a Dorrego, decisión que llevó a que todo apoyo a su figura fuera retirado en vistas de la barbarie. Aquella treta a la que lo habían conducido dejó a Lavalle atribulado y lo forzó a exiliarse hacia la Banda Oriental, donde volvió a encontrarse con su némesis Juan Manuel de Rosas. Durante los años subsiguientes intentaría, con el apoyo de algunas provincias unitarias, derrotar al rosismo, pero sus vanos intentos culminarían en una última y fatal traición cuando en 1841 el ejército correntino que lo acompañaba en su campaña al norte regresó a su provincia, abandonándolo. Acompañado de apenas unos pocos hombres, Lavalle muere asesinado en Jujuy (donde buscaba escapar hacia Bolivia) en octubre de 1841. Termina así una de las vidas más controvertidas de la historia argentina, que el propio Sabato, en compañía del genial Eduardo Falú, rescató seis años después de su insigne novela para este no menos conspicuo cantar de gesta al que tituló Romance De La Muerte De Juan Lavalle, en el que se relata magistralmente su huida hacia el norte y posterior muerte.

Tal vez sirva para enfrentarnos a nuestros fantasmas.

#argento  

Varios ArtistasNuggets: Original Artyfacts From The First Psychedelic Era 1966-1968Elektra, 1972320 kbps. | 211 (!) MB aprox.

Para comenzar una nueva semana iremos por un sendero que solemos transitar en pos de descubrir uno que aún todavía no habíamos andado, uno de esos aspectos de la música -de la industria musical, más bien- a los que todavía no habíamos aludido en este espacio que se ocupa de todo lo que tiene que ver con aquello tan hermoso que solemos compartir no sólo desde el punto de vista musical sino también desde el social. Es en pos de ese camino que en ocasiones, en vez de referirnos sólo a bandas, álbumes o movimientos, también vamos por rutas alternativas, que explican algunos aspectos que tienen que ver más que nada con cómo se mueve la industria cultural que se desarrolla en derredor de todo cuanto pasa en el mundillo de la música popular contemporánea. Sabemos bien (y si no saben, queridos, viene siendo hora de que se enteren) que hace mucho tiempo ya que la música dejó de ser apenas una expresión de los sentimientos e inquietudes de las personas para convertirse, de buenas a primeras, en un pingüe negocio para muchas empresas que buscan hacerse el mango, justamente, usufructuando aquellas emociones humanas y transfigurándolas en estructuras comunes, las que luego son usadas como ardides publicitarios que buscan impactar en la sensibilidad de las personas y convencerles de comprar, de hacer, de actuar de una manera determinada. Así están las cosas, queridos. Es en tal sentido que, muchas veces, el hecho artístico original es reinterpretado, reempaquetado y vendido nuevamente, una vez más, como para convencernos de que lo que necesitamos es comprar siempre lo que nos haga bien, por más que su esencia sea siempre idéntica y que lo único que cambie es el envoltorio. Hemos hecho referencia -y algún intento explicativo- por estos lares de una de las maneras más unánimemente reconocidas de ejercer este poder que decíamos detentan las discográficas: el álbum en vivo, o en directo, cuyo eje fundamental es el de capturar rendiciones in situ de algunos de los éxitos de algún que otro grupo en un denodado esfuerzo por reempaquetar aquello que ya se empaquetó hasta el hartazgo, recrear una situación de originalidad que ya no existe otorgándole una impronta espontánea, viva. En aquel momento, cuando nos referimos a los álbumes en vivo, hicimos una encendida defensa de su existencia, no dejando de reconocer en ningún momento la inmensa cantidad de robos para la corona que se han cometido en nombre de dicha cuestión pero a la vez haciendo carne una de las necesidades más acuciantes que un disco en vivo resuelve, la de la temporalidad. Decíamos, allí, que lo que se transmite a través de un buen álbum en directo es aquel momento irrepetible en el tiempo, que pocos tuvieron la suerte de vivir pero que de algún modo, en dichas grabaciones, revive por un momento, nos transporta a una época ensoñada, casi utópica. Pues bien, hoy iremos por un camino similar. Sabemos que el ardid al que vamos a referirnos hoy es posiblemente el depositario más grande de choreos que exista en la música popular contemporánea, pero a la vez también somos muy conscientes -y, esperemos, ustedes también terminen siéndolo- de que ejemplos como el que hoy compartiremos justifican largamente su existencia, pues son la puerta de entrada a un mundo fascinante al que, quizás, no hubiésemos accedido de no ser por aquel álbum que llegó a nuestras manos y nos abrió la cabeza a nuevas emociones, a sensibilidades renovadas. La semana pasada, en esta mismísima columna, les presentamos a una banda que hizo del comedy rock (esa mixtura de rock y actuaciones y líricas dignas de un programa de humor) su modo de existencia, su militancia, todo su propósito. Lo hicimos de una manera muy particular, en la que no habíamos incurrido hasta entonces: en lugar de compartir con ustedes uno de los álbumes de la carrera del grupo, optamos por una alternativa un tanto más abarcativa, aunque posiblemente no tan detallada. Hablamos, por supuesto, de una compilación, de una colección de esas comúnmente llamadas grandes éxitos (aunque en el caso de la banda a que nos referíamos, faltaría el temita del éxito, pero dale) que supuestamente recorren en mayor o menor medida el discurrir musical de un grupo desde sus primeros hasta sus últimos esfuerzos a partir de los teóricos puntos altos de cada uno de sus álbumes. Nunca antes habíamos publicado, por acá, una recopilación de ese tipo; ni de ninguno, si vamos al punto. Por eso nos pareció que justamente era algo de eso lo que nos venía faltando. Si hablamos de los discos en vivo, ¿por qué no hablar de los compilados? Cierto es que los primeros gozan de mucha más simpatía que los segundos, y aquello es lógico. Las compilaciones no suelen aspirar a ser trabajos artísticos de seriedad, pues usualmente no son más que movidas de los sellos para hacer más guita con el catálogo de una banda que no está en el tope de su productividad, aprovechando el tener la propiedad de las obras del grupo para recauchutarlas en un nuevo volumen. Por eso suele resultar bastante complicado encontrar una recopilación que posea cierta relevancia desde un punto de vista que no sea estrictamente el comercial. Complicado, mas no imposible, y el ejemplo de esto es aquel que les presentaremos hoy. Porque a veces, muy de vez en cuando, aparece uno de esos compilados que intentan reflejar ya no la carrera de un artista sino el devenir, por caso, de un movimiento desconocido a partir de sus canciones menos oscuras, de sus simples más populares. Estos grupos de canciones, en ocasiones de heterogéneo atractivo, poseen de todas maneras un magnetismo irresistible, ese del que muchas veces hablamos por acá: nos transportan a un momento, nos llevan a una era inexplorada por nosotros y nos abren la cabeza a su esencia, a su realidad, a aquello que nunca habíamos mirado y ahora, abierta nuestra conciencia, se nos sugiere fascinante, único, expansivo y encantador. El caso del compilado que les presentaremos hoy es precisamente ese, pues es una fascinante recopilación de obras de un momento en el tiempo virtualmente desconocido que, a partir de la aparición de este álbum, cobró una nueva relevancia hasta transformarse en un fenómeno que inspiró, incluso, la oleada punk de la segunda mitad de los años ‘70. Pavada de legado para una simple compilación, ¿no les parece?
Hacia 1972, un inquieto e inteligentísimo empresario llamado Jac Holzman estaba a punto de abandonar a su hijo pródigo, la discográfica Elektra Records que había fundado en un dormitorio de la universidad con su amigo Paul Rickolt hacía más de dos décadas. Durante ese tiempo, la habilidosa muñeca de Holzman había llevado a Elektra a ser uno de los sellos más influyentes de la década del ‘60, con una grilla de artistas que llegó a incluir a bandas como los Doors o Love, puntas de lanza de la movida psicodélica de San Francisco que dio vida al verano del amor y, por tanto, al hippismo. Varios álbumes lanzados por Elektra (como Forever Changes, Kick Out The Jams o Happy Sad) fueron la banda de sonido de un periodo tan productivo como aperturista y genial, que el propio Holzman entendió había que encarar con una cabeza bien amplia y una oreja bien atenta. Eso, por supuesto, fue lo que hizo, y a comienzos de la década siguiente aquella aventura que había iniciado con un puñado de dólares ya valía unos cuantos millones. Al menos eso pensaron los muchachos de la Kinney National Company, quienes en 1970 desembolsaron una buena cantidad de rúculas para comprarle el catálogo y los activos de Elektra al bueno de Jac, que quedaría como CEO del sello (y de su no menos interesante subsidiaria Nonesuch) hasta aquel año ‘72 en el que una nueva fusión, esta vez de KNC con Warner, llevaría al sello a unirse a Asylum Records, y a Holzman a dejar su posición de capo total a manos nada menos que de David Geffen, CEO él de Asylum. Pero antes de irse, Holzman le legaría a su bebé un último éxito, una risotada que demuestra esa teoría de lo que pasa cuando alguien ríe al final. Durante aquellos años, el siempre atento empresario había notado cómo la estructura de las radios AM despreciaba las canciones largas, llevando a que temas que eran demasiado extensos como para exhibirse en sus frecuencias debieran ser cortados sin piedad alguna. Esto lo llevó a pensar en lo que había dado origen a este fenómeno. Concluyó, Holzman, que mucho tenían que ver en esto esas bandas que, tomando las primeras enseñanzas de las bandas de la costa oeste (Beach Boys, Ventures) en términos de rítmica y melodía, perfeccionaron ese estilo hasta crear un sonido pleno de riffs y polenta pero también de un profundo sentido de lo pop, de los estribillos y las buenas melodías. Aquello, que daría en llamarse garage rock, se transformó en una obsesión para Jac. Había pasado muy poco tiempo como para darle a la investigación un sentido histórico, pero algo en él sentía que estas bandas -que eran muchísimas- no habían recibido la atención que merecían y que, tal vez, si volvía a hablarse de ellas en un momento como ese (con el punk en ciernes a partir del garage y el glam) sí adquirirían una tardía notoriedad. Holzman se contactó con alguien que creía tenía la llave para abrir semejante bóveda: Lenny Kaye, archivista y periodista de rocanrol que además era el violero de Patti Smith, sería el encargado de llevar adelante semejante proyecto. Kaye sabía de lo que estaba hablando, y muy rápidamente convenció a Elektra de que así era, presentándole al propio Holzman y sus subalternos una colección alucinante de gemas de una era perdida en donde lo que importaba era sonar tan fuerte como ajustado como, por supuesto, inherentemente pop. Cuando el bueno de Jac escuchó algunas de estas canciones, supo que estaba ante verdaderas joyas, por lo que decidió que la compilación se llamara Nuggets, es decir, pepitas de oro. Mientras tanto, Kaye se puso a laburar en el repertorio con el que reflejaría esta verdadera época dorada, que predefiniría en muchos sentidos lo que vendría en la música popular: de la crudeza y la electricidad del garage, muchos jóvenes que estaban por armar sus bandas sacaron la idea de tocar rápido y fuerte, lo que luego se conocería como punk rock. Es, de hecho, en las notas de edición de Nuggets que el mismísimo Lenny usa aquel término, en una de las primeras ocasiones en las que el mismo sirve como descripción de un fenómeno musical: hablaba de la poca profesionalidad de estas bandas, de su efímera existencia y de su enfoque en hacer una gran canción para pegarla y salvarse. Refería, también, en las mismas líneas, al uso del feedback y demás efectos para rememorar la experiencia de estar drogado, condición sine qua non -parece- para hacer música durante ese periodo. Todo esto redunda en una colección de grupos y canciones que destacan por su honestidad, su desparpajo y su desinterés por las viejas estructuras, que son reemplazadas por la fuerza y el brío de la novedad, por la velocidad de lo urgente, por la espontaneidad de lo joven. He aquí, entonces, la maravillosa colección de simples del periodo 1965-1968 que Kaye y Holzman armaron para que Elektra editara en 1972 bajo el nombre de Nuggets: Original Artyfacts -juego entre artifacts (reliquias) y arty- From The First Psychedelic Era, subtítulo este sugerido por Lenny para describir el eje de la compilación. Obviamente que la explicación es absolutamente perfecta, sobre todo cuando se pone play y se escucha cuál es la canción que inaugura la recopilación: vieja conocida de este espacio, quizás una de las más simbólicas de la era del garage, la alucinante y dispersa “I Had Too Much To Dream (Last Night)” que llegó a titular el álbum debut de los californianos The Electric Prunes es una propicia inauguración para una verdadera colección de gemas, que arranca allí y no se detiene. Además de otros amigos de este blog como los 13th Floor Elevators (y amén de la increíble ausencia de The Mysterians) Nuggets contiene algunas de las mejores bandas yanquis de la segunda mitad de los ‘60: The Amboy Dukes (con el gran Ted Nugent en la voz cantante, aquí se incluye su rendición del blues “Baby Please Don’t Go”), Count Five (favoritos ellos de Lester Bangs, su éxito “Psychotic Reaction” se encuentra en el centro de la compilación), Blues Magoos, Sagittarius, Knickerbockers, The Seeds, Nazz, Chocolate Watchband o The Standells, todos tienen su lugar en un disco eléctrico, sugestivo, volátil pero por sobre todas las cosas absolutamente impecable. Ninguna de las 27 (!) canciones aquí incluidas parece sobrar. Por el contrario, todas te dejan con muchas, muchas ganas de seguir escuchando.
¿No es ese acaso el mejor elogio para un compilado?

Varios Artistas
Nuggets: Original Artyfacts From The First Psychedelic Era 1966-1968
Elektra, 1972
320 kbps. | 211 (!) MB aprox.

Para comenzar una nueva semana iremos por un sendero que solemos transitar en pos de descubrir uno que aún todavía no habíamos andado, uno de esos aspectos de la música -de la industria musical, más bien- a los que todavía no habíamos aludido en este espacio que se ocupa de todo lo que tiene que ver con aquello tan hermoso que solemos compartir no sólo desde el punto de vista musical sino también desde el social. Es en pos de ese camino que en ocasiones, en vez de referirnos sólo a bandas, álbumes o movimientos, también vamos por rutas alternativas, que explican algunos aspectos que tienen que ver más que nada con cómo se mueve la industria cultural que se desarrolla en derredor de todo cuanto pasa en el mundillo de la música popular contemporánea. Sabemos bien (y si no saben, queridos, viene siendo hora de que se enteren) que hace mucho tiempo ya que la música dejó de ser apenas una expresión de los sentimientos e inquietudes de las personas para convertirse, de buenas a primeras, en un pingüe negocio para muchas empresas que buscan hacerse el mango, justamente, usufructuando aquellas emociones humanas y transfigurándolas en estructuras comunes, las que luego son usadas como ardides publicitarios que buscan impactar en la sensibilidad de las personas y convencerles de comprar, de hacer, de actuar de una manera determinada. Así están las cosas, queridos. Es en tal sentido que, muchas veces, el hecho artístico original es reinterpretado, reempaquetado y vendido nuevamente, una vez más, como para convencernos de que lo que necesitamos es comprar siempre lo que nos haga bien, por más que su esencia sea siempre idéntica y que lo único que cambie es el envoltorio. Hemos hecho referencia -y algún intento explicativo- por estos lares de una de las maneras más unánimemente reconocidas de ejercer este poder que decíamos detentan las discográficas: el álbum en vivo, o en directo, cuyo eje fundamental es el de capturar rendiciones in situ de algunos de los éxitos de algún que otro grupo en un denodado esfuerzo por reempaquetar aquello que ya se empaquetó hasta el hartazgo, recrear una situación de originalidad que ya no existe otorgándole una impronta espontánea, viva. En aquel momento, cuando nos referimos a los álbumes en vivo, hicimos una encendida defensa de su existencia, no dejando de reconocer en ningún momento la inmensa cantidad de robos para la corona que se han cometido en nombre de dicha cuestión pero a la vez haciendo carne una de las necesidades más acuciantes que un disco en vivo resuelve, la de la temporalidad. Decíamos, allí, que lo que se transmite a través de un buen álbum en directo es aquel momento irrepetible en el tiempo, que pocos tuvieron la suerte de vivir pero que de algún modo, en dichas grabaciones, revive por un momento, nos transporta a una época ensoñada, casi utópica. Pues bien, hoy iremos por un camino similar. Sabemos que el ardid al que vamos a referirnos hoy es posiblemente el depositario más grande de choreos que exista en la música popular contemporánea, pero a la vez también somos muy conscientes -y, esperemos, ustedes también terminen siéndolo- de que ejemplos como el que hoy compartiremos justifican largamente su existencia, pues son la puerta de entrada a un mundo fascinante al que, quizás, no hubiésemos accedido de no ser por aquel álbum que llegó a nuestras manos y nos abrió la cabeza a nuevas emociones, a sensibilidades renovadas. La semana pasada, en esta mismísima columna, les presentamos a una banda que hizo del comedy rock (esa mixtura de rock y actuaciones y líricas dignas de un programa de humor) su modo de existencia, su militancia, todo su propósito. Lo hicimos de una manera muy particular, en la que no habíamos incurrido hasta entonces: en lugar de compartir con ustedes uno de los álbumes de la carrera del grupo, optamos por una alternativa un tanto más abarcativa, aunque posiblemente no tan detallada. Hablamos, por supuesto, de una compilación, de una colección de esas comúnmente llamadas grandes éxitos (aunque en el caso de la banda a que nos referíamos, faltaría el temita del éxito, pero dale) que supuestamente recorren en mayor o menor medida el discurrir musical de un grupo desde sus primeros hasta sus últimos esfuerzos a partir de los teóricos puntos altos de cada uno de sus álbumes. Nunca antes habíamos publicado, por acá, una recopilación de ese tipo; ni de ninguno, si vamos al punto. Por eso nos pareció que justamente era algo de eso lo que nos venía faltando. Si hablamos de los discos en vivo, ¿por qué no hablar de los compilados? Cierto es que los primeros gozan de mucha más simpatía que los segundos, y aquello es lógico. Las compilaciones no suelen aspirar a ser trabajos artísticos de seriedad, pues usualmente no son más que movidas de los sellos para hacer más guita con el catálogo de una banda que no está en el tope de su productividad, aprovechando el tener la propiedad de las obras del grupo para recauchutarlas en un nuevo volumen. Por eso suele resultar bastante complicado encontrar una recopilación que posea cierta relevancia desde un punto de vista que no sea estrictamente el comercial. Complicado, mas no imposible, y el ejemplo de esto es aquel que les presentaremos hoy. Porque a veces, muy de vez en cuando, aparece uno de esos compilados que intentan reflejar ya no la carrera de un artista sino el devenir, por caso, de un movimiento desconocido a partir de sus canciones menos oscuras, de sus simples más populares. Estos grupos de canciones, en ocasiones de heterogéneo atractivo, poseen de todas maneras un magnetismo irresistible, ese del que muchas veces hablamos por acá: nos transportan a un momento, nos llevan a una era inexplorada por nosotros y nos abren la cabeza a su esencia, a su realidad, a aquello que nunca habíamos mirado y ahora, abierta nuestra conciencia, se nos sugiere fascinante, único, expansivo y encantador. El caso del compilado que les presentaremos hoy es precisamente ese, pues es una fascinante recopilación de obras de un momento en el tiempo virtualmente desconocido que, a partir de la aparición de este álbum, cobró una nueva relevancia hasta transformarse en un fenómeno que inspiró, incluso, la oleada punk de la segunda mitad de los años ‘70. Pavada de legado para una simple compilación, ¿no les parece?

Hacia 1972, un inquieto e inteligentísimo empresario llamado Jac Holzman estaba a punto de abandonar a su hijo pródigo, la discográfica Elektra Records que había fundado en un dormitorio de la universidad con su amigo Paul Rickolt hacía más de dos décadas. Durante ese tiempo, la habilidosa muñeca de Holzman había llevado a Elektra a ser uno de los sellos más influyentes de la década del ‘60, con una grilla de artistas que llegó a incluir a bandas como los Doors o Love, puntas de lanza de la movida psicodélica de San Francisco que dio vida al verano del amor y, por tanto, al hippismo. Varios álbumes lanzados por Elektra (como Forever Changes, Kick Out The Jams o Happy Sad) fueron la banda de sonido de un periodo tan productivo como aperturista y genial, que el propio Holzman entendió había que encarar con una cabeza bien amplia y una oreja bien atenta. Eso, por supuesto, fue lo que hizo, y a comienzos de la década siguiente aquella aventura que había iniciado con un puñado de dólares ya valía unos cuantos millones. Al menos eso pensaron los muchachos de la Kinney National Company, quienes en 1970 desembolsaron una buena cantidad de rúculas para comprarle el catálogo y los activos de Elektra al bueno de Jac, que quedaría como CEO del sello (y de su no menos interesante subsidiaria Nonesuch) hasta aquel año ‘72 en el que una nueva fusión, esta vez de KNC con Warner, llevaría al sello a unirse a Asylum Records, y a Holzman a dejar su posición de capo total a manos nada menos que de David Geffen, CEO él de Asylum. Pero antes de irse, Holzman le legaría a su bebé un último éxito, una risotada que demuestra esa teoría de lo que pasa cuando alguien ríe al final. Durante aquellos años, el siempre atento empresario había notado cómo la estructura de las radios AM despreciaba las canciones largas, llevando a que temas que eran demasiado extensos como para exhibirse en sus frecuencias debieran ser cortados sin piedad alguna. Esto lo llevó a pensar en lo que había dado origen a este fenómeno. Concluyó, Holzman, que mucho tenían que ver en esto esas bandas que, tomando las primeras enseñanzas de las bandas de la costa oeste (Beach Boys, Ventures) en términos de rítmica y melodía, perfeccionaron ese estilo hasta crear un sonido pleno de riffs y polenta pero también de un profundo sentido de lo pop, de los estribillos y las buenas melodías. Aquello, que daría en llamarse garage rock, se transformó en una obsesión para Jac. Había pasado muy poco tiempo como para darle a la investigación un sentido histórico, pero algo en él sentía que estas bandas -que eran muchísimas- no habían recibido la atención que merecían y que, tal vez, si volvía a hablarse de ellas en un momento como ese (con el punk en ciernes a partir del garage y el glam) sí adquirirían una tardía notoriedad. Holzman se contactó con alguien que creía tenía la llave para abrir semejante bóveda: Lenny Kaye, archivista y periodista de rocanrol que además era el violero de Patti Smith, sería el encargado de llevar adelante semejante proyecto. Kaye sabía de lo que estaba hablando, y muy rápidamente convenció a Elektra de que así era, presentándole al propio Holzman y sus subalternos una colección alucinante de gemas de una era perdida en donde lo que importaba era sonar tan fuerte como ajustado como, por supuesto, inherentemente pop. Cuando el bueno de Jac escuchó algunas de estas canciones, supo que estaba ante verdaderas joyas, por lo que decidió que la compilación se llamara Nuggets, es decir, pepitas de oro. Mientras tanto, Kaye se puso a laburar en el repertorio con el que reflejaría esta verdadera época dorada, que predefiniría en muchos sentidos lo que vendría en la música popular: de la crudeza y la electricidad del garage, muchos jóvenes que estaban por armar sus bandas sacaron la idea de tocar rápido y fuerte, lo que luego se conocería como punk rock. Es, de hecho, en las notas de edición de Nuggets que el mismísimo Lenny usa aquel término, en una de las primeras ocasiones en las que el mismo sirve como descripción de un fenómeno musical: hablaba de la poca profesionalidad de estas bandas, de su efímera existencia y de su enfoque en hacer una gran canción para pegarla y salvarse. Refería, también, en las mismas líneas, al uso del feedback y demás efectos para rememorar la experiencia de estar drogado, condición sine qua non -parece- para hacer música durante ese periodo. Todo esto redunda en una colección de grupos y canciones que destacan por su honestidad, su desparpajo y su desinterés por las viejas estructuras, que son reemplazadas por la fuerza y el brío de la novedad, por la velocidad de lo urgente, por la espontaneidad de lo joven. He aquí, entonces, la maravillosa colección de simples del periodo 1965-1968 que Kaye y Holzman armaron para que Elektra editara en 1972 bajo el nombre de Nuggets: Original Artyfacts -juego entre artifacts (reliquias) y arty- From The First Psychedelic Era, subtítulo este sugerido por Lenny para describir el eje de la compilación. Obviamente que la explicación es absolutamente perfecta, sobre todo cuando se pone play y se escucha cuál es la canción que inaugura la recopilación: vieja conocida de este espacio, quizás una de las más simbólicas de la era del garage, la alucinante y dispersa “I Had Too Much To Dream (Last Night)” que llegó a titular el álbum debut de los californianos The Electric Prunes es una propicia inauguración para una verdadera colección de gemas, que arranca allí y no se detiene. Además de otros amigos de este blog como los 13th Floor Elevators (y amén de la increíble ausencia de The Mysterians) Nuggets contiene algunas de las mejores bandas yanquis de la segunda mitad de los ‘60: The Amboy Dukes (con el gran Ted Nugent en la voz cantante, aquí se incluye su rendición del blues “Baby Please Don’t Go”), Count Five (favoritos ellos de Lester Bangs, su éxito “Psychotic Reaction” se encuentra en el centro de la compilación), Blues Magoos, Sagittarius, Knickerbockers, The Seeds, Nazz, Chocolate Watchband o The Standells, todos tienen su lugar en un disco eléctrico, sugestivo, volátil pero por sobre todas las cosas absolutamente impecable. Ninguna de las 27 (!) canciones aquí incluidas parece sobrar. Por el contrario, todas te dejan con muchas, muchas ganas de seguir escuchando.

¿No es ese acaso el mejor elogio para un compilado?


CaravanFor Girls Who Grow Plump In The NightDecca, 1973320 kbps. | 178 (!) MB aprox.

Se termina una nueva semana y regresamos a la que venía siendo la misión más reciente de este espacio antes que nos tomáramos un muy necesario descanso. Es, entonces, pertinente hacer un repaso sobre la intención que íbamos a desarrollar durante un par de viernes más, porque seguramente -y por más que esto se vea apenas se ingresa a la página inicial del blog- muchos de ustedes (la mayoría, por no decir todos) probablemente no tengan en mente nada de lo relativo a cuanto aquí se escribe. Sólo yo, después de todo, tengo habilitado ser tan obsesivo respecto a este espacio (?). Por lo tanto, y en pos de reafirmar que esto que queríamos afrontar continuará pese a haberse visto cercenada su continuidad cronológica por el hecho de que somos unos pajeros (?) les recordaremos cuál iba a ser nuestro -por llamarlo de algún modo- mini-ciclo de posts alegóricos. Saben ustedes, lo han visto alguna vez y tal vez lo recuerden, que cada tanto solemos enfrascarnos en la tarea de profundizar respecto a una expresión, una idea, un estilo, un movimiento, un género, en fin, alguno de los muchos principios aglutinantes que tiene la música. El fin es el mismo que tienen todas las palabras aquí contenidas, dar una definición historicista y contextualizada de lo que pasa por los costados, por los confines de la música y que no tiene que ver estrictamente con ella sino con aspectos más bien sociales y culturales (e incluso políticos), pero en estos casos que relatamos, el enfoque cambia decisivamente. Lo que acostumbramos hacer cuando tomamos un género es desmenuzarlo aleatoriamente, tomarlo en un momento, dejar pasar un tiempo y luego, al tiempo, retomarlo para a partir de tal reformulación crear una red descriptiva donde el concepto se amplíe y su aprendizaje (si es que hay un aprendizaje involucrado en lo que aquí hacemos, que esperamos que sí) se haga más sencillo. La idea es no sobredosificar la información, en pos de que su procesamiento sea más bien paulatino, y así se incorpore mejor a la experiencia de la escucha. Esperamos, en este sentido, que muchos de ustedes entiendan hoy mucho mejor que cuando nos aprestamos a recorrerla la historia y la importancia que la música negra estadounidense tuvo en el panorama de aquel país. Eso se logró, de todas maneras, con un cambio de paradigma. Seguramente, aquel fue el lapso más extenso que pasamos hablando de un mismo tema, y sirvió de norte para darnos cuenta de que podemos hacerlo con cierta asiduidad. Pero claro, para afrontar tal tarea, el movimiento al que nos referimos tiene que tener múltiples interpretaciones y ser pasible de infinitas descripciones que hablen de momentos, de la generación de una movida desde su génesis hasta su final, pasando por su apogeo y, claro, haciendo hincapié en la importancia que tuvo no sólo para la música popular contemporánea sino -y tal vez esto sea aún más importante- para la cultura y la música del país donde aquella creación tuvo lugar. Así fue que pasamos, durante un mes bello allá lejos y hace tiempo, por el que este humilde escriba cree que fue el último proceso realmente revolucionario que tuvo lugar en la música de nuestra era, aquel donde un grupo de jóvenes universitarios y culturosos de inquieta psiquis lograron subvertir la herencia anglófila que regía a todo cuanto sonaba por sus tierras y crearon de la nada un nuevo estilo, un paradigma renovado, una manera de hacer las cosas inédita hasta entonces. Recordábamos, allí, que fue la prensa británica la que tuvo a su cargo la responsabilidad de bautizar un movimiento descentralizado, heterogéneo y carente de organización. Como estaban, los muchachos de los que hablamos, en Alemania, los muy inteligentes invadepaíses le batieron a aquella ensalada musical el propicio mote de krautrock con el que se conoció y conoce hasta hoy a una plétora de maneras de acercarse al hecho musical y artístico que definieron a una juventud casi tan importante históricamente (amén de no estar en todos los libros) como aquella que impulsara el mayo francés. Pues bien, en el género -o, mejor dicho, el movimiento- en el que venimos incurriendo hace ya un par de semanas (a partir de un post que funcionó como disparador al hacernos dar cuenta de que no estábamos dándole la relevancia que a nuestro entender merece) ambas cuestiones se entrecruzan: una inquieta generación que, inspirada en el auge revolucionario que la cultura joven adquirió a partir de su contestataria lucha pacifista (probablemente la única herencia digna de ser mencionada de la funesta oleada del flower power), crea su propia manera de entender el mundo y, por consiguiente, el arte, y una tierra propicia para tales fines como lo fue aquella que durante el hippismo dio a los Beatles y que, como resaca, fue creando y olvidándose de diversas movidas adyacentes que buscaban en aquel fenómeno su inspiración. Bueno, la verdad que sería bastante poco fiel a la verdad hablar de influencia beatle en el movimiento del que hablamos, pero también huelga reconocer que sin cuatro de Liverpool, nada de esto hubiese pasado, en especial en términos de apertura artística. En definitiva, cuando alguien demostró que las cosas podían hacerse distinto y lo hizo desde el rock, todos aquellos que querían diferenciarse optaron por aquel sonido y lo hicieron de las maneras más variadas, diversas y, en el caso de aquella movida de la que hablamos, bien distintiva. Porque, nuevamente a criterio de quien esto escribe, es justo decir que pocos grupos de gente han producido música tan original y significativa para quienes entendemos que lo que hay que hacer es siempre correr los límites como lo hizo la generación de músicos de jazz y conservatorio tornados hacia el lado del rocanrol que se llamó, a la postre y por su asociación con un espacio geográfico particular -obsesión muy común de los ingleses, con su merseybeat y, luego, su brit pop- con el ya legendario nombre de escena de Canterbury o, en su otra acepción, rock canterburiano.
Por si no se dieron cuenta y hace falta reforzar la imagen, sí, aquí en este humilde blog sencillamente nos encanta hablar de todo cuanto tenga que ver con Canterbury, un movimiento que duró apenas unos años -menos de una década- pero que dejó tras de sí un acervo musical de lo más interesante, inspirado y verdaderamente genial de todo cuanto se haya producido en la Inglaterra post Beatles. Tras la sin lugar a dudas fulgurante aparición de los Fab Four y su exilio autoimpuesto hacia la tierra de los libres y hogar de los valientes, lo que más ocurrió en términos musicales en su tierra natal fueron colectivo tras colectivo de salieris que buscaban el mismo impacto que Lennon y Macca habían tenido en la juventud de esos días a través de pastosas y edulcoradas melodías, torpes armonías y desembozados intentos por transformarse en la nueva sensación de la música, arrebatos netamente comerciales que nos han dejado alguna que otra gema digna de recordar pero que han producido materiales más bien olvidables, que lejos están de ser considerados en un hipotético Parnaso sino que más bien se sitúan en la papelera de reciclaje del rocanrol. Podemos considerar a esto una consecuencia lógica, si lo pensamos bien. Por un lado, es lógico que la escena se resienta y recalcule sus objetivos cuando alguien rompe los moldes de una manera tan alevosa; y por otro también es entendible que lo que haya quedado sea apenas la resaca, en especial cuando las bandas más prominentes de la isla terminaron yéndose todas a probar suerte (y algunos, a obtenerla) en los Estados Unidos. Más aún, cuando se piensa que alguien descubrió el filón, lo clásico para ciertas frentes carentes de ancho (?) es pensar que cualquiera puede hacerlo y que eso es lo que va a vender (la lógica de la máquina de hacer chorizos, que le llaman). Pues no, queridos, no cualquiera puede hacer lo que hicieron los Beatles. Por lo que lejos de la lógica y más cerca de la ironía, hay que apelar al exacto contrario, al espejo de aquello que es exitoso, para encontrar algo que tenga significado. Es esa la visión de este blog, en realidad, pero también pareció ser el principio rector de la escena de Canterbury. Es imposible entender, de otra manera, que en la continuidad cronológica que sugiere la línea de tiempo del rock británico, el movimiento canterburiano aparezca en un sitio directamente posterior al beat de los liverpulianos y todos los demás que no nos importan. Evidentemente -sensación reforzada por el nacimiento del Rock In Opposition que reseñamos en alguna aventura anterior- la idea de quienes fueron los pioneros de la escena fue apartarse conscientemente del comercialismo en búsqueda de algo que fuese, para ellos, más valioso, una realización. Todo ese proceso, que a juzgar por lo que terminó produciendo lejos estuvo de ser espontáneo pero cuya determinada expansión tuvo ribetes de contagio que sí sugieren cierta emoción común y no un plan direccionado, comienza con un antecedente clave que tiene lugar en simultáneo con el primer auge beatle, lo que nos habla a las claras de que quienes fueron los cráneos de todo lo que pasaría apenas unos años después ya tenían bien clarito lo que querían hacer y, más aún, sabían a las claras que su destino estaba bastante alejado de aquella música que escuchaban todos. Bien por ellos, que aparecieron en derredor de Canterbury, ciudad profundamente eclesiástica que se halla en el corazón del recoleto condado del sudoeste inglés que se llama como Clark (?), Kent. Allí se juntaron un grupo de barriletes en una efímera agrupación que se llamó The Wilde Flowers. En esta banda, cuyo derrotero data de 1964 a 1967 y no cuenta con grabaciones oficiales (aunque sí con alguna que otra recopilación oportunista) revistieron nenes de pecho como Kevin Ayers, Brian y Hugh Hopper, Robert Wyatt y, sobre todo, la plana mayor de un grupo que se formó a poco de separados los Wilde Flowers y que es objeto del post que aquí presentamos. Originada de una débâcle como es la desaparición de un grupo que no le importa a nadie pero que a la postre probaría ser mucho más influyente que otros que sí, la banda póstuma de los ex Wilde Flowers Pye Hastings (guitarra, voz y composición), David (teclados) y Richard Sinclair (bajo) y Richard Coughlan (batería) se llamó Caravan y comenzó su carrera en 1968 con una idea mucho más abarcativa y ambiciosa que su antecesora. Inspirados en las lecciones del rock psicodélico pero con un enfoque mucho más expansivo, que traía lecciones del jazz, la música de cámara y algunas variantes más experimentales (avant garde, música improvisada), los Caravan se volvieron una sensación instantánea, al punto tal de ser la primera banda británica firmada por el sello Verve, que les editó su debut Caravan en el mismo ‘68. También fueron la última, porque Verve los despidió poco después, ante lo que se cambiaron a la más propicia Decca. Tras dos álbumes bastante exitosos, David Sinclair abandona el grupo y en su lugar ingresa el tecladista de jazz Steve Miller. La impronta de Miller, pese a su poco tiempo de membresía, hizo de Caravan una banda nueva, todavía más arriesgada y densa, que grabó en 1972 el brillante Waterloo Lily para desintegrarse poco después. Por suerte su factótum Pye Hastings bancó la parada lo suficiente como para traer de vuelta a Sinclair y, junto a él, Coughlan, el bajista John Perry y el violista Geoff Richardson, grabar durante los primeros meses de 1973 el que sería el opus magna de esta insigne banda británica, este For Girls Who Grow Plump In The Night que salió por Decca en octubre de aquel año. Lo maravilloso de este álbum es todo cómo logran combinar una inédita sensibilidad melódica (las bellísimas “Surprise, Surprise” y “The Dog, The Dog, He’s At it Again”) con extensas suites como la que cierra el disco y demuestra a las claras la calidad compositiva e instrumental de unos muchachos que demostrarían estar a años luz, incluso, de la oleada del rock progresivo que los precedió por ideas, por buen gusto y, sobre todo, porque lo que hay aquí es genialidad sin limitaciones, sin pruritos, sólo ganas de hacer música.
¡Y qué música, amigos!

Caravan
For Girls Who Grow Plump In The Night
Decca, 1973
320 kbps. | 178 (!) MB aprox.

Se termina una nueva semana y regresamos a la que venía siendo la misión más reciente de este espacio antes que nos tomáramos un muy necesario descanso. Es, entonces, pertinente hacer un repaso sobre la intención que íbamos a desarrollar durante un par de viernes más, porque seguramente -y por más que esto se vea apenas se ingresa a la página inicial del blog- muchos de ustedes (la mayoría, por no decir todos) probablemente no tengan en mente nada de lo relativo a cuanto aquí se escribe. Sólo yo, después de todo, tengo habilitado ser tan obsesivo respecto a este espacio (?). Por lo tanto, y en pos de reafirmar que esto que queríamos afrontar continuará pese a haberse visto cercenada su continuidad cronológica por el hecho de que somos unos pajeros (?) les recordaremos cuál iba a ser nuestro -por llamarlo de algún modo- mini-ciclo de posts alegóricos. Saben ustedes, lo han visto alguna vez y tal vez lo recuerden, que cada tanto solemos enfrascarnos en la tarea de profundizar respecto a una expresión, una idea, un estilo, un movimiento, un género, en fin, alguno de los muchos principios aglutinantes que tiene la música. El fin es el mismo que tienen todas las palabras aquí contenidas, dar una definición historicista y contextualizada de lo que pasa por los costados, por los confines de la música y que no tiene que ver estrictamente con ella sino con aspectos más bien sociales y culturales (e incluso políticos), pero en estos casos que relatamos, el enfoque cambia decisivamente. Lo que acostumbramos hacer cuando tomamos un género es desmenuzarlo aleatoriamente, tomarlo en un momento, dejar pasar un tiempo y luego, al tiempo, retomarlo para a partir de tal reformulación crear una red descriptiva donde el concepto se amplíe y su aprendizaje (si es que hay un aprendizaje involucrado en lo que aquí hacemos, que esperamos que sí) se haga más sencillo. La idea es no sobredosificar la información, en pos de que su procesamiento sea más bien paulatino, y así se incorpore mejor a la experiencia de la escucha. Esperamos, en este sentido, que muchos de ustedes entiendan hoy mucho mejor que cuando nos aprestamos a recorrerla la historia y la importancia que la música negra estadounidense tuvo en el panorama de aquel país. Eso se logró, de todas maneras, con un cambio de paradigma. Seguramente, aquel fue el lapso más extenso que pasamos hablando de un mismo tema, y sirvió de norte para darnos cuenta de que podemos hacerlo con cierta asiduidad. Pero claro, para afrontar tal tarea, el movimiento al que nos referimos tiene que tener múltiples interpretaciones y ser pasible de infinitas descripciones que hablen de momentos, de la generación de una movida desde su génesis hasta su final, pasando por su apogeo y, claro, haciendo hincapié en la importancia que tuvo no sólo para la música popular contemporánea sino -y tal vez esto sea aún más importante- para la cultura y la música del país donde aquella creación tuvo lugar. Así fue que pasamos, durante un mes bello allá lejos y hace tiempo, por el que este humilde escriba cree que fue el último proceso realmente revolucionario que tuvo lugar en la música de nuestra era, aquel donde un grupo de jóvenes universitarios y culturosos de inquieta psiquis lograron subvertir la herencia anglófila que regía a todo cuanto sonaba por sus tierras y crearon de la nada un nuevo estilo, un paradigma renovado, una manera de hacer las cosas inédita hasta entonces. Recordábamos, allí, que fue la prensa británica la que tuvo a su cargo la responsabilidad de bautizar un movimiento descentralizado, heterogéneo y carente de organización. Como estaban, los muchachos de los que hablamos, en Alemania, los muy inteligentes invadepaíses le batieron a aquella ensalada musical el propicio mote de krautrock con el que se conoció y conoce hasta hoy a una plétora de maneras de acercarse al hecho musical y artístico que definieron a una juventud casi tan importante históricamente (amén de no estar en todos los libros) como aquella que impulsara el mayo francés. Pues bien, en el género -o, mejor dicho, el movimiento- en el que venimos incurriendo hace ya un par de semanas (a partir de un post que funcionó como disparador al hacernos dar cuenta de que no estábamos dándole la relevancia que a nuestro entender merece) ambas cuestiones se entrecruzan: una inquieta generación que, inspirada en el auge revolucionario que la cultura joven adquirió a partir de su contestataria lucha pacifista (probablemente la única herencia digna de ser mencionada de la funesta oleada del flower power), crea su propia manera de entender el mundo y, por consiguiente, el arte, y una tierra propicia para tales fines como lo fue aquella que durante el hippismo dio a los Beatles y que, como resaca, fue creando y olvidándose de diversas movidas adyacentes que buscaban en aquel fenómeno su inspiración. Bueno, la verdad que sería bastante poco fiel a la verdad hablar de influencia beatle en el movimiento del que hablamos, pero también huelga reconocer que sin cuatro de Liverpool, nada de esto hubiese pasado, en especial en términos de apertura artística. En definitiva, cuando alguien demostró que las cosas podían hacerse distinto y lo hizo desde el rock, todos aquellos que querían diferenciarse optaron por aquel sonido y lo hicieron de las maneras más variadas, diversas y, en el caso de aquella movida de la que hablamos, bien distintiva. Porque, nuevamente a criterio de quien esto escribe, es justo decir que pocos grupos de gente han producido música tan original y significativa para quienes entendemos que lo que hay que hacer es siempre correr los límites como lo hizo la generación de músicos de jazz y conservatorio tornados hacia el lado del rocanrol que se llamó, a la postre y por su asociación con un espacio geográfico particular -obsesión muy común de los ingleses, con su merseybeat y, luego, su brit pop- con el ya legendario nombre de escena de Canterbury o, en su otra acepción, rock canterburiano.

Por si no se dieron cuenta y hace falta reforzar la imagen, sí, aquí en este humilde blog sencillamente nos encanta hablar de todo cuanto tenga que ver con Canterbury, un movimiento que duró apenas unos años -menos de una década- pero que dejó tras de sí un acervo musical de lo más interesante, inspirado y verdaderamente genial de todo cuanto se haya producido en la Inglaterra post Beatles. Tras la sin lugar a dudas fulgurante aparición de los Fab Four y su exilio autoimpuesto hacia la tierra de los libres y hogar de los valientes, lo que más ocurrió en términos musicales en su tierra natal fueron colectivo tras colectivo de salieris que buscaban el mismo impacto que Lennon y Macca habían tenido en la juventud de esos días a través de pastosas y edulcoradas melodías, torpes armonías y desembozados intentos por transformarse en la nueva sensación de la música, arrebatos netamente comerciales que nos han dejado alguna que otra gema digna de recordar pero que han producido materiales más bien olvidables, que lejos están de ser considerados en un hipotético Parnaso sino que más bien se sitúan en la papelera de reciclaje del rocanrol. Podemos considerar a esto una consecuencia lógica, si lo pensamos bien. Por un lado, es lógico que la escena se resienta y recalcule sus objetivos cuando alguien rompe los moldes de una manera tan alevosa; y por otro también es entendible que lo que haya quedado sea apenas la resaca, en especial cuando las bandas más prominentes de la isla terminaron yéndose todas a probar suerte (y algunos, a obtenerla) en los Estados Unidos. Más aún, cuando se piensa que alguien descubrió el filón, lo clásico para ciertas frentes carentes de ancho (?) es pensar que cualquiera puede hacerlo y que eso es lo que va a vender (la lógica de la máquina de hacer chorizos, que le llaman). Pues no, queridos, no cualquiera puede hacer lo que hicieron los Beatles. Por lo que lejos de la lógica y más cerca de la ironía, hay que apelar al exacto contrario, al espejo de aquello que es exitoso, para encontrar algo que tenga significado. Es esa la visión de este blog, en realidad, pero también pareció ser el principio rector de la escena de Canterbury. Es imposible entender, de otra manera, que en la continuidad cronológica que sugiere la línea de tiempo del rock británico, el movimiento canterburiano aparezca en un sitio directamente posterior al beat de los liverpulianos y todos los demás que no nos importan. Evidentemente -sensación reforzada por el nacimiento del Rock In Opposition que reseñamos en alguna aventura anterior- la idea de quienes fueron los pioneros de la escena fue apartarse conscientemente del comercialismo en búsqueda de algo que fuese, para ellos, más valioso, una realización. Todo ese proceso, que a juzgar por lo que terminó produciendo lejos estuvo de ser espontáneo pero cuya determinada expansión tuvo ribetes de contagio que sí sugieren cierta emoción común y no un plan direccionado, comienza con un antecedente clave que tiene lugar en simultáneo con el primer auge beatle, lo que nos habla a las claras de que quienes fueron los cráneos de todo lo que pasaría apenas unos años después ya tenían bien clarito lo que querían hacer y, más aún, sabían a las claras que su destino estaba bastante alejado de aquella música que escuchaban todos. Bien por ellos, que aparecieron en derredor de Canterbury, ciudad profundamente eclesiástica que se halla en el corazón del recoleto condado del sudoeste inglés que se llama como Clark (?), Kent. Allí se juntaron un grupo de barriletes en una efímera agrupación que se llamó The Wilde Flowers. En esta banda, cuyo derrotero data de 1964 a 1967 y no cuenta con grabaciones oficiales (aunque sí con alguna que otra recopilación oportunista) revistieron nenes de pecho como Kevin Ayers, Brian y Hugh Hopper, Robert Wyatt y, sobre todo, la plana mayor de un grupo que se formó a poco de separados los Wilde Flowers y que es objeto del post que aquí presentamos. Originada de una débâcle como es la desaparición de un grupo que no le importa a nadie pero que a la postre probaría ser mucho más influyente que otros que sí, la banda póstuma de los ex Wilde Flowers Pye Hastings (guitarra, voz y composición), David (teclados) y Richard Sinclair (bajo) y Richard Coughlan (batería) se llamó Caravan y comenzó su carrera en 1968 con una idea mucho más abarcativa y ambiciosa que su antecesora. Inspirados en las lecciones del rock psicodélico pero con un enfoque mucho más expansivo, que traía lecciones del jazz, la música de cámara y algunas variantes más experimentales (avant garde, música improvisada), los Caravan se volvieron una sensación instantánea, al punto tal de ser la primera banda británica firmada por el sello Verve, que les editó su debut Caravan en el mismo ‘68. También fueron la última, porque Verve los despidió poco después, ante lo que se cambiaron a la más propicia Decca. Tras dos álbumes bastante exitosos, David Sinclair abandona el grupo y en su lugar ingresa el tecladista de jazz Steve Miller. La impronta de Miller, pese a su poco tiempo de membresía, hizo de Caravan una banda nueva, todavía más arriesgada y densa, que grabó en 1972 el brillante Waterloo Lily para desintegrarse poco después. Por suerte su factótum Pye Hastings bancó la parada lo suficiente como para traer de vuelta a Sinclair y, junto a él, Coughlan, el bajista John Perry y el violista Geoff Richardson, grabar durante los primeros meses de 1973 el que sería el opus magna de esta insigne banda británica, este For Girls Who Grow Plump In The Night que salió por Decca en octubre de aquel año. Lo maravilloso de este álbum es todo cómo logran combinar una inédita sensibilidad melódica (las bellísimas “Surprise, Surprise” y “The Dog, The Dog, He’s At it Again”) con extensas suites como la que cierra el disco y demuestra a las claras la calidad compositiva e instrumental de unos muchachos que demostrarían estar a años luz, incluso, de la oleada del rock progresivo que los precedió por ideas, por buen gusto y, sobre todo, porque lo que hay aquí es genialidad sin limitaciones, sin pruritos, sólo ganas de hacer música.

¡Y qué música, amigos!